lunes. 03.10.2022
Vitalino Diez, delante de las 17 parcelas municipales del Coto Escolar. MARCIANO PÉREZ

Los huertos son un termómetro que marca el ritmo de las estaciones en León. Este año, en el que al calendario le han robado dos meses, la primavera renquea en los sucos. Lo tientan con la mano Ludmila Metodieva y Zhivkov Angelov —«aunque todo el mundo aquí me llama a David», aclara— mientras doblan el lomo para escardar los hierbajos que ocultan la tierra que había quedado preparada ya para sembrar en marzo. Apenas quedan «unos ajos» y «unas cebollas» que han resistido al abandono de las ocho semanas en las que la cuarentena ha campado por las 17 parcelinas municipales que, pegadas a la valla del coto escolar, un poco por encima de la cuña donde el Bernesga y el Torío se abrazan, dan labor a una veintena de parados y personas en riesgo de exclusión social. «Vamos tarde», lamentan, a la vez que apartan las malas hierbas y agradecen que la apertura les permita buscarle un fruto al aire libre.

La vuelta en la zona del coto escolar marca el camino que seguirán la próxima semana los huertos de La Candamia, donde hay 176 parcelas municipales de las mismas condiciones: 68 metros cuadrados y una casetina de tres metros para los aperos. Allí, la nómina numerosa y el mayor riesgo de los usuarios, todos ellos jubilados y alguno de hasta 92 años, obliga a que se haya decidido escalonarlos en dos turnos: el lunes, miércoles y viernes los de la zona central; el martes, jueves y sábados, los de los extremos. «Alguno a las nueve y un minuto ya estará, con las ganas que tienen», porfía Vitalino Diez, uno de los encargados del mantenimiento de las instalaciones en las que el Ayuntamiento ordena desde hace 25 años el ocio de los mayores.

Menos llevan en el coto escolar, donde hace apenas un año que se estrenaron los huertos. Desde entonces tiene titularidad sobre el huerto Raquel Montalvo, a quien apenas se le atisban los ojos por la rendija que queda entre el embozo de la mascarilla y las alas del sombrero de paja. Para San Juan espera «sacar unos ajos, alguna fresa, algún guisante y las patatas azules de los Andes, que son tempranas y tienen muchos nutrientes». «Ahora voy a preparar para plantar lo normal: tomates, pimientos, calabacín, calabaza, berza, lechugas, lombarda, cebolla, grosellas, frambuesas...», enumera como si leyera la retahíla de productos de la lonja agraria. «Hoy cosechamos hierbajos», conceden Nevrie mehdalie y Sevi, una pareja de búlgaros, cuñados de Ludmila y Zhivkov.

Distancia social
Los usuarios defienden que al aire libre y con separación no habrá contagios en los huertos

Estos «son los huertos de la ONU», como bautiza Eva Iglesia sin tiempo para que detalle que «hay búlgaros, ecuatorianos, colombianos, una pareja de gitanos y dos asociaciones: la de parados leoneses y Auryn». «Aquí, conoces gente nueva y de varias nacionalidades», recalca entre risas, antes de que entre en la conversación Jesús Castro. «Yo soy cazurro, como lo mío no hay nada», apostilla, sentado a la sombra de la caseta, apoyado en la azada, perlado de sudor y con la vista perdida en una parcela en la que los hierbajos trepan por las lianas que sustentaron en la última cosecha los tomates y los pimientos. «Hoy, hemos venido a quitar las mangueras de riego. Nos estamos planteando, sólo planteando, quitar las cuerdas», bromea.


Zhivkov Angelov aparta los hierbajos. MARCIANO PÉREZ

No hay «miedo» en los huertos a los contagios. Ni siquiera en el caso de Jesús. «Padezco del pepino», avisa, a la vez que cruza la mano sobre el pecho para alcanzarse el corazón, antes de lanzarse a detallar que también tiene «la tensión alta, diabetes y obesidad». «Lo tengo todo», remata, consciente de que cuadra con el perfil del «colectivo de riesgo» que le ha hecho estar «casi 60 días sin salir de casa». «Pero ahora que puedo estar al aire libre... No molesto a nadie, ni nadie me molesta», razona.

La distancia la marca el camino que separa los huertos delimitados por bloques de hormigón, hundido en el suelo, en los que queda agujero hace de maceta José Bedón. En mitad de una de las parcelas se ancla José Bedón, sin decidirse aún a darle entretenimiento a la azada. Cuando la dejó antes de mediados de marzo estaba «limpica», recuerda, sin dejar de tentar por encima de la maleza para advertir que «las cebollas plantadas van con un poso un poco de retraso porque no se han podido regar». «Hay que tener mucho cuidado pero al aire libre no tenemos problema. Estamos separados. Nadie se mete en el huerto del vecino. Antes hacíamos barbacoas el fin de semana, pero ahora hay que respetar mucho las condiciones de seguridad», señala sin nada que llevarse hoy para casa.


Raquel Montalvo; al fondo, Jesús Castro. M. PÉREZ

Más suerte tiene José María Romero Quintana, acuclillado al borde de la parcela para arrancar «una lechuga de repollo» que hará juego en su mesa a mediodía. «Las de hoja de roble se espigaron porque llovió demasiado. Tiró para arriba y ya no sirve», se queja. «Este año voy a poner pimientos, berzas, cebollas, pepinos y, si consigo unas plantas de melón, también las voy a poner. Yo vengo todos los días, por la mañana o por la tarde. Como nos dejan salir escapamos de casa para que no se nos caiga el techo encima», anuncia.

Nadie piensa dejar las parcelas. Sólo otro confinamiento evitará que el calendario avance con el refranero convertido en el libro de instrucciones de los huertos. A la entrada, Zhivkov curiosea al espantapájaros, que se ha quedado con el molde del brazo después de que le quitara la pareja. A ras de suelo, otra muñeca descansa en un carrito. «Son por los pájaros negros esos, que lo comen todo», señala. «Las pegas», resume Vitalino. Las que este año casi se quedan sin cosecha.

Vuelta al suco en los huertos
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