sábado. 02.07.2022
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Alfonso Armada estará en Ponferrada el 1 y 2 de julio. CORINA ARRANZ

Relató el horror del cerco de Sarajevo y el genocidio de Ruanda, Fue corresponsal en África de El País, y de ABC en Nueva York, donde informó del atentado de las Torres Gemelas. Narrador, poeta, dramaturgo, presidente de honor de Reporteros sin Fronteras, Alfonso Armada estará el 1 y el 2 de julio en Ponferrada para participar en el curso de verano de la Uned ‘Los círculos de la guerra’, que también trae al Bierzo a otros reporteros de referencia como Ramón Lobo, a periodistas que no se muerden la lengua como Nieves Concostrina, y que volverá a cerrar la escritora Espido Freire. Con la guerra de Ucrania en su apogeo, Armada responde a este cuestionario.

—Sigue leyendo el periódico en papel y compra seis diarios los sábados. ¿Qué le da el papel que no le da una pantalla?

—Me proporciona más silencio, más permanencia, más calma, más jerarquía, más orden, un intento de comprensión racional del mundo, aparte de la serendipia de no saber qué te vas a encontrar, qué te va a atraer, qué foto te va a subyugar hasta el punto de recortarla para pegarla esa noche en mi diario y comentarla. El papel te espera, al papel vuelves de otra manera, puedes subrayar, recortar, atesorar en una carpeta.

—Hay dos frases suyas que dan que pensar. «La obsesión por el clic y el pinchazo ha convertido a los periodistas en heroinómanos». Y «si los medios invirtieran en buen periodismo, a lo mejor encontraríamos la solución para la profesión». ¿El periodismo se nos ha ido de las manos a los periodistas? ¿Cuándo ocurrió? ¿Y por qué?

—Empezó cuando pusimos todas nuestras complacencias en la cantidad, no en la calidad, que se hizo obsceno con la irrupción de internet. Es un camino peligroso. Si la audiencia es la medida de todas las cosas, el criterio informativo, periodístico, se pliega a los intereses comerciales. No es un equilibrio fácil. En los periódicos se pensó que internet iba a ser la panacea, y se regaló en la web lo que se vendía en los kioscos. Al final se perdió en los dos frentes. La publicidad se la comieron Google, Facebook y compañía, y los que se acostumbraron a no pagar ahora se quejan de tener que hacerlo, y mientras tanto el papel languidece. El camino lo mostró New York Times: contratar más periodistas, pagar mejor, buscar a los mejores, hacer noticias de otra forma en el mundo audiovisual, pero no dejar de lado el papel, y hacer hincapié en la suscripción, dejar de confiar en la publicidad. El resultado: dos mil periodistas, diez millones de suscriptores y una oferta admirable. La gente tiene que pagar por la información, pero los periódicos tienen que mejorar para poder justificar ese pago. Cuando los periodistas dejamos todo en manos de gestores, que en muchos casos se dedicaron a pensar que había que crecer en el mundo audiovisual y perdieron la esencia del oficio, caímos en manos de un diablo contable que no tiene ni conciencia ni piedad, y no ve más allá. También debemos hacer autocrítica por no haber mantenido la distancia con el poder (con todos los poderes), la independencia, el rigor, y convertirnos en parte del problema mezclando hechos y opiniones, jugando a la polarización y al espectáculo. No es fácil salir de este dilema, porque la empresa periodística tiene que ser rentable para poder ofrecer la mejor información. Pero hay formas de hacerlo y no las estamos explorando bien.

—¿Es una crisis de contenidos, más que de formatos?

—Yo creo que sí. El formato no es lo más relevante. Aunque me guste el papel, no soy un fetichista. Hay basura en papel y en internet, como hay joyas en internet y en papel. Pero sí creo que hay que trabajar en algo que solo los periodistas pueden hacer: la crónica de largo aliento como madre del cordero, como una fórmula imbatible para ofrecer relatos apasionantes, fundados, profundos del mundo que nos ayuden a darle algo de sentido, aunque puede que al final del día, al final de la vida, no lo tenga.

—El curso en la Uned habla de la cultura de la guerra en la que vivimos y busca responder a la pregunta de si es algo que está en nuestra naturaleza o se puede domesticar. ¿Qué opina?

