sábado 04.07.2020
Historia

La gran huida de Antonia y El Gafas

La novela´Franco debe morir´y la quinta edición de ‘El monte o la muerte’ ponen de actualidad el periplo de 29 luchadores antifranquistas para dejar el Bierzo y Galicia en 1948 y embarcarse en el puerto de Luanco
Arriba, Indalecio Prieto (con las manos cruzadas) se fotografió en San Juan de Luz con los 29 opositores huidos desde Luanco en 1948, incluidos El Gafas (número 1 sobre su cabeza), César Ríos (3) y
Antonia Rodríguez (3), la única mujer del grupo. CORTESÍA MACÍAS
Arriba, Indalecio Prieto (con las manos cruzadas) se fotografió en San Juan de Luz con los 29 opositores huidos desde Luanco en 1948, incluidos El Gafas (número 1 sobre su cabeza), César Ríos (3) y Antonia Rodríguez (3), la única mujer del grupo. CORTESÍA MACÍAS

Se llamaba Antonia Rodríguez, había nacido en una familia de campesinos de Valdeorras golpeada como pocas por la guerra (sus padres, asesinados en la aldea de Soulecín, parroquia de Santigoso; sus hermanos, muertos en el monte o fusilados; su hermana pequeña, guerrillera con ella) y en el año 1948 atravesó el Bierzo desde Pobladura de Somoza hasta los alrededores de Bembibre junto a su pareja, el también combatiente César Ríos, para huir después en el taxi de un familiar hasta Gijón y el puerto de Luanco, donde se embarcarían junto a otros 27 opositores de la dictadura con destino a San Juan de Luz, al otro lado de la frontera con Francia.

Se llamaba Antonia Rodríguez, perdió a sus padres y a cuatro hermanos después de la guerra, sí, y la historia de cómo se reunió en Asturias con el líder guerrillero Marcelino Fernández El Gafas, cuando la lucha antifranquista en el Bierzo perdía fuelle, es uno de los episodios reales incluidos en la novela Franco debe morir, del escritor asturiano Alejandro M. Gallo, que llegará a las librerías en la segunda semana de junio después de que la pandemia haya retrasado su lanzamiento previsto para el mes de marzo. Porque Franco debe morir, con un título que hace mención al falso atentado contra el dictador durante su viaje para inaugurar la central térmica de Compostilla, aborda otros sucesos de la posguerra que sí ocurrieron de verdad, como la huida de Antonia y César desde el Bierzo o la de El Gafas, por la costa de Lugo hasta Luanco, en un momento en que la lucha armada contra la dictadura se había convertido en una actividad residual. Apenas quedaban los hombres de Girón, que solo sobreviviría tres años.

El episodio de la huida de Antonia Rodríguez y César Ríos está documentado en el libro El monte o la muerte, del investigador berciano Santiago Macías, que después de vender 14.000 ejemplares prepara una quinta edición en las próximas semanas. Y todo comienza en una vieja fotografía.

Guerrilleros en Ferradillo, en 1942. César Ríos (3) y El Gafas (6).C. S. M.

Es la de la familia que formaron en Soulecín, en el municipio de El Barco de Valdeorras, Amalia López y Domingo Rodríguez, padres de cinco varones y dos chicas que posan con ellos a comienzos de años treinta frente a la casona familiar. La misma casona de piedra a la que en octubre de 1939 llegarían en busca de dos de los hermanos, desertores del Ejército franquista, los miembros de una bandera de la Legión al mando de Sergio Peñamaría del Llano, que llegaría a ser alcalde de La Coruña.

Los hermanos Rogelio y Sebastián lograron huir, pero en represalia, los legionarios se llevaron a un camino próximo al pueblo a sus padres y los fusilaron. «Murieron abrazados y los enterraron allí mismo, en mitad del camino, para que pasaran los carros por encima de ellos», relata el investigador berciano.

Y todos los hermanos, salvo el mayor, Francisco, asentado con su familia en Salas de la Ribera (Puente Domingo Flórez), se unieron a la guerrilla que operaba desde los montes de Casayo a los de La Cabrera y el Bierzo, y formada, tras un fallido intento de huida a la Portugal de Salazar, por antiguos combatientes asturianos, por huidos y rezagados que permanecía escondidos en la zona desde 1936, y por desertores como Rogelio y Sebastián, reclutados por el bando franquista, pero con ideas muy distintas a las del uniforme que vestían.

Y aunque en el monte no aceptaban mujeres, para evitar problemas de convivencia y celos, «con Antonia y con Consuelo Rodríguez, poco más que unas adolescentes, hicieron una excepción porque se habían quedado solas tras el asesinato de sus padres», cuenta Macías.

Rogelio fue la tercera víctima de la familia. Detenido en Oporto y «entregado en caliente» a las autoridades españolas, murió fusilado en Orense en 1941. Poco después también moriría en combate su hermano Sebastián. Domingo hijo, en pantalones cortos en la fotografía que encabeza esta historia, cayó en una emboscada en Santoalla en 1946, muy cerca de Soulecín y del lugar donde habían asesinado a sus padres. Y Alfonso murió en otro combate en 1949 en Ocero (Sancedo), camino de Vega de Espinareda, junto a otro guerrillero al que en un primer momento confundieron con el mítico Girón y que resultó ser el extremeño Eduviges Orozco.

Para entonces, las dos hermanas, pareja de los hermanos Arcadio y César Ríos, ya habían logrado salir de España. Chelo, fallecida recientemente en la isla de Ré, en la costa atlántica francesa, lo hizo ayudada por el Partido Comunista, tras una escala en Madrid y muerto Arcadio en otra emboscada en 1946. Y Antonia Rodríguez, más próxima a la facción socialista de la guerrilla por su relación con César Ríos, vivió un episodio que parece salido de un guión cinematográfico y que Alejandro M. Gallo novela en Franco debe morir. Los dos se las apañaron para llegar a pie a los alrededores de Bembibre desde el oeste del Bierzo.

«Su idea era esconderse en el valle de Tedejo, pero hubo un tiroteo y perdieron el punto de apoyo que tenían», relata Macías. Fue entonces cuando Antonia, que despertaba menos sospechas, logró subirse a un coche de línea para viajar a Asturias y volver en el taxi de un familiar de César Ríos, oculto en Arlanza. Los tres llegaron por carretera a Gijón y en la mina de La Camocha se encontraron con El Gafas. Después de un día de travesía desde Luanco, el propio Indalecio Prieto, ministro socialista durante la República, les esperaba en San Juan de Luz para darles la bienvenida. La gran huida había terminado. Comenzaba el exilio.

La gran huida de Antonia y El Gafas