martes. 06.12.2022
Las cuencas después del carbón

El arado, el abono y la simiente; los inmigrantes sacan a las huertas de Bembibre del barbecho

El programa de los huertos solidarios de Cáritas cumple 10 años tras ayudar a decenas de familias vulnerables

La mayoría de los nuevos cultivadores de Las Linares vino del extranjero

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Kissima Conthe, en la huerta que trabaja en Las Linares, junto a su esposa Fatoumata Haithe y su niña de dos meses Marian. L. DE LA MATA

«Si la riqueza que hay en el mundo se redistribuyera con justicia, no tendría por qué haber Cáritas y la gente tampoco tendría que humillarse para pedir una bolsa de arroz. Hay para todos». Las palabras, tan combativas, no salen de la boca de ningún revolucionario. Las pronuncia una monja de 84 años, antigua profesora de Música, de Lengua, de Religión, que se ha preparado un esquema para explicarle al periodista lo que hace Cáritas con su proyecto de huertos solidarios en Bembibre; una idea que cumple ahora diez años y que ha sacado de un barbecho prolongado a personas y a tierras de labranza abandonadas en el paraje de Las Linares. Diez años en los que la organización asistencial dependiente de la Iglesia ha ayudado a decenas de familias en situación vulnerable, en muchos casos inmigrantes procedentes de África, a cultivar productos agrarios para autoconsumo. La monja se llama Consuelo Martínez —aunque todo el mundo la llama Consola— enseñó durante 10 años en escuelas de Perú, entre otros lugares, y no aparenta la edad que tiene. En un momento del paseo entre los surcos salta con una agilidad sorprendente la canalización que riega los sembrados con el agua transparente que viene del río Boeza.

Antes incluso de que el Consejo del Bierzo comenzara a recuperar terrenos de cultivo perdidos con su proyecto del Banco de Tierras, Cáritas ya hacía algo parecido, pero con un enfoque solidario, en las huertas de Las Linares; una llanura fluvial alimentada por el agua del río Boeza donde —su nombre lo dice— antiguamente se producía lino, y hoy convertida en una de las zona de sembrados más fértil de Bembibre. Muchos de sus propietarios, sin embargo, han envejecido o se han ido desvinculado de sus huertos, y fue hace una década cuando Consola y los responsables de Cáritas en la localidad vieron la oportunidad de hacer algo con toda esa tierra sin cultivar, siempre con un contrato y un abogado de por medio, para que las familias de Bembibre en una situación más apurada pudieran plantar de nuevo patatas, cebollas, tomates, pimientos, criar gallinas, pavos y ocas, y hasta corderos en pequeños corrales y cobertizos legalmente construidos. «Cáritas les paga el arado con tractor, les paga el abono y parte de la simiente, especialmente patata, les paga el agua, y ellos trabajan la huerta», explica Consola. «Una voluntaria hace el seguimiento y les orienta, así funciona esto», añade. En la actualidad, son once las familias que cultivan en antiguos huertos abandonados de Las Linares. Los excedentes los venden, los intercambian con otros beneficiarios del programa —«que se ayuden entre ellos es otro de los objetivos; crear comunidad», dice Consola— o simplemente los donan al banco de alimentos de Cáritas, que desde el inicio de la pandemia tiene problemas de abastecimiento.

Consola Martínez
«Si la riqueza que hay en el mundo se distribuyera con justicia no tendría por qué haber Cáritas

Y el comienzo del programa siempre es igual. La organización localiza una finca sin cultivar, se pone en contacto con el dueño, llega a un acuerdo para que les ceda el terreno de forma gratuita —en los primeros años lo arrendaban— y Cáritas busca a continuación a familias en situación vulnerable, con menores, sin ingresos, en paro, o con empleos frágiles, para enseñarles a sembrar y que la tierra no se eche a perder. «No les damos el pez, les damos la caña», afirma Consola Martínez. «Es un proverbio chino muy conocido, pero muy acertado», añade, como si necesitara justificarse por haber dicho algo muy manido.

No es una caña, sino una azada, lo que Kissima Conthe, que emigró de Gambia hace veinte años, saca del maletero de su utilitario para aprovechar la mañana del sábado y la sesión de fotos con este periódico,y trabajar un rato en la huerta donde cultiva, sobre todo, patatas. En Gambia, un país estrecho y alargado en torno al río caudaloso que le da nombre, rodeadas sus fronteras por Senegal y el mar, no cultivan patatas, cuentan en Cáritas, sino un tubérculo dulce llamado boniato, y a las dos hijas mayores de Conthe, de 12 y 9 años les encanta su sabor.

