viernes 20/5/22
NO TODO van a ser malas noticias macro y microeconómicas, esparcidas como ceniza por el aire espeso de esta crisis, ya recesión casi, que nos llega sin saber cómo ha sido, acostumbrados como estábamos al lléveselo hoy y pague mañana, sin que se enteren los bien pagados vigías y los expertos de las agencias de valoración de los riesgos, que ven cómo las consecuencias de su avaricia y su incompetencia las pagan fundamentalmente los currantes que pierden ahora el empleo que sostiene sus vidas, pues como bien dijo George W. Bush (en un momento de lucidez) «si te despiden te quedas sin empleo al 100%». Decía que no todo va mal, porque los aires nuevos son propicios para la nobleza que se refunda y reorganiza a nivel autonómico, modelo territorial que ellos no contribuyeron a crear. La reorganización de la nobleza española ha llegado finalmente también a la vecina Galicia la pasada semana. Son varones en su inmensa mayoría, emparentados entre sí como los gitanos, y si aparece por allí alguna mujer es calificada de roja, como esa marquesa descendiente del moro Muza que se enfrentó a sus congéneres desde su palacio de Bóveda, en defensa de los colonos de Conjo y ahora prometió, en vez de jurar como los demás, en la iglesia de San Paio de Antealtares. Según ella, sus colegas son unos tipos bastante raros, mitad monje mitad soldado, de espada y escapulario. Por lo demás son gente normal que, como el resto de los colectivos de la España laica y moderna, inician el curso con una misa, en este caso a San Rosendo, como hacen , digo, los futbolistas, los bomberos, los agentes de la propiedad inmobiliaria, los corredores de comercio, etc. Esta rancia nobleza tiene un particular capellán que no comparte la tesis de que son aburridos, pues les saludó con un piropo que, hasta ahora, la homilética tradicional reservaba para los clérigos: «vosotros sois la sal de la tierra» y les leyó el pasaje de San Pablo a los Efesios donde exhorta a todos los amos a portarse bien con los siervos y a revestirse de la armadura propia de Dios para poder resistir en el día aciago. La sal es tan imprescindible para la vida como prescindible es, pienso yo, la nobleza que se alimenta de la añoranza de lo perdido. Aunque como en su momento dijo el Gallo al enterarse de que el trabajo desempeñado por el filósofo consiste exclusivamente en pensar, «de todo tiene que haber en esta vida».

La nobleza se reorganiza