sábado. 26.11.2022
Los ponferradinos nos preguntamos si será posible una tregua en el caso que hemos venido soportando a lo largo de tantos meses y que tuvo su remate esperpéntico el viernes de la semana pasada. Nunca debió convocarse una manifestación a favor de la gestión desarrollada por una persona que, con acierto (según unos) o con desacierto (según otros), se encuentra condenado por un Tribunal de Justicia. ¿Necesitaba Ismael Alvarez los vítores, aplausos y otras zarandajas que unos miles de sus conciudadanos le tributaron?. No nos equivoquemos, la concentración en la Plaza de Fernando Miranda iba encaminada y tenía como misión honrar y ensalzar el alter ego del, por ahora, condenado regidor municipal. Estos actos, que nunca son espontáneos sino todo lo contrario, sólo sirven para aumentar el grado de crispación latente en la calle y la irritación de la mayoría de ciudadanos que, casi con seguridad, lo único que pretenden es pasar página (o cerrarla definitivamente) y dejar de convertirse en titulares nacionales, aunque sea indirectamente y de rebote. Los organizadores corren el peligro de que su poder de convocatoria no iguale las movidas ante otros eventos similares aunque las causas que las hayan provocado sean de índole totalmente diferente y, corren ese peligro, porque las valoraciones nunca son uniformes y los resultados distan mucho de convencer a todas las partes. Además se hubiera evitado la contra manifestación y los desagradables incidentes habidos, achacables a los intolerantes, entre unos y otros. Nunca una ciudad se encontró tan desamparada y tan a la deriva como la nuestra. El gobierno municipal está desaparecido, intentando capear el temporal como buenamente puede; pillado a contrapie y sin saber, muy bien, lo que tiene que hacer. Nunca imaginó que la situación en la que se encuentra en estos momentos pudiese suceder, a pesar de los guiños y avisos que recibía constantemente; cerrar los ojos y tirar para delante ha sido su consigna, sin olvidar que el partido que lo sustenta ha intentado lavarse las manos y desmarcarse descaradamente, confundiendo el silencio con la responsabilidad. La oposición tampoco ha estado a la altura de las circunstancias y ha convertido la crítica constructiva en una crítica ácida contribuyendo a una mayor crispación y enrarecimiento del ambiente; eso sí con el atenuante de tener enfrente la obsesión exculpatoria de una persona que nunca consideró condenable la acción que se le imputaba. Es necesario envainar las espadas, que la situación se normalice y que la tregua o el punto y aparte acaben siendo el punto y final de una situación que nos ha perjudicado a todos.

Punto y aparte