—Está en nuestra naturaleza, como lo vieron y analizaron tantos, desde Simone Weil a Albert Camus, pero por eso debemos domesticarnos, por eso necesitamos leyes, educación, policías y jueces. Instancias internacionales que no permitan que haya un abismo entre lo que predican y lo que hacen, entres sus derechos y obligaciones. Leer ahora mismo la Declaración Universal de los Derechos Humanos provoca tanto vértigo como desasosiego, porque es un texto revolucionario, que cada vez se cumple en menos lugares, como la libertad de prensa, capotando en tantos países. Tenemos un lado oscuro que prevalece cuando todo se desmorona, que es cuando la guerra triunfa. En esas circunstancias extremas descubrimos nuestra verdadera naturaleza, nuestro verdadero yo. Mejor no saberlo, porque puede ser un descubrimiento desolador. Pero me asombra que todavía haya tanta gente, y algunos que se consideran de izquierdas, que justifican la muerte del otro en función de unos ideales, como hacía ETA, como hacía el nazismo, como hacía el comunismo.

—¿Se atreve a atisbar el final de la guerra en Ucrania?

—No. No me gusta hacer vaticinios. Es difícil separar los deseos de la realidad. El control total de la sociedad, la justicia, el parlamento, los medios de comunicación, el ejército y la policía que ha construido Putin desde hace veinte años ha dinamitado cualquier contrapoder y disidencia. La propaganda y la mentira reinan en su mundo, aliado con la iglesia ortodoxa rusa. El coste para Ucrania está siendo devastador, pero también va a ser muy grande para Rusia, cuyo prestigio (y el de su ejército) están siendo terribles. Me admira la capacidad de resistencia de los ucranianos, que están haciendo lo que hace mucho nosotros dejamos de hacer: estar dispuesto a defender la libertad y la independencia de tu país cueste lo que cueste. Aquí sigue habiendo una equidistancia inmoral que justifica la invasión rusa, o ve nazis en Ucrania cuando el país que habría que desnazificar por nuestro propio bien es Rusia.

—Alguna vez ha hablado de la fotógrafa Corinne Dufka, que dejó de cubrir la guerra de Bosnia cuando se sorprendió fotografiando mecánicamente los rostros de cuatro víctimas y regresó a Nueva York para «recargar su capacidad de sentir compasión». ¿Sin empatía no se puede hablar del dolor? ¿Cómo hace un corresponsal para que su trabajo no le deshumanice?

—No olvidando nunca por qué y para qué estás ahí. Si no sientes el dolor de los demás no puedes trabajar honestamente. Corinne no dejó de cubrir la guerra en Bosnia. Volvió a su país a recargar las baterías de la compasión y regresó. Después nos la volvimos a encontrar en África, y con los mismos principios éticos a prueba de bomba: se negó a fotografiar una ejecución que querían escenificar para sus cámaras. Se negó a ser cómplice del mal. Es difícil la distancia que tienes que adoptar para no tomar partido (lo cual no quiere decir que seas equidistante: límite a contar lo que ves. El lector sacará sus conclusiones), ni para contemplarlo todo como un cirujano plástico que solo le preocupa el resultado de la operación y lo que va a cobrar por ella. Si te conmueves demasiado y te rompes no puedes dedicarte a esto. Lo cual no quiere decir que luego, a solas, o al volver a casa, te rompas a veces. Pero si conviertes la adicción a la adrenalina y al peligro en tu razón de ser lo que estarás será buscando por encima de todo grandes emociones sin darte cuenta de que lo que estás es ansiando la muerte y el dolor de los otros para sacar tajada. Por eso a veces nos tachan de buitres. Pero nuestra obligación es contar lo que muchas veces la gente no quiere saber, no quiere ver. Ante los estudiantes que muestran interés por ser corresponsales de guerra haría hincapié en algo de lo que no se habla casi nunca en las universidades y másteres de periodismo: asomarte al espanto, al dolor, a la crueldad extrema, al abismo de la muerte te va a cambiar para siempre, te va a acompañar hasta el final de tus días.

—«La guerra es un fracaso moral multiorgánico», «la quiebra de todo lo que nos une», les respondió una vez a un grupo de estudiantes. ¿Sigue soñando con una cabaña a lo Thoreau, lejos de cualquier conflicto, donde quepan todos sus libros?

—Tengo sensaciones contradictorias. Tengo mala conciencia hasta de desearlo. Ante la invasión de Ucrania me sentí mal por no ir a contarlo, pero me alegré de no trabajar en ningún periódico para no tener que ir. Sigo pensando en una casa en Portugal donde quepan todos mis libros (y máscaras africanas, y discos, y cuadros) bajo el mismo techo, y tener tiempo para contemplar el mar, leer, pensar, pasear, escribir. Pero no podemos desentendernos del mundo, aunque queramos, sin volvernos unos desalmados, unos miserables.

«La guerra está en nuestra naturaleza y por eso debemos domesticarnos»
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