jueves 5/8/21
Sergio del Molino, autor de 'Contra la España vacía'

«Los fanáticos nunca dejan que se estropee una bandera»

Sergio del Molino en una imagen reciente. PATRICIA GARCINUÑO.

‘Periodismo Narrativo en Tiempos de Infodemia’ es el título del curso de verano de la Uned que el próximo 21 de julio traerá a Ponferrada al escritor Sergio del Molino para hablar de su nuevo ensayo, Contra la España vacía; un libro recién salido de la imprenta con el que quiere aclarar los ‘malentendidos’ en torno al título anterior que puso nombre al fenómeno de la despoblación. En medio de una semana de promoción, Del Molino responde a este cuestionario.

—Voy a escoger algunas frases de ‘Contra la España vacía’ y a continuación le formularé una pregunta. «Un país necesita creerse tres o cuatro mentiras para existir y aspirar a un futuro». ¿Cuáles son las mentiras en las que hemos dejado de creer en España?

—Las que se inventaron en el siglo XIX, durante el proceso de construcción nacional español, y que el franquismo volvió tóxicas e inútiles al apropiárselas. No es un problema exclusivo de España: los alemanes tienen un vacío simbólico incluso más radical que los españoles.

—«Los populistas demuestran que comprenden el país en el que viven mejor que los demócratas liberales». ¿Qué es lo que ha desconectado a los demócratas de la realidad?

— No es tanto una desconexión como una incapacidad para abordar de forma eficaz los problemas que capas muy amplias de la población perciben como urgentes y graves. La democracia es lenta y a veces parece indiferente al sufrimiento de quienes se sienten excluidos de ella y le cuesta convencerles de que sus problemas tienen cabida en el debate público. Ante ello, los populistas ofrecen soluciones radicales, directas y audaces.

—«Una sociedad hipersentimental está indefensa ante cualquier cínico carismático que sepa manipular a las masas». ¿Cómo revertimos eso?

—Es muy difícil porque es un rasgo muy acentuado del mundo contemporáneo, pero habría que empezar por no desdeñar la dimensión irracional de la vida pública. No podemos fingir que el contrato social basta para crear una comunidad, ignorando todos aquellos elementos intangibles que cohesionan una comunidad. Pero hay que hacerlo de forma lateral y sin gritos, evitando la equiparación con los líderes providencialistas.

—«La cuestión lingüística se ha convertido en un problema grave que afecta a la convivencia’. Le repito la pregunta anterior. ¿Cómo revertimos eso?

—Esto es más fácil: diseñando una administración y un gobierno que se parezcan lo máximo posible a la sociedad que administran y gobiernan. No puede ser que las lenguas tengan un uso en la calle y otro distinto en las instancias oficiales o en los medios de comunicación o incluso en la escuela, aceptando que la escuela vela por la creación de un estándar y por formar en la excelencia en el uso idiomático. Hace poco, Salvador Illa habló en castellano en el Parlament catalán. Una parte de su discurso fue en castellano y otra en catalán, reflejando de forma bastante natural el bilingüismo de la sociedad catalana. Este hecho tan banal le costó la reprimenda de algunos intelectuales, que entendían que la obligación de un líder como él era expresarse en catalán en sede parlamentaria. Esto es ridículo y nocivo. Los políticos abusan de la ejemplaridad y del paternalismo, no necesitamos que den lecciones constantemente. Nos iría mejor si se expresaran con naturalidad y fomentasen así una relación lingüística mucho más natural entre administrados y administradores.

—De la Transición y sus cabos sueltos. «No hay democracia que se construya desde una dictadura que no arrastre miserias». ¿Y esas miserias son…?

—Serían difíciles de enumerar. Fundamentalmente, la responsabilidad y la reparación debidas a las víctimas del franquismo, que deberían haber sido honradas y atendidas hace muchísimos años, y el Estado debería haberles pedido perdón en nombre de todos los españoles e indemnizarlas con generosidad. Eso ha sido una mancha injustificable, y que haya supuesto motivo de bronca política, una vergüenza indigna. Hay otras cuestiones, pero, comparadas con esta, son muy menores. La nueva ley de memoria histórica establece esa reparación al fin, pero llega tan tarde que no dan ganas ni de celebrarla. Se entiende que los primeros gobiernos de la democracia (que aprobaron una ley de amnistía, ojo) quisiesen eludir ese asunto en nombre de la concordia, pero no se entiende que no se abordase en la primera legislatura de Felipe González tras 1982 y que se decidiese mirar hacia adelante sin volver jamás la vista a las cunetas.

