jueves 9/12/21
Los despoblados del carbón (1)

El poblado de los dos besos y la niña en el melocotonero

La ruina doblega a las viviendas mineras de Albares de la Granja, un lugar saqueado donde no faltan novios que se hacen su foto de bodas
En agosto de 2003. el minero Elder Francisco sale por su propio pie de la mina Antracitas de La Granja donde llevaba 50 horas sepultado junto a otro compañero y recibe el beso de su mujer. ANA F. BARREDO

La historia del poblado de Albares de la Granja, los 16 bloques de viviendas más la casona de los ingenieros, el economato y la escuela que durante menos de veinte años (1953-1969) le dieron techo, educación y abastecieron a las familias que vivían del carbón que se extraía en la vecina Antracitas de la Granja, se puede contar a partir de tres imágenes, cuatro fotografías, dos besos y los recuerdos de una niña que pasó un mal rato en lo alto de un melocotonero.

La primera imagen es la de un tren que no se detiene en el apeadero del poblado. El tren es un Alvia moderno y circula todo lo veloz que le dejan las vías del trazado en forma de ‘sacacorchos’ ante los ojos del periodista, que recorre las ruinas acompañado de la niña del melocotonero —la hoy corresponsal de Diario de León en el Bierzo Alto María Ángeles Cebrones, que ya va a cumplir los sesenta años— y del vecino de La Granja de San Vicente Santiago Garrido Viloria; un hombre que tiene colmenas de miel en la zona y aunque nunca ha vivido en Albares, con el tiempo se ha convertido en una suerte de albacea de su memoria. «Por aquí solo para un tren en La Granja por la mañana y otro por la tarde», dice.

El apeadero sin uso, que no se libra de las pintadas, sustituyó hace tres lustros al edificio de la antigua estación de Renfe; un inmueble que también servía de vivienda a las familias del factor y del guardagujas. María Ángeles Cebrones vivió allí prácticamente toda la década de los años sesenta, casi el mismo tiempo que dio frutos el melocotonero que crecía detrás de la estación.

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Las acacias crecen silvestres entorno a las ruinas de los bloques de vivienda del poblado de Albares de la Granja. L. DE LA MATA 

La estación de Albares de la Granja cerró el 9 de septiembre de 1970. María Ángeles se acuerda muy bien de la fecha porque fue el día en que el factor, el guardagujas y sus familias dejaron el poblado. Los mineros ya se habían ido el año anterior, durante el primer cierre de Antracitas de la Granja, y desde entonces los bloques de viviendas solo han estado ocupados por un pastor que vivió en una de las casas durante un tiempo. «Fue un problema entre los socios de la empresa, pero la mina volvió a abrir al poco. Había carbón de sobra», cuenta Santiago. Los que no volvieron a habitar el poblado fueron los mineros. Tampoco los ferroviarios.

El Alvia veloz que circula despacio se pierde en el túnel número 17 de la línea Palencia-La Coruña, al otro lado de la curva en sentido a León. «Allí está el túnel del lazo», añade Santiago antes de posar para el fotógrafo de este periódico junto a María Ángeles en el mismo lugar donde el factor de Renfe Francisco Cebrones se hizo hace cincuenta y cinco años otra fotografía, la primera de la lista de este reportaje, con su hijo mayor en brazos.

Francisco y María Ángeles Cebrones, vestida de marinera, en uno de los pupitres de la antigua escuela de Albares de la Granja. CORTESÍA DE LA FAMILIA CEBRONES

La mina y el tren se entrecruzan en Albares de la Granja. Y el pasado ferroviario de la zona tiene su peso. Por la misma boca oscura del túnel que se ha comido al Alvia emergió sin frenos, un 3 de enero de 1944, el famoso tren correo 421 camino del accidente más grave de la historia de los ferrocarriles españoles. Aquel día, el convoy tirado por una locomotora de vapor también pasó de largo por el apeadero de Albares donde le esperaba un nutrido grupo de viajeros. Un apeadero que con el tiempo se convertiría en estación, para volver a ser de nuevo apeadero, hoy sin parada.

