viernes. 02.12.2022
Después de la central térmica

Un proyecto que dulcifica el amargor que dejó la voladura

Leizem es una empresa apícola con sede en Anllares del Sil y su creadora, una emprendedora que ha dado a este pueblo el único niño que tiene
El colmenar de Leizem en Anllares del Sil. L. DE LA MATA

Desde el pasado mes de agosto, Anllares del Sil tiene tres nuevos vecinos. Entre ellos, el único niño de la localidad. Se llama Asier y es hijo de un militar berciano y una vasca criada en León que llegó al Bierzo hace más de cinco años y ha apostado por emprender en el pueblo que ha visto caer la primera central térmica de la era postminera. Leizure Alonso es apicultora y gestiona 300 colmenas repartidas entre Anllares y Salientes, en el Alto Sil. Lo suyo con las abejas no fue amor a primera vista. Empezó poco a poco y acabó enganchándose. Deseosa de escapar de la ciudad, encontró en esta actividad una alternativa de futuro y ha apostado por ella. Dejó León y se fue Valseco, el pueblo de su marido, hasta que ambos tomaron la determinación de comprar una casa en Anllares.

Su proyecto empresarial se llama Leizem y en él ha invertido alrededor de 80.000 euros, según sus cifras. El año pasado, con menos colmenas, recogió 2.000 kilos de miel. Este año, confía en superar los 4.500 kilos porque prácticamente ha doblado la explotación. El entorno más cercano y también el País Vasco han sido, hasta el momento, sus mercados. Ahora, tras el nuevo empujón que ha dado al proyecto, acaba de poner en marcha una página web a través de la que comercializa, igualmente, sus mieles: de castaño, de bosque, de montaña y también de calluna, «considerada la segunda mejor miel del mundo», asegura Leizure Alonso. «Es de un tipo de brezo muy pequeño que solamente sale a 1.500 metros y nuestro colmenar de Salientes está a esa altitud», explica.

Leizure, Emilio y Asier son aire fresco para Anllares del Sil en el momento más incierto de la historia de este pueblo que ha visto volar por los aires el que ha sido su principal sustento económico. Sin central térmica, el sector agropecuario y el turismo parecen ser los únicos pilares de un nuevo comienzo. Esta familia lo tiene claro. «Estuvimos debatiendo entre Ponferrada y Anllares, principalmente por el niño, pero hemos apostado por el medio rural», relata una joven apicultora que estudió Turismo y, hasta que decidió volcarse por completo en la producción de miel, siempre trabajó en el sector de la hostelería.

La explotación

Leizure Alonso gestiona 300 colmenas repartidas entre Anllares y Salientes. Estas a 1.500 metros.

«Empezamos con nuestro propio dinero, con ahorros y con ayuda de bancos. Con lo que te dan las administraciones no llega para montar una empresa. Es una ayuda pero tienes que poner de tu bolsillo», explica. La Junta de Castilla y León le ha concedido una subvención de 52.000 euros de los que ha recibido 26.000. «Es una ayuda de primera instalación. Mucha gente la pide cuando todavía no tiene nada, para empezar; pero yo la solicité cuando ya tenía 150 colmenas», detalla. Ahora, para recibir la cantidad pendiente ha tenido que llegar a las 300 colmenas y garantizar un mantenimiento mínimo del proyecto durante tres años, además de presentar un plan de empresa para justificar qué va a hacer con los fondos recibidos. De las ayudas de la Política Agrícola Común (PAC), recibe 20 euros por colmena.

La inversión fuerte ya está hecha. Ahora, el propósito es crecer un poco más y mantener lo que han conseguido. «Es el momento de estabilizarnos. No podemos crecer mucho más porque es mucho trabajo para una sola persona», dice Leizure, que en los últimos años se ha formado para estar a la altura de la profesión elegida. La mejora escuela —asegura— es la de los apicultores que llevan toda la vida sacando miel.

Apuesta por el pueblo

La ciudad no era lo suyo y tras vivir en Valseco, en agosto la familia decidió asentarse en Anllares

Entre marzo y octubre, la apicultura se lleva todas las horas del día. El cuidado y tratamiento de las abejas, el desplazamiento entre colmenares, la puesta a punto de las colmenas, la recogida de la miel, el embotado... Todo lo hace ella. Y no se arrepiente del camino elegido. «De manera profesional, llevo tres años. Al principio fue muy complicado, pero decidimos apostar por esto y estamos contentos. La ciudad no era lo nuestro», afirma, sin obviar las dificultades de vivir en un pueblo en el que el invierno se hace largo.

«Lo cierto es que la zona está muerta. En verano hay más movimiento por los veraneantes y el turismo; pero en invierno los que vivimos aquí podemos ser 20. Pese a todo, nos gusta mucho la vida de pueblo y queremos que nuestro hijo tenga este tipo de vida. Además, el trabajo está aquí y me evito desplazamientos a diario», cuenta. La principal amenaza es el oso, que se empeña en comer la miel. «Hemos perdido mucho dinero por sus ataques. Es complicado convivir con él y deberíamos estar más amparados por la administración. Cerrar un colmenar para que no pueda entrar el oso son mil euros y en caso de daños, las ayudas cubren lo que cubren», apunta.

Leizure Alonso es el ejemplo de que los pueblos tienen futuro si las nuevas generaciones apuestan por él. «Además de ganas, necesitamos amparo», reitera.

Un proyecto que dulcifica el amargor que dejó la voladura
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