jueves 09.07.2020
Reconocimiento

El Museo de Bellas Artes de Bilbao busca la mirada de Amable

Prepara una antología sobre Amable Arias (1927-1984), el artista nacido en Bembibre que retrató el paisaje, la arquitectura y las gentes de la villa
‘Subida al Palacio’, el paisaje de Bembibre con ojos de Amable. DL
‘Subida al Palacio’, el paisaje de Bembibre con ojos de Amable. DL

Cuando Maru Rizo conoció a Amable Arias en 1970 en San Sebastián, el pintor nacido en Bembibre y operado 14 veces a lo largo de su vida desde que a los nueve años un vagón en vía muerta le aplastara contra un muro mientras jugaba con otros niños, era un «personaje polémico» en la ciudad donostiarra. Adscrito al grupo Gaur del que formaban parte Chillida, Oteiza, Sistiaga o Zumeta, en poco tiempo descubrió «lo imaginativo, sensible, ateo, estudioso, feminista, reflexivo, enamoradizo, marxista, seductor, y muy duro psicológicamente que era». Y también, cuenta desde San Sebastián, convertida en albacea del artista tras compartir con él los últimos 14 años de su vida, «los nadas que era; nada convencional, ni frívolo, ni místico», y los rasgos contrapuestos de carácter que ayudan a entender su obra; pesimista y risueño, cosmopolita y aldeano, callado y hablador, sombrío y juguetón.

‘Café Mero’, óleo en lienzo pintado en 1959.

Nacido en 1927, Amable Arias no dejó de volver a Bembibre cada cierto tiempo, hasta que murió prematuramente en 1984. Desde entonces su obra ecléctica, del expresionismo a la abstracción, no ha dejado de revalorizarse a pesar de que a lo largo de su vida apenas pintó trescientos lienzos y ante las dificultades para costearse el material dejó buena parte de sus figuraciones en soportes de todo tipo, con una «exuberante obra gráfica en papel», en palabras de Rizo. Un sobre, un rollo de papel encerado de 95 metros de longitud, papel de arroz, papel de seda, las hojas de un cuaderno y hasta una caja de cerillas, le servían para volcar su creatividad.

Y tan fecundo fue su arte, a pesar de todo, que cumplidos cincuenta años del encuentro entre Amable Arias y Maru Rizo y treinta seis desde su fallecimiento, el Museo de Bellas Artes de Bilbao ha decidido organizar una muestra antológica sobre la obra del berciano que mostrará «todas las etapas de la vida creativa del artista», explica Rizo. Quién fue pareja del pintor ya puede confirmar que la exposición estará comisariada por Fernando Golvano. Con la muestra, ambiciosa, en fase de preparación, el Museo aún no ha concretado la fecha en la que tendrá lugar debido a las demoras en la organización que ha traído la crisis del coronavirus.

Dibujo sin título y en papel espeso de la plaza Mayor de Bembibre. AMABLE ARIAS

Y todo comenzó en Bembibre, durante las visitas que el pintor realizaba a la villa durante los veranos, sentado en el Café Mero de la plaza Mayor para retratar a sus parroquianos, o con el caballete por las cuestas de la Villavieja para reproducir su arquitectura con trazos expresionistas. Y también, por supuesto, el paisaje del Bierzo del que escribió en Cuaderno verde: «El paisaje es infinito, viene a los ojos y escapa. El otro infinito no se ve, se tacta, es la plenitud corpórea, táctil. Se silencia en un silencio nada místico. El paisaje es húmedo, rincón de encuentro con el prado verde, horizonte carmesí. Nada de infinito, es paisaje ceñudo, verde, oscuros matorrales. La distancia es concreta, ahí está el monte, ese bello macizo de sierra, cortina ondulada, verde la ladera, amarilla la paja. El rojo carmesí, el camino, el altozano, el peñascal, el barro, el zarzal, la loma, el senderito, la colina pelada. Todo es azul, o tal vez carmesí, o acaso verde. El paisaje es todo, un todo pleno, sensual, carnal, mate. Y la distancia oblicua, en mi lenguaje, es toda ella terrena, olor y suelo».

Es lo que la especialista en la obra de Amable Arias Carmen Alonso-Pimentel llama «paisajes estremecidos», donde «los edificios dan la impresión de sostenerse a duras penas», y «también los campos aparecen convulsos como si un cataclismo cósmico recorriera las entrañas de la tierra». Y detrás de esa mirada de Amable hay sobre todo emoción, quizá también un dolor íntimo. «Tenemos la impresión de que el pintor se mueve con un desasosiego que acaba por trasmitirse al espectador», escribe Alonso-Pimentel en su tesis doctoral sobre el artista, publicada por la Universidad de Deusto.

Obligado a usar muletas, tratado en San Sebastián con penicilina que su madre conseguía de estraperlo, la mirada intensa de Amable «está muy ligada a su momento vital» cuenta Rizo. Por eso la antología del su obra que prepara el museo de Bilbao no dejará de ser una forma de escribir su biografía.

El Museo de Bellas Artes de Bilbao busca la mirada de Amable