viernes. 30.09.2022
LOS MUERTOS de Celama bien podrían ser los muertos del Bierzo o los muertos de «Pedro Páramo». El Páramo como lugar onírico y a la vez real como la vida misma, como la muerte que ya es. "El Páramo es la muerte que supura el metal... el espejo de su ruina, la ruina del cielo, que suena como es Dios". Vivos infelices que están muertos y muertos que nos hablan con sentimientos y luego nos cantan tangos de amor y muerte. Así es esta vida precaria y penosa en el culo del mundo, en el reino de Celama, que bien podría ser Comala o cualquier cementerio o pueblecito mejicano/berciano donde las noches invernales se hacen eternas, un lugar en el que la vida no vale nada, la vida no vale nada en León Guanajuato, como reza una canción mejicana harto irónica y macabra. Si bien es cierto, "no es lo mismo morir en Celama que en la Vega". Yo tampoco soy el autor de esta columna, acaso vertebral, sino sólo un muerto más, dispuesto, eso sí, a contaros algo acerca de la obra teatral que se estrenara en el Bergidum ponferradino el pasado viernes. Hablemos, pues, de Celama y de su adaptación teatral realizada por el propio Luis Mateo Díez en colaboración con Fernando Urdiales, director del Teatro Corsario. Hablemos de esta tierra, una y mil veces sangrada, de este páramo de quietud y dolor en el que desaparecen hasta los gatos y las ovejas. "Se acaba el mundo", nos anuncia uno de los personajes, que tal pareciera una moza de ánimas, enlutada y a trote de madreña, mientras suena el cencerro y entona una plegaria por los difuntos. Un médico, Ismael Cuende, es quien certifica la muerte en este páramo de piel quemada, donde los muertos, para más inri, lo son de vocación y trabajo. Angelitos trabajadores, cuya vocación es morir con las botas puestas y el arado enterrado en ese pedregal sobre el que no crecen más que zarzas y codesos. Una tierra que se nos clava en las entrañas. La puesta en escena, cuyo decorado principal son las tumbas de un cementerio, así como el tratamiento de algunos personajes-títere, nos recuerda una vez más a "La clase muerta" del polaco Kantor. Hay payasos-fantasma que nos adentran en una especie de teatro esperpéntico. "-¿Celebramos algo?", pregunta la cantinera -"Que hay salud", responde el borracho. "Todos somos unos payasos en este mundo". Da la impresión de que estos personajes salieran de la Edad Media sin haberse sacudido el polvo de la tumba. La obra teatral en su conjunto, amenizada por música de acordeón, resulta emocionante.

Los muertos de Celama