miércoles. 06.07.2022
El compositor y guitarrista Josele Santiago. JOSELE SANTIAGO OFICIAL

Treinta y cinco años lleva Josele Santiago poniéndole música y voz a la vida en forma de rock and roll. Con Los Enemigos, en solitario y también a dúo con Pablo Novoa y, ahora, con David Krahe, sigue regalando canciones y el día 25 lo hará en una sesión vermú del Espina Fest que el berciano afincado en Madrid Iván Pérez (Chopper Monster) se ha sacado de la manga para convertir Vega de Espinareda en la cuna del rock. Será los días 23, 24 y 25 de este mes. Y gratis.

—Después de un año muy complicado, regresan los festivales y el Espina Fest parece una apuesta arriesgada pero ¿necesaria?

—Un festival siempre es una alegría y ahora más, que está todo tan mustio. Nos conviene al pueblo, a la zona y a los músicos. Este tipo de iniciativas son bienvenidas en todas partes. De hecho, es la iniciativa privada, a lo mejor de algún concejal de Cultura y de mucho voluntariado de la gente de los barrios, de los pueblos, de las juntas la que ha dado una respuesta positiva y de apoyo al sector. De lo contrario, estaríamos muy mal. Todavía estoy esperando una respuesta por parte de las administraciones. En este país, el sector de la cultura es de lo último que se habla. Es algo secundario y prescindible.

—Pero si algo ha demostrado la pandemia es que la música es una buena aliada en la adversidad.

— Sí, puede que se haya revalorizado lo que es la música y lo necesario que es la cultura para llevar una vida que merezca ese nombre, porque sino es un asco. Yo necesito escuchar música, leer, ir al cine y al teatro, porque me nutro de ello. Es algo que necesito casi como el agua.

—La crisis de 2008 cambió los esquemas de la industria y hubo que empezar a reducir formatos. ¿Crees que esta afectará de igual manera?

— Bueno, a mí de vez en cuando me sale algo con Los Enemigos, pero la balsa a la que nos hemos agarrado David (Krahe) y yo ha sido el formato de dúo. Lo podemos simplificar más, pero ya sería cortarlo por la mitad y que fuera cada uno por un lado. Desde 2008, muchos nos vimos obligados a reaprender a interpretar en estos formatos reducidos, que no es para nada lo mismo.

—¿Cómo se reaprende?

— A base de tropezones, viendo que la manera de relacionar al público es muy distinta, que necesitas contar una historia e introducir las canciones, que es lo contrario que con Los Enemigos. A mí no me gusta que me den la charla entre un rock and roll y otro, con un one, two, three es suficiente. Pero el formato este exige un esfuerzo extra. Una guitarra acústica no es lo mismo que una eléctrica.

—¿Y una sesión vermú es todavía más complicada?

—Depende un poco de la cantidad de vermú (risas). Tiene su peligro la cosa, pero confiemos en que vaya bien. Desde el escenario se va a poner toda la carne en el asador para dar un buen espectáculo. Ahora, quiero recordar que es sesión vermú, que somos solo dos guitarritas acústicas y una voz y que mucha gente tomándola puede hacer más ruido que nosotros e irse todo al carajo.

—¿Cuesta más hacer un concierto sin verle la cara a la gente por la mascarilla?

—Exige un esfuerzo extra para animar al personal, conseguir que por lo menos mueva los bracitos. En los primeros conciertos, la sensación era muy fría.

—¿Cuál es el truco para sobrevivir 35 años en el mundo de la música?

—Supongo que ser muy borrico. Si hay otro truco y lo hemos usado, yo no me he enterado (risas). Y también que te siga haciendo ilusión, aunque no salgan conciertos. Terminar una canción es la hostia. Empiezas a escribir una canción y cuando la terminas flipas, no hay nada como eso. A mí me motiva. Te tiene que hacer ilusión, porque si tienes otra serie de expectativas económicas, sociales o las que quieras, posiblemente acabes decepcionado. La ilusión te lleva a profesionalizarte, a procurar otras bases armónicas, a complicarte la vida, a experimentar. Es lo cojonudo de la música y del arte en general.

—¿Tienes que enganchar a más de una generación?

—Ves, ahí ya estás con las expectativas. Yo creo que lo de enganchar ya va de por sí, quiero decir, si te engancha a ti realmente y te dice algo lo que estás escribiendo, al final todos somos muy parecidos. Probablemente, de cada diez hay cuatro, seis, tres, dos o uno, me basta uno, al que le emocione lo mismo que a ti.

—¿Y cuál es el germen de una canción?

—¡Ah!, eso es una chispita de vez en cuando y dices: ¡Coño, aquí hay! Luego ya depende un poco el enfoque, del encuadre, que es lo que le da personalidad, y de la intuición, para ver dónde hay chicha para empezar a construir un discurso.

—¿Primero la letra o la música?

—Depende. Generalmente tengo unas ciertas líneas melódicas o, incluso, solo armónicas en el fondo de armario y luego ahí intento encajar historias. Es una labor muy artesanal y muy de insistir.

«Hace falta cultura para que la vida merezca ese nombre»
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