—«El franquismo es un comodín argumental que resuelve cualquier disputa’. ¿El franquismo es una de esas mentiras que necesita el nacionalismo catalán para existir?

—Se lucha muy cómodamente contra un enemigo que lleva casi cincuenta años muerto. Es una forma de eludir los problemas del aquí y el ahora y de ahorrarse la molestia de discutir con personas de sensibilidad política contraria a la de uno.

—Ha dicho que no es partidario de los indultos a los presos del ‘procés’, porque la justicia está para cumplirse, pero también que es la única manera de salir del «bucle infinito! en el que estamos. ¿No es una contradicción?

—Es que no tengo una opinión firme sobre el asunto. Estoy harto de esta dreyfusización de la política española donde se juega al todo o nada. Por un lado, creo que las sentencias han de cumplirse y que el ejecutivo no debe corregirlas. Por el otro, yo habría esperado unas penas de menos duración, porque creo que las leyes bajo las que fueron juzgados los líderes del procés estaban pensadas para levantamientos y traiciones políticas de otro tipo. El carácter posmoderno de estos hechos desbordó el propio ordenamiento político, lo que podría ser un argumento a favor de los indultos. Así que sí y no.

—Dice que una bandera desteñida es un símbolo de que no todo está perdido ante los nacionalismos, incluido el español…

—Los nacionalistas fanáticos nunca dejan que se estropee una bandera. La desidia de quien la deja desteñirse revela que, en el fondo, la patria no le importa tanto. Si ni siquiera es capaz de cuidar el trapo, no creo que vaya a hacer muchos sacrificios patrióticos.

—«La única posibilidad de supervivencia de la democracia liberal como expresión política y marco de referencia pasa por reapropiarse de lo nacional, evitando tanto su disolución en el logotipo de Apple como su estrangulamiento en la turba nacionalista». ¿Necesita la democracia una aventura que la haga atractiva ante los populismos?

—Las sociedades humanas necesitan teleología, es decir, un sentido de la vida y del mundo. Si no, no funcionan. Eso se le da mejor a las dictaduras y a los imperios. Las democracias son pobres, ofrecen cosas muy sencillas y de poco valor épico, como la seguridad jurídica o la libertad de palabra. Había una viñeta de Carlos Giménez sobre las primeras elecciones de 1977 en la que se veía a un español viejo que había luchado en la guerra, había vivido el exilio y había llevado una vida de penurias, y al depositar el voto, siente que es un acto banal. ¿He sacrificado mi vida por esta poquita cosa, por una caja con papeles? Es un problema muy difícil de resolver y que preocupa a muchos ensayistas. Hasta ahora, ninguna respuesta me ha sonado convincente. Cualquier recuperación de la épica suena fea y sospechosa.

—«La pandemia es una tragedia tan dolorosa para el campo como para la ciudad». ¿La vuelta al campo es otra mentira que nos queremos creer?

—Se ha insistido mucho en ello, pero no se ha dado ningún dato que lo confirme. Más allá de unos pocos hechos puntuales en pueblos concretos, no se ha producido. Se puede constatar.

—Ha defendido a la escritora Ana Iris Simón, que aboga por un retorno a la vida rural. ¿Por qué cree que han generado tanta controversia sus palabras?

—Porque habla y escribe muy claro, con el talento de los valientes, y ha conseguido tener lectores. Hay otros ensayistas de izquierdas que han planteado cuestiones muy parecidas en los últimos años acerca de la familia, pero no han levantado polémica porque las escribían en academiqués y nadie se enteraba.

—Nos habla en su libro del ‘fin de la vida de provincias’. En el Bierzo soportamos además el fin de la vida del carbón, con el cierre de las minas y las centrales térmicas. Un ministerio sobre ‘el reto demográfico’ le parece un acierto. ¿Confía en los planes de Transición Justa para paliar esa situación en las antiguas cuencas mineras?

—Soy profundamente escéptico. Las energías renovables no pueden absorber ni una pequeña parte del empleo de la minería. Lo veo muy difícil (no diré negro para no hacer el juego de palabras fácil).

«Los fanáticos nunca dejan que se estropee una bandera»
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