viernes 29.05.2020

Los malvises

Zorzal Común (Turdus philomelos). BEGOÑA LAÍNEZ Y JOSÉ LUIS HERNÁNDEZ (MÁS QUE PÁJAROS)
Zorzal Común (Turdus philomelos). BEGOÑA LAÍNEZ Y JOSÉ LUIS HERNÁNDEZ (MÁS QUE PÁJAROS)

El otoño es tiempo de malvises. En los montes y las zonas bajas, en los pueblos y hasta en las ciudades, su abundancia aumenta y se vuelven menos tímidos, volando de un lado a otro en busca de alimento. Pero no solo crece el número de malvises que vemos, sino también su diversidad. Estas aves medianas, de aspecto regordete y volar raudo, a las que también llamamos tordos, son un grupo de distintas especies que pertenecen al género Turdus, que engloba a los zorzales y los mirlos. Son especies hermanas, muy parecidas en forma y tamaño, pero que varían en los colores de su plumaje y en sus costumbres.

Algunos de los malvises los podemos ver a lo largo de todo el año en nuestras latitudes. Los grandes zorzales charlos (Turdus viscivorus) de dorsos grisáceos como la piedra, y acertadamente llamados por el saber popular malvises de monte o tordos de las peñas, se dejan ver bien por tierras altas y abiertas. Vuelan ruidosos desde una peña, entonando ese «charrrr charrrr» que les da nombre, hasta posarse en la pica de otra, erguidos, oteando. A los zorzales comunes los llaman las mirlas rojas o los malvises roxos, rubios, por sus tonos marrones claros, amarillentos. A estos pequeños tordos casi solo los oímos, escondidos siempre al abrigo de árboles y matos. Pero con oírlos ya nos es suficiente, porque, como su nombre en latín delata (Turdus philomelos), su canto desde la espesura es melodioso como pocos. Y, por último, están esos tordos negros inquietos, descarados y vocingleros que son los mirlos (Turdus merula), o mierlas, o cochorlas, o nerbatos, o miruellos... Los vemos por todas partes, desde en cualquier recodo en el campo hasta en parques y jardines, al lado mismo de nuestras ventanas.

A medida que el otoño avance se les unirán otros malvises que prefieren criar el norte de Europa, y que aquí solo veremos cuando llegue el frío. El más abundante será el pequeño zorzal alirrojo (Turdus iliacus), y su nombre ya nos dice como distinguirlo con sus flancos y alas rojizos, como de ferruñu. También nos visitará el robusto zorzal real (Turdus pilaris), ese malvís engalanado de pardo y gris plata, y con el pecho dorado. Aunque estos visitantes prefieran las zonas de monte, no será raro que bajen a visitar nuestros güertos. A estos dos tordos, que llegan muchas veces juntos en grandes bandos, los llaman por los mismos nombres. Son los carrastanes en algunos sitios, los malvises carrascales o carrasqueros en otros, pero, sea donde sea, su nombre delata siempre su gusto por los bermejos frutos de las carrascas o xardones, los acebos.

Pero los carrastanes no son los únicos, y es que todos los malvises, en cuanto llega el otoño, dejan su dieta habitual de bichos variados (insectos, arañas, merucos y hasta caracoles), para dedicarse casi exclusivamente a comer los frutos que vayan madurando en los meses más fríos del año. Nada más empezar el otoño hincarán el pico a las moras y los frutos de mostajos y saúcos. Más adelante se dedicarán a los de los texos, endrinos y espineras, sin dejar pasar de largo figos, manzanas, peras y otros tesoros de güertos descuidados. Y, cuando el invierno ya se les eche encima, los escaramujos del rosal y los frutos de las carracas y la hiedra.

Cuando los días se vayan haciendo más largos y el frío vaya pasando, los visitantes invernales comenzarán su largo viaje de vuelta hacia el norte. Dejarán atrás a nuestros malvises, que se quedarán aquí, con nosotros, a llenar los amaneceres y ocasos de la primavera y el estío con el eco de sus cantos.

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