El factor de Renfe Francisco Cebrones, con su hijo mayor ante la antIgua estación de Albares de la Granja. CORTESÍA DE LA FAMILIA CEBRONES

Santiago Garrido y Marí Ángeles Cebrones posan en el mismo lugar en el que hace 55 años se fotografiaba su padre con su hijo mayor en brazos. L. DE LA MATA

Pero eso ocurrió diez años antes, casi, de que el empresario de Matallana de Torío Alfredo Alonso, que había comprado la concesión a finales de los años diez con Vicente Alonso, abuelo del futuro magnate del carbón Victorino Alonso como socio minoritario, encargara la construcción del poblado a principios de los años cincuenta para paliar la falta de vivienda que limitaba a los trabajadores de la pujante industria del carbón en la cuenca del Bierzo Alto. Fue el propio gobernador civil de León, asegura Santiago Garrido, el que entregó las llaves a las familias de los mineros allá en torno al año 1954. Otras fuentes familiares afirman que los trabajadores ya disfrutaban de sus viviendas antes de la fiesta de 'inauguración' que contó con la presencia del político. Garrido cuenta una anécdota que estas fuentes ponen en duda. "Resulta que a un minero le habían dado dos llaves". El asunto quedó resuelto enseguida con el minero en cuestión renunciando amablemente a la segunda vivienda que le había correspondido, añade Santiago Garrido.

La vivienda del factor de Renfe donde creció María Ángeles era en los años sesenta la única del poblado con televisión en blanco y negro. "Cuando había toros o boxeo, la colocábamos en la oficina grande de Renfe para que los mineros pudieran ver la retransmisión porque la mayoría eran andaluces y les iba lo taurino", recuerda Cebrones. Otra cosa era las películas de cine que un tal Contreras, ni Santiago ni María Ángeles se acuerdan de su nombre de pila, acercaba hasta el bar del poblado, un lugar que todavía hoy conserva los azulejos ajedrezados.

"Mi padre nos daba tres pesetas a mis hermanos y a mí. Una peseta costaba el cine. Cincuenta céntimos iba para el paquete de pipas, y los otros 50 céntimos para el refresco de 'butano', así le llamaban a la gaseosa de naranja o de limón". ¿Y qué pasaba con la otra peseta?, pregunta el periodista. "Pues que se la dábamos a mi padre porque juntaba dinero para comprar un helicóptero". ¿Cómo que un helicóptero? "Mi padre bromeaba con esto. Nos decía que como por allí no pasaba ningún coche, tendríamos que comprarnos un helicóptero para ir a todos los sitios". 

En ese cine de bar, vio por primera vez  María Ángeles las películas de Tarzán que protagonizaban Johnny Weissmüller y la mona Chita. Las imágenes del antiguo nadador en la selva o en los edificios de Nueva York llenaban más de una tarde. Contreras, un personaje que parece salido de la película El viaje a ninguna parte de Fernando Fernán Gómez, venía desde La Granja con su furgoneta, colocaba una sábana en la pared y proyectaba viejas películas en blanco y negro con más de veinte años de antigüedad y algunas novedades como la serie que hizo popular a la actriz Marisol. Y los niños del poblado, tan a gusto con sus pipas y sus 'butanos'. 

La segunda imagen que ayuda a contar la historia del poblado de Albares es la de una escombrera. Se encuentra ladera arriba de los bloques de viviendas, por encima del economato en ruinas que ardió hace treinta años, en el camino que serpentea hacia La Granja de San Vicente. Debajo de todo ese escombro está la antigua escuela.

Septiembre de 2019, dos recién casados se hacen las fotos de boda  en el caserón en ruinas de los ingenieros de Antracitas de la Granja. MILAGROS GARCÍA OLANO

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Así está hoy la bocamina de Antracitas de la Granja, cubierta de maleza y anegada por el agua contaminada que se filtra desde la galería. DL

«No la derribaron, la taparon sin más», cuenta Santiago. En aquel colegio minero llegaron a estudiar unos cuarenta niños, en aulas separadas por sexos. «Yo me colaba en la de los chicos para estar con mi hermano Francisco y el maestro siempre me echaba», recuerda María Ángeles. Y esta es la segunda fotografía; Francisco y María Ángeles Cebrones, vestida de marinera, sentados frente a un libro en uno de los pupitres de la escuela. Sin niños, sin libros, sin maestros, los empresarios que siguieron explotando Antracitas de la Granja consideraron que era un buen lugar donde dejar el escombro de la mina. Y no se molestaron en derribar el edificio.

