jueves. 08.12.2022

Los abrazos rotos de la Escuela Hogar

Las familias de los menores en situación vulnerable recogieron el miércoles a sus hijos sin saber qué harán el próximo curso
Yasmin, de 17 años, y Alex, de 14, se despiden el último día de la Escuela Hogar. L. DE LA MATA

Al periodista le enseñaron en la Facultad de Ciencias de la Información que hay que huir de los títulos de películas para encabezar una crónica o un reportaje. No es original. Salvo que no quede otro remedio. Y no hay otro titular mejor que Los abrazos rotos, como la película de Almodóvar, para contar lo que ocurrió el último día de la Escuela Hogar de Ponferrada.

Yasmin tiene 17 años, su familia reside en un pueblo de La Margatería, Estébanez de la Calzada, y quiere ser peluquera. Alex tiene 14 años, es hijo de una soldadora sin pareja que trabaja en una cantera de Sigüeya, en La Cabrera. Estamos a miércoles 23 de junio, son las tres y media de la tarde del último día de la Escuela Hogar abierta —en verano comenzarán las obras de la residencia universitaria— y los niños que han vivido en el centro de lunes a viernes durante todo el curso mientras estudian en otros centros ya han hecho el equipaje y ya saben que no volverán en septiembre, incluso han coreado que el centro «no se cierra» con sus padres, los profesores y el personal laboral que se quedará en el paro aprovechando la presencia de una cámara de la televisión local. Ese es el momento en que Yasmin y Alex se cruzan en las escaleras de la escuela, piensan, seguro, que tras convivir durante nueve meses junto a otros 16 menores será difícil que vuelvan a encontrarse el próximo curso, y se despiden con un abrazo espontáneo, emocionante, emocionado, que se rompe unos segundos después.

Carlos García, profesor de apoyo, también se despide con un beso de Daniela, una de las últimas residentes . L. DE LA MATA

En un momento en que los abrazos todavía están proscritos, y todos cubren la nariz y la boca con mascarillas, hay más contacto, más afecto, en el porche del centro: antiguos profesores que han venido a despedir a sus compañeros y también abrazan a los menores con los que convivieron en cursos anteriores, al cocinero y a las auxiliares de limpieza, que se van con lágrimas en los ojos y se quejan de que en tres días han pasado de que les confirmaran su puesto de trabajo para el próximo curso a afrontar la cola del paro. Y sin embargo no se olvidan de los niños. «Ellos son lo importante. Los que se quedan desamparados», dice Óscar, el cocinero.

Carlos García, el profesor pelirrojo que vino en el último curso desde el colegio recién cerrado de La Puebla —el lugar que iba a acondicionarse como Escuela Hogar hasta que la Consejería de Educación ha dado marcha atrás— tampoco puede evitarlo. Abraza con su barbilla a Daniela, que no tiene mucho más de diez años y espera en la puerta con un carrito y unas bolsas a que vengan a recogerla. Con una camiseta negra donde se lee ‘No tengo desperdicio’, Lorena A, la madre de Alex, que vive en una habitación alquilada en Ponferrada, lleva a pulso la maleta de su hijo para que pase el verano con su padre. «No tengo ni idea de lo que voy a hacer en septiembre», dice. Y lo mismo cuenta Mercedes Carro, la madre de Gabriel, un niño de 10 años con una sordera reconocida del 90 por ciento en un oído. Mercedes es cocinera, con tres hijos se buscaba la vida en la hostelería, pero es Gabriel el que más le preocupa porque es el más vulnerable. Ahora trabaja de limpiadora en Bembibre, pero la estabilidad que había logrado ha vuelto a tambalearse con el cierre del centro.

Lorena, soldadora, y su hijo Alex. L. DE LA MATA

Desde El Escobio, una vieja conocida de los reportajes sobre los poblados mineros que el periodista ha publicado esta primavera llega para recoger a su hija Alba, de 14 años, que también quiere ser peluquera. Es Augusta Rodrigues, en marzo contaba que su marido no trabajaba, no había ningún ingreso en su casa y tenían otro niño de siete años, Kevin, a su cargo. Ahora viene un poco más aliviada, a pesar de que el cierre de la Escuela Hogar impedirá que Kevin acompañe a su hermana Alba en septiembre. «Mi marido ha encontrado un trabajo de albañil en Villablino», le cuenta al periodista en cuanto lo reconoce bajo la mascarilla. Alba se abraza con Yasmin, Yasmin se abraza con Alex. Carlos García abraza con la barbilla a Daniela. Y Ramón Gallego, el profesor más veterano del centro, le enseña al periodista el mural que los menores pintaron en el vestíbulo un par de cursos antes de la pandemia; la sombra de tres gatos en una tapia que miran cómo el sol se pone.

Personal laboral que se quedará en paro.  DE LA MATA

En la comunidad educativa, muy combativa con la Junta, lamentan que la Consejería de Educación y la de Familia no se hayan puesto de acuerdo para mantener el centro abierto. Les resulta extraño, además, que de las siete escuelas hogares de Castilla y León el próximo curso solo vaya a cerrar la de Ponferrada. Ninguno de los padres de los menores en situación vulnerable ha perdido la custodia de sus hijos, así que no entienden cómo la Junta promete acogerlos en otros centros donde la tutela legal es de la administración. «La Escuela Hogar es la última barrera para evitar que pierdan la tutela.

Pintando tiempo atrás el mural del vestíbulo. DL

Con más medios, más profesionales no educativos, hay en el Bierzo no menos de 60 niños a los que podríamos atender aquí», advierte Gallego. Y es entonces, con el centro vacío y los escolares camino de sus casas, cuando el periodista observa las sillas del comedor que también ha servido de sala de estudio durante el último curso; las patas están clavadas en pelotas verdes de tenis para que no hagan ruido cuando las arrastren.

Los abrazos rotos de la Escuela Hogar
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