Kissima Conthe, que trabaja como peón forestal, es tímido y educado y hoy ha venido a la huerta con su esposa Fatoumata Haithe y su bebé de dos meses, la niña Marian, que balbucea y se aferra al cuello de la camiseta de colores de su madre mientras abre los ojos porque todo es nuevo a su alrededor. Cuando el periodista le pregunta cómo llegó a España, Kissima recalca que salió de Gambia en avión, de forma legal y «con un visado» para Francia, donde pronto comprendió que no había trabajo para él. En el Bierzo encontró empleo como peón en una empresa forestal y ahora trabaja en la limpieza del monte; algo que, como el cultivo de las huertas, cada vez hacen menos los habitantes de las zonas rural. Un trabajo físico, como el de cultivar, que lo mantiene en forma. «Podamos y limpiamos las líneas eléctricas», explica Kissima en un castellano más que aceptable.

—¿Y apagáis incendios forestales en verano?

«No, eso no».

Kissima Conthe se trajo a su esposa de Gambia, un país fértil pero gobernado hasta hace cuatro años por un presidente autócrata, en el momento en que pudo ofrecer a su familia una mínima estabilidad en España. Kissima recibió una escolarización básica en Gambia, que fue colonia británica. También aprendió algo de inglés. Pero su mujer no tuvo esa suerte hasta que entró en el programa de alfabetización de Cáritas. Sus dos niñas mayores ya estudian el colegio Virgen de la Peña, donde Consola dio clases de Música. Y la pequeña Marian, cuando crezca, seguirá sus pasos.

Las ‘carrachonas’

Cáritas, que tiene otros programas de formación, también ha enseñado a muchos de los beneficiarios de los huertos solidarios a cultivar la tierra en sus talleres de agricultura, explica María Jesús Rodríguez, trabajadora de la organización que acompaña a Consola en el paseo entre surcos y canales. No es el caso de Felipe Fernández, del Bierzo Alto, que ha sido albañil y, todavía joven, trabaja la huerta, pero también recolecta sotos de castaños y explota colmenas al margen del programa de Cáritas para obtener unos ingresos mínimos con los que ir tirando. Y mientras habla con el periodista le señala la plantación de habas de otro de los participantes en el programa, musulmán venido de Marruecos que hoy no se encuentra en Las Linares. «Eso aquí le llamamos carrachonas». Y se refiere a una plantación de habas. En la huerta, además, hay cebollas y fresas, filandro y hierbabuena que el cultivador emplea para elaborar té, y dos corderos que engorda en un cobertizo. El propio Felipe tiene gallinas, y un gato negro, medio asilvestrado, que se llama Pantera y que parece ser el primer guardián del gallinero. No es el único. En otra finca vecina, una enorme oca orgullosa, patos, pavos, más gallinas y gallos, se pasean junto al cobertizo que los cobija de noche.

«Cuando llegué ya me encontré las minas cerradas», cuenta Antonio Sebastiao, que emigró desde la zona de Lisboa al Bierzo Alto en el año 2012. La emigración portuguesa, que tanta mano de obra trajo a la minería del carbón, se orienta ahora otro tipo de trabajos físicos, los menos atractivos del mercado laboral. Sebastiao, como Kissima Conthe también trabaja de peón forestal y cultiva una huerta del programa de Cáritas.

Ibrahim Doulizane, de 37 años, viene bien preparado para trabajar en el sembrado, con rodilleras y espinilleras, igual que un jugador de hockey, y sombrero de paja para protegerse del sol. En 2007 emigró desde Beni Meffal, en las cercanías de Marrakech, para trabajar «de peón en el monte de Teruel». Cinco años después, la crisis se llevaba su empleo y tras buscar trabajo en Zaragoza y en Lérida, terminó en el Bierzo. De nuevo como peón forestal. Y la vida de su compatriota Hajjaj Sabir, que vino a España hace 35 años desde las cercanías de Casablanca, todavía es más azarosa. Sabir, con mujer y un hijo, se dedicó a la venta ambulante durante años. «Ahora la vida esta jodida», afirma porque no tiene ningún ingreso. Y a falta de caña para pescar, se lleva al hombro una azada, sonríe al fotógrafo, asoma su bigote bajo la mascarilla, y se aleja para ayudar a Ibrahim

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Antonio Sebastiao, vino de Lisboa. DE LA MATA

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Hajjaj Sabir ayuda a Ibrahim Douliazane a limpiar uno de los sembrados. L. DE LA MATA

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Felipe Fernández, del Bierzo Alto, también cría gallinas. LDM

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Hajjaj Sabir llegó hace 35 años desde Marruecos. DE LA MATA

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María Jesús Rodríguez y Consola Martínez, de Cáritas. L. DE LA MATA

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Felipe Fernández alimenta a sus gallinas en Las Linares. DE LA MATA

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