martes. 16.08.2022
EN EL Bierzo las estaciones del año están bien definidas. No hace falta fijarse en el calendario para saber en qué estación estamos. Sólo hay que arrojar un vistazo al campo, o darse una vuelta por la naturaleza. Lo mejor es adentrarse en las campiñas y en los montes para sentir el pulso vital de la madre naturaleza. Explicar y entender lo obvio no siempre resulta fácil. En el Bierzo, y sobre todo en el Bierzo Bajo, las estaciones suelen coincidir en tiempo y forma con el calendario. En el Bierzo Alto, y no digamos en la estepa maragata y en el resto de los páramos leoneses, las estaciones del año no se nos aparecen tan claras como en el Bierzo Bajo. Esta es una impresión, tal vez subjetiva, que podría tener como cierta objetividad. En los páramos provinciales da la impresión de que se pasara del crudo invierno al verano torrador. En cambio, en el Bierzo, y en concreto en el Bajo, uno ve el cambio de una estación a otra. Más que verlo uno lo huele y lo siente en su sangre y cerebro. «¡Cómo siento dentro de mí la primavera!», dice el personaje de la Gradisca en la película «Amarcord» de Fellini, mientras el gentío se dedica a encender una hoguera para quemar simbólicamente el invierno. El otoño berciano es bien conocido por ese contraste de colores que nos invita a retratarlo cual si fuéramos pintores impresionistas. El otoño berciano es, en realidad, una hermosa pintura impresionista. Un cuadro pintado por Auguste Renoir. Un desayuno campestre a la sombra de un castaño. O una merienda en medio de las cepas de una viña. Pasado el otoño, y bien pronto finalizado el invierno, que este año está siendo bien duro, según los paisanos y vecinos, ya se huele y atisba la primavera. Sin embrago, el invierno, que es estación traidora, resurge cuando uno menos se lo espera. Y aun perfumados de primavera, puede el invierno darnos unos brochazos de blancura amarga que nos dejan tiesos. El invierno, incluso en el Bierzo Bajo, siempre duele porque el frío y la falta de luminosidad nos vuelven aletargados y morriñosos. La dureza del invierno reside más que nada en la falta de luminosidad. Entrado el mes de marzo, los días se alargan y se hacen más luminosos. Entonces, ya no importa que haga frío o nos caigan nevadas y centellas porque comienza un nuevo ciclo vital. Y nos entran las ganas de salir al campo en busca de esos brotes de vida que nos alegran el alma y dan energía. Como en el Corte Inglés, uno siente que ya es primavera en el Bierzo Bajo.

Olor a primavera