sábado. 13.08.2022

Una escolta de 21 pendones agita la Salida del Santo

Siete años después, Bembibre y los pueblos del Boeza vuelven a sacar al Ecce Homo de su Santuario El baile de los pendoneros, lo más vistoso de un tradición que se remonta a 1628
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A sus 19 años, a María Areán le sobraba ayer arrojo y pundonor para soportar la envergadura del enorme pendón de Matachana. Con diez metros y medio de altura y unos sesenta y cinco kilos de peso, el emblema de la población del municipio de Castropodame era el más alto y el más pesado, junto al de Bembibre, de las 21 banderolas que escoltaban la Salida del Santo; la fiesta con la que los pueblos del Arciprestazgo del Boeza en el Bierzo Alto celebran cada siete años el milagro del Ecce Homo, que allá por el año 1628, cuando reinaba Felipe IV, intercedió —dice la tradición— para acabar con una sequía pertinaz que amenazaba las cosechas de todo el valle.

A sus 19 años, a María Areán no le importaba ayer que el pendón pesara más kilos que ella. Que fuera tan alto. «Esto es maña, habilidad, no tanto fuerza», le había explicado un segundo antes al periodista que lo observaba todo uno de los pendonistas de Turienzo que sostenía los remos (cuerdas) con los que se mantiene el equilibrio de las banderas rojas, verdes y granates. Pero el viento es caprichoso, y cuando hay edificios cerca se forman remolinos y el pendón se puede volver ingobernable. Acababa de ocurrirle a uno de los veteranos de otra parroquia, auxiliado en el último momento. Y le ocurrió también a María, que descendía la cuesta de la calle Castilla hacia la plaza Mayor de Bembibre —el recorrido que cada siete años realiza el Ecce Homo desde su Santuario hasta la iglesia de San Pedro, donde permancerá hasta el domingo 3 de julio— cuando el aire agitó el paño y la arrastró. Al quite estuvieron sus compañeros, y aunque María terminó por caer al suelo, y se hizo un rasguño en el codo, aguantó lo suficiente, bien pertrechada por los tirantes y el cinto de cuero donde encaja el mástil, para dejar el pendón en buenas manos. Los vecinos de Bembibre, del valle del Boeza, venidos muchos de ellos desde Madrid, Barcelona, Galicia... para disfrutar de una fiesta que ha esquivado por poco a la pandemia, enseguida la arroparon con un aplauso. «Llevo desde los seis años», le explicó a este periódico en cuanto se levantó del suelo.

Los Guarnicioneros

Al pendón hay que bailarlo, y el descenso de la escolta de 21 pendones que precedió el paso de la carroza del Ecce Homo, acompañados por 36 estandartes y 34 cruces procesionales de plata brillante, fue de lo más vistoso. Contribuyeron los vecinos de los pueblos vestidos con trajes regionales, los pañuelos negros bordados con flores del colores que llevaban ellas, las mujeres con mantilla, peineta, vestido ajustado y tacones altos. Lo contemplaba todo, al otro lado de la valla, Mercedes Castellanos, de profesión guarnicionera. Y sus ojos no se iban a la tela de los pendones, sino al cuero de los cinturones de los pendoneros. «Ese lo cosí yo. Y ese también. Habré hecho unos veinte», le contaba al periodista. Mercedes es la hija de José Castellanos, que junto a sus hermanos Miguel y Ramón tuvieron durante décadas un negocio a punto de extinguirse; Los Guarnicioneros todavía es su nombre. La mayoría de los cinturones con tirantes y refuerzo en la zona lumbar que usan los pendoneros del Bierzo Alto están elaborados en esa tienda de Bembibre que en los últimos años dejó la plaza Mayor para abrir en otra calle menos céntrica. Ahora está a punto de cerrar también, contaba Mercedes. «Me voy a trabajar a Canarias, pero en otra cosa». Oficios que se acaban.

Como la procesión, que después de una hora larga desembocaba ayer en la plaza Mayor, con la carroza del Santo, majestuosa, en el centro de todas las miradas. El Ecce Homo permanecerá ahora durante toda la semana en la iglesia de San Pedro. A sus puertas se celebró la Misa, bajo una carpa donde la escolta era de caballeros templarios de Bergidum Templi y que recogió a las autoridades; la alcaldesa Silvia Cao, el presidente del Consejo del Bierzo, Gerardo Álvarez Courel, alcaldes y concejales de otros municipios del Bierzo Alto. Cao, abordada por los periodistas, no había dejado de pedirle al Santo el final de la pandemia de Covid, de la guerra de Ucrania, y a escala local, empresas para el polígono industrial, fondos europeos y, ¿por qué no?, que la Junta no retrase más la apertura del nuevo centro de salud.

Presidió la liturgia el obispo de Astorga, Jesús Fernández. Y antes de la Misa hubo que advertir por megafonía a los más «charlatanes» de que aquello era una celebración religiosa y había que guardar silencio.

Pero acabada la procesión, el periodista sigue el rastro que dejan los pendones, la guardia de colores que ha acompañado al Santo. Los pendoneros arrían los paños —que tienen su origen en las banderas militares con las que los señores identificaban en la Edad Media a sus mesnadas— colocan los mástiles al hombro y, mientras el obispo oficia la Misa, desaparecen por una calle lateral en silencio, atraviesan el centro de Bembibre y llegan a los sótanos de la Casa de las Culturas, donde los 21 pendones, guardianes de la liturgia del Santo, reposarán los proximos ochos días a la espera de la procesión de Subida al Santuario. Y María Areán, que no se ha quitado el cinturón de cuero —quizá sea otro de los cosidos en Los Guardicioneros— es de las que más se afanan para doblar con cuidado los paños, no se vayan a estropear.

Una escolta de 21 pendones agita la Salida del Santo