sábado 04.04.2020

El petirrojo

BEGOÑA LAÍNEZ Y JOSÉ LUIS HERNÁNDEZ (Más que Pájaros)
BEGOÑA LAÍNEZ Y JOSÉ LUIS HERNÁNDEZ (Más que Pájaros)

Por estas fechas las calles y nuestras casas se llenan de lucecinas de colores, espumillón, nieve de mentira y todo tipo de telares, parte de ellos de nuestra tradición y parte de culturas ajenas. Así, junto a los belenes, con sus figuritas de pastorcillos y Reyes Magos, vemos Papás Noeles y árboles de Navidad cuajados de bolas. Esta decoración navideña está protagonizada también por algunos animalines. Una mula y un buey (un par de los que ya se ven pocos), tres camellos de oriente y unos renos del polo norte. Entre ellos se cuela, muy a menudo, un paxarín de nuestra tierra. Lo representan pequeñuco y regordete, casi como una bola, posado en alguna rama de abeto, acebo o muérdago, y siempre sacando pecho, que para eso lo tiene bien guapo, de un color naranja brillante. Es este babero tan vistoso el que le da casi todos los nombres por los que lo conocemos. Este paxarín al que en latín llamamos Erithacus rubecula, no es otro que el petirrojo en castellano, y que por aquí, depende a dónde vayamos o a quién le preguntemos, es el raitán por el Porma y el Esla, el paporrubio en el Bierzo y los Ancares, y el papocolorao por Valdeón, el pimentero, la pementera, el pimentón... Conozco, incluso, un pueblín en que lo llaman el felipe, en referencia a algún paisanu pelirrojo al que ya nadie recuerda.

El raitán es uno de esos paxarines que, si sabemos fijarnos, podemos ver casi a diario. De los primeros que canta por la alborada, sigue cantando hasta llenar con sus ecos el tapecer. Pequeñín y poco tímido, casi curioso mirándonos posado en algún escayo, entre las ramas bajas de un arbolín, en las estacas de una cerca o encima de una muria. Haciéndonos compañía si trabajamos en el güertu o el jardín, por si dejamos a la vista a algún bichín. Le encantan, y se pasa el día buscándolos. Merucos, orugas, caracolines, hormigas, arañas e insectos, pero que no sean muy grandes. Porque el raitán mide 14 centímetros de la punta del pico al extremo de la cola y pesa unos 20 gramos, poco más que todo plumas.

Pero ¿Por qué hemos puesto al raitán como paxarín navideño? Pues porque con la llegada del frío se hace más visible aún. Pierde la poca timidez que tenía y revolotea de rama en rama o va dando saltines por el suelo, ignorándonos, más preocupado en buscar qué llevarse al buche, que en estas fechas los bichines escasean. Cogerá lo que pueda, y picoteará frutos y semillas que le darán una buena dosis de azucares y grasas para pasar el invierno. También es más visible porque, de hecho, tenemos más raitanes por estas fechas. Los paxarines del norte escapan del frío extremo hasta nuestras latitudes y, por unos meses, nuestros campos, montes y jardines rebosan de raitanes. Aunque, quizás, lo que haga al raitán más visible y le dé un aire más navideño, sea esa estampa rechoncha que tiene en invierno. No es que este paxarín, de silueta más esbelta el resto del año, engorde como los osos para pasar el invierno. Lo que ocurre es que, para luchar contra el frío, el raitán ahueca sus plumas atrapando debajo una capa de aire por entre el plumón. Esta capa retendrá gran parte del calor que pierde por la piel y le ayudará a mantenerse abrigado. Exactamente el mismo efecto que logramos nosotros con los anoraks y edredones de plumas. Cuando se hincha así, el pecho anaranjado se vuelve aún más visible por entre las ramas desnudas. El raitán se convierte estos días en la mejor bolina de nuestros árboles de Navidad.

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