Santiago Garrido y María Ángeles Cebrones, en lo que queda del bar del poblado, donde se proyectaban películas en la pared. L. DE LA MATA

La tercera fotografía es el primer beso de esta historia. La tomó el 7 de agosto de 2003 la fotógrafa de este periódico Ana F. Barredo. Ese día, y después de que permanecieran durante cincuenta horas sepultados, la Brigada de Salvamento Minero del Bierzo Alto rescataba con vida a los barrenistas de Antracitas de La Granja Óscar Fernández, soltero de 32 años, y Elder Francisco Magro, casado de 42, con tres hijos. La imagen emociona porque muestra cómo la mujer de Elder Francisco —que lo pasó muy mal mientras se preguntaba si su marido atrapado en la mina seguiría vivo— se echa en los brazos del minero, la cara llena de hollín y de mugre, los ojos protegidos por unas gafas de sol, mientras sale por su propio pie de la boca de la mina. Y le planta un beso en los labios.

La mina, que se encuentra a poco más de un kilómetro del poblado, más allá del cargadero ferroviario, acabó en pocos meses en manos de Victorino Alonso, el gran patrón de Unión Minera del Norte (Uminsa), interesado en el cupo térmico y la cerró en poco tiempo. Con Uminsa en liquidación desde 2018 y la explotación parada desde la década anterior, la misma bocamina que devolvió vivos los dos barrenistas en el verano de 2003 está hoy cubierta de maleza y anegada por el agua de color naranja que se filtra, contaminada por los metales pesados, hacia los regueros que fluyen entre el trazado de la Autovía del Noroeste y las vías del tren. «Se podían haber llevado la maquinaria, que es lo que contamina», se lamenta Santiago. Y esta es la tercera imagen de la lista.

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Caserón de los ingenieros de Antracitas de la Granja. L. DE LA MATA

La cuarta fotografía es el segundo beso de este reportaje. Se lo dieron en septiembre de 2019 una pareja de novios recién casados. Ella viste un vestido ceñido con una larga cola blanca. Él, un traje azulado. Y posan para la fotógrafa de Bembibre Milagros García Olano en la escalera interior del caserón que ocupaban la familia del empresario y la del facultativo de la mina, en el edificio más noble de todo el poblado. «La luz que entra por el ventanal es espectacular», contaba ayer Milagros, al otro lado del teléfono. La fotógrafa empezó hace cinco años a usar el poblado de Albares, saqueadas las cocinas de carbón, las puertas y ventanas y hasta los azulejos de las viviendas, como escenario de sus reportajes de bodas y comuniones. Las imágenes de novias vestidas de blanco, de niñas en traje de primera comunión, destacan entre las paredes llenas de agujeros. Y la casona de los ingenieros, con el ventanal que hace tiempo que perdió la vidriera que tamizaba la luz, es el fondo perfecto. El pasado y el futuro se entrelazan como nunca en esas fotografías que toma Milagros Olano, fascinada por el lugar.

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Vista general del poblado con el apeadero y las vías del tren en primer término. L. DE LA MATA

«Te quiero de verdad», se lee en una pared de la casona. «Aquí estuvimos tres zumbaos», algún tonto escribió en una vivienda. Y finalmente aparece una frase sencilla, «Aquí vivió Antonio, Manuela, Josefa, Manolo, Adrián, Alba», grabada sobre la pintura que aún conserva la entrada de uno de los bloques por alguien que se dejó llevar por la nostalgia. Y vivieron bien, en comparación con el entorno, porque las casas del poblado de Albares fueron de las primeras en contar con agua corriente, luz eléctrica y desagües de aguas sucias a sus propios pozos negros en una época en la que ni siquiera Bembibre contaba con todos esos servicios para todos sus vecinos.

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Interior de una de las cocinas saqueadas del poblado. L. DE LA MATA

¿Y qué pinta en esta historia un melocotonero?, se estarán preguntando. Pues ese es uno de los recuerdos más divertidos de María Ángeles Cebrones, que de niña era un trasto. «Mi madre había llenado dos calderos de melocotones y mientras los llevaba a casa me pidió que le sujetara la rama del árbol. Pero yo era un palillo y la rama, con menos fruta, pudo más que yo y me levantó del suelo», cuenta. Y mientras la niña pataleaba en lo alto, agarrada a la rama, ni su madre —la fundadora del Museo Alto Bierzo Ángeles Alonso— ni los ferroviarios que trabajaban en las vías y tuvieron que rescatarla con una escalera, podían aguantar la risa. Quédense con eso.

A97I0949_13480576Las viviendas tenían agua corriente, electricidad y saneamiento. Santiago y María Ángeles. dentro de las ruinas. L. DE LA MATA

El poblado de los dos besos y la niña en el melocotonero