jueves 02.07.2020
El último día de la térmica

«Mi padre abrió la central y yo la cierro»

El trabajador más viejo de Compostilla II, Luis José Silva, dedicó el último día con la térmica operativa a continuar con la desconexión desde la sala de control

Los obreros de Maesa levantaron su campamento y se llevaron las cruces

La térmica de Compostilla II, junto al pantano de Bárcena, ayer desde la Peña de Congosto. L. DE LA MATA
La térmica de Compostilla II, junto al pantano de Bárcena, ayer desde la Peña de Congosto. L. DE LA MATA

No es el más veterano, pero sí el más viejo. Y a sus 64 años, a poco más de un mes de jubilarse, ayer fue uno de los cuatro trabajadores de la sala de control de la térmica de Compostilla II que acudió en el turno de mañana y en el último día de la central disponible para operar. Al menos en teoría, porque como cuenta Luis José Silva Mesejo, la térmica de Cubillos del Sil ha sido estos meses como un autobús al que le quitan el aceite y el líquido de frenos tiempo antes de su retirada porque saben que no volverá a circular más.

Terminada su jornada a las tres de la tarde, Silva le contaba a este periódico que el último día de Compostilla II pasaba ayer sin ninguna gloria. Y se le venía su padre a la cabeza, Luis Silva Nartallo, operador de cuadro de Endesa que el 28 de julio de 1949 formó parte de la plantilla de la térmica de Compostilla en Ponferrada que produjo el primer kilovatio en una térmica que Franco vino a inaugurar en los albores de Endesa. «Mi padre abrió la central y yo la cierro», decía ayer.

El obrero de Maesa Ángel Vega, arriba, se lleva la cruz con su nombre. DE LA MATA

Compostilla II, en Cubillos del Sil, llevaba sin engancharse a la red eléctrica desde el 6 de diciembre, día de la Constitución, de 2018. Pero aunque el operador del sistema eléctrico le hubiera requerido ayer para conectarse, aún de forma testimonial, no hubiera podido hacerlo. Ya era un autobús sin aceite ni frenos. «Se han vaciado los tanques de aceite y estamos quitando interruptores a las máquinas», explica Luis José Silva horas antes del apagón simbólico de la medianoche. «Ya no tenemos ni personal ni aparatos para funcionar y está acotada la caldera de 70 metros de altura».

A Silva se le nota orgulloso de que Rodolfo Martín Villa, cuando era presidente de Endesa en 1999, le firmara a su padre el diploma con el que la eléctrica reconoció a aquellos trabajadores que produjeron el primer kilovatio de la primitiva Compostilla I al cumplirse medio siglo de su puesta en marcha. Luis Silva Nartallo había llegado a la Ponferrada conocida en la literatura como la Ciudad del Dólar desde Pontevedra para trabajar en la recién nacida Endesa. De no haber fallecido hace una década, a sus cien años, «camino de 101 porque nació en octubre», aclara su hijo, le habría costado entender el final de la central que sustituyó a partir de 1961 a la térmica donde había comenzado a trabajar muy joven.

Luis Silva, en su casa. DL

Ayer, su hijo, que entró en Endesa como peón en 1982, inició su jornada laboral a las siete de la mañana con mascarilla y después de haberse lavado las manos a conciencia. Sentado en su asiento de técnico gestor, Luis José Silva dedicó la mañana, hasta las tres de la tarde, a «quitar tensión» a los aparatos. Acostumbrado a convivir durante 39 años con los sonidos que genera una central térmica, Silva lleva meses viendo cómo poco a poco la central se apaga. «No oyes nada. La única máquina que está en marcha es la del agua para refrigerar el aire acondicionado de la sala de control». Y lamenta el esfuerzo que tendrán que hacer los trabajadores jóvenes -quedan poco más de 120 en la térmica-, recolocados en otros puntos de España, lo que pierde el Bierzo con el fin de la minería y la térmica, y la tecnología «muy buena» que hay en la central y que dejará de tener utilidad. «Mañana todo esto será chatarra», sentencia. Solo la planta de aguas residuales seguirá operativa durante algunos años más.

Y mientras Luis José Silva regresa a su casa en el barrio de Compostilla de Ponferrada, no lejos de donde estuvo la primera central, en las afueras de la térmica de Cubillos, y con la tormenta en ciernes, tiene lugar otra imagen simbólica; los últimos 18 trabajadores de la empresa auxiliar Maesa levantan el cementerio de cruces improvisado desde hace más de 400 días a las puertas de la térmica para reclamar una Transición Justa. Desmontan el campamento. Retiran las banderas del Bierzo. Y cada uno se lleva a hombros la cruz con su nombre.

«Mi padre abrió la central y yo la cierro»