domingo 31.05.2020

El mirlo acuático

BEGOÑA LAÍNEZ Y JOSÉ LUIS HERNÁNDEZ (Más que Pájaros)
BEGOÑA LAÍNEZ Y JOSÉ LUIS HERNÁNDEZ (Más que Pájaros)

Las nevadas de noviembre y la lluvia en diciembre han desatado la furia de los ríos, cual deshielo del final de la primavera. Los cauces se ensanchan, los veros se salen, el agua arroya turbulenta entre ramas, prados y sebes, alcanzando toda esa vega que muy de vez en cuando es también inundable. El río, otras veces adormecido remanso de paz, vuelve a recordarnos hasta dónde puede llegar. Los alcaldes braman por una limpieza del cauce, olvidándose de que es precisamente esa vegetación de las riberas la que amortigua, apacigua, ralentiza y retiene parte de la locura del agua; dicen olvidándose de las leyes de la naturaleza, que quieren convertir el río en canal.

Mientras, el mirlo acuático (Cinclus cinclus), la pájara de río o aguadera, nuestro particular pingüino, eso sí, de interior y de agua dulce, pasa como una flecha una y otra vez, aguas arriba y aguas abajo con su silueta rechoncha y bien pegado a la superficie, parece despistado entre los remolinos de agua color chocolate. De repente, no encuentra sus posaderos donde alza la cola y dobla las patas inquieto, nervioso antes de lanzarse a bucear. Las rocas de su territorio en las que suele detenerse han desaparecido bajo la riada. Esa pequeña bala parda que, posada, nos enseña su babero blanco y que se sumerge en busca de gusarapas, gusarapines y otros invertebrados acuáticos, hoy sólo vuela errante esperando que todo vuelva a su cauce.

Apoyarse en un puente a observar y ver un mirlo acuático pasar es un deleite gratuito. Por suerte, en León, podemos ver esta joya emplumada en casi cualquier río, desde el puente de San Marcos en la ciudad de León a cualquier puente medieval del río Curueño. Siempre en los ríos de media y alta montaña, limpios, tranquilos y libres donde el agua salta entre fervienzas, pozas y raseras. Cuando llegue su período de reproducción, a finales del invierno, la pareja bailará una frente al otro, construirá un precioso nido esférico de entrada circular con musgo y hierba debajo del resalte de una roca, o quizás en los pilares del puente, siempre resguardado y protegido, y realizarán con suerte, dos puestas, una a principios de la primavera y otra a principios del verano.

Sabemos que el mirlo acuático depende de los tramos de río mejor conservados y más salvajes, y cómo éstos cada vez son más escasos, a la pájara de río no le va muy bien, sus números descienden alarmantemente en toda su distribución. Mientras estos pájaros sigan en nuestros ríos, sabremos que los ríos están sanos. Si al asomarnos al puente que vadea el río de nuestro pueblo ya no vemos aguaderas, deberíamos preocuparnos. Señores alcaldes, mejor preocúpense de que en los ríos de sus pueblos sigan volando estos pájaros, y olvídense de transformar los ríos en canales, preocúpense del calentamiento global y dejen a la vegetación que sujete las crecidas. Esa vegetación que sujeta las riadas, filtra el agua y evita la escorrentía. Los mirlos, al igual que la vegetación de ribera son síntomas de salud que no debemos menospreciar si no queremos conocer el estado de nuestros ríos. Y usted amiga lectora, si quiere saber cómo está el río, no haga caso al alcalde, mejor acérquese a un puente y busque pájaras de río.

El mirlo acuático
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