jueves 20/1/22
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Lupicinio Hernández de la Cruz. DL
Descubrí a Lupy casi al tiempo que empecé a deslumbrarme por el séptimo arte. A orillas de la calle Camino de Santiago, donde se alzaba imponente, el mayor centro de ocio y sueños de las infancias ponferradinas, el Morán, el Cine Morán, ya desaparecido, demolido y engullido por pisos, más rentables que una pantalla de sueños y cinemascope. Allí estaba Lupy, en el quiosco a mano izquierda del hall de entrada al cine. Allí estaba parte del genio de Lupy, la salada golosina de tantas infancias bercianas. Enseñándonos que la innovación era convertir aceitunas en nuestras chuches más inconfesables. Poco más había entonces que regalices, patatas y chicles Cheiw. Pero el paradigma eran las bolsas de Lupy, que hasta el jugo nos bebíamos a tragos. 
Luego supimos que la innovación era embolsar aceitunas sin hueso para no dejar sembrado el patio de butacas. Éramos un poco cafres. Cierto. Pero es que no había tiempo ni destreza para engullir aceitunas mientras Luke Sky Walker le lanzaba contra la Estrella de la Muerte. Con el tiempo se desvaneció el cine y se llevó parte de nuestra niñez y adolescencia. Pero reapareció Lupy. Y supe el idolatrado personaje que se escondía tras una bolsa de aceitunas tenía por nombre Lupicino Hernández de la Cruz. Había llegado desde las tierras del Órbigo para probar fortuna y criar aceitunas a orillas del Sil en una fábrica al fondo del barrio de Flores. Lupy pasó a ser Lupi. Un genio. Un gigante. Pura bondad y amabilidad. Puro arte. Un autodidacta. Un precursor de la agroindustria. Un adelantado a su tiempo, desde la humildad que siempre guió su vida y su conducta.
Tengo un precios cuadro suyo de las calles de Peñalba, regalo de boda. Le apasionaba colorear de Bierzo sus blancos lienzos, con una destreza impresionista impropia de un pintor tardío.
Tanto arte, tanta generosidad en un tipo tan enorme. Pintado en su refugio de Lombillo, en las tardes y noches gélidas del invierno ponferradino, que de cuando en vez se transformaba en estudio de mus, rancheras, vinos y juergas. Lupi era tan escasamente diestro con los naipes como inmensamente generoso y bondadoso con quien se cruzara en su camino. No eran partidas. 
Eran duelos a la medianoche. Nadie cedía un amarraco, sobre todo si el premio era un cuadro de Lupi, arte inmenso. Pintaba a destajo, como si quisiera recorrer el camino que le había hurtado la juventud sin paletas, óleos y pinceles.
 Jugábamos a chica con uñas y dientes. Y nos abrazábamos y cantábamos. Los Calvelo, guitarra en ristre, voz de mariachi. Lupi el alma de todo y de todos. Peregrinábamos a su estudio en busca de la felicidad que nos proporcionaba su amistad. Siempre se nos hacía tarde y nos parecía poco. 
Compartí aula y pupitre, con Sonia, una de sus cuatro hijas en mis tiempos de San Ignacio. Y en los actuales de Valladolid compartí desvelos por los AVES con Carlos, uno de sus yernos. Hoy todo se atropella. Y me doy cuenta que este genio, pintor de aceitunas, genio de la bondad, ha estado presente a lo largo de mi vida, incluso sin conocerle. Ponferrada debería llorarle. Pero también enorgullecerse de tener un vecino así. Un emprendedor precoz y un artista hecho a sí mismo. 
Hay un cuadro inmenso suyo, el de la batalla de Cacabelos, sacado de una foto del periódico en el que aparece José Luis Prada A Tope, otra leyenda, plantando cara a las tropas invasoras francesas.
Se ha ido Lupi. ¡Qué pena! Nos quedan sus aceitunas y sus óleos. Y el sabor inagotable de haber sido víctimas de su generosidad, su bondad y su amistad. Lupi amaba Ponferrada. Que Ponferrada no lo olvide. Una tristeza helada nos invade. El recuerdo nos alienta. Que el cielo te pinte bien, amigo del alma.

Lupi, el pintor de aceitunas