sábado 5/12/20
Jóvenes, hijos de la España vaciada

El regreso de los titulados para crear el nuevo Bierzo

Comenzaron cuatro y aglutinan ya el sentir de un centenar de universitarios bercianos que tuvieron que estudiar fuera y decidieron volver al Bierzo. Son los que quieren vivir y desarrollar sus proyectos en la comarca que les vio nacer. Son El Filandón Berciano, un grupo cosmopolita que se mueve con éxito desde Valtuille de Arriba.
Los cuatro integrantes de la asociación El Filandón Berciano posan en Valtuille de Arriba, en el gallinero de ‘El Caseto’. ANA F. BARREDO
Los cuatro integrantes de la asociación El Filandón Berciano posan en Valtuille de Arriba, en el gallinero de ‘El Caseto’. ANA F. BARREDO

Tienen la vitalidad de un pura sangre, el optimismo práctico del que sabe lo que quiere, el conocimiento de una de las generaciones de jóvenes mejor formadas y la pizca de romanticismo para embarcase en la aventura de la vida y tratar de convertir en realidad parte de la utopía. Una utopía que ven factible, y que se limita a querer y poder ser emprendedores en el Bierzo; vivir aquí, y no llevar sus conocimientos a otras tierras donde tendrían más facilidades para prosperar.

Son un grupo de cuatro universitarios bercianos, que se han unido y han puesto su base de actuaciones en el pequeño pueblo de Valtuille de Arriba (Villafranca). Acaban de recibir la autorización para trabajar como la Asociación el Filandón Berciano.

Este colectivo —que está logrando la creación de un movimiento social de retorno al Bierzo de universitarios— lo integra un politólogo de 25 años llamado Bruno Bodelón, licenciado por la Complutense de Madrid en Ciencias Políticas y con aspiraciones de filósofo.

Junto a él está Raúl Ochoa, un artesano y etnógrafo de 26 años, licenciado en Conservación y Restauración del Patrimonio Cultural por la Complutense. Es el que aporta la base desde donde se mueve la logística para hacer realidad sus ideas y trabajos: una finca con un local en Valtuille de Arriba, llamado ‘El Caseto’.

También forma parte de este núcleo fundador Rubén Movilla, con título de Integrador Social emitido en La Coruña y actual estudiante de Políticas en la Uned de Ponferrada.

La pregunta del millón
«¿Porqué vamos a perder la juventud en una gran ciudad pudiendo construir aquí algo más bonito?»

Completa este grupo inicial de los que quieren volver, la villafranquina Lucía Suárez, que a sus 22 años está terminando la carrera de Comunicación Audiovisual en la Complutense de Madrid.


Bruno Bodelón, de Camponaraya, es licenciado en Políticas por la Complutense​. ANA F. BARREDO


Rubén Movilla, de Magaz de Arriba, estudió Integrador Social en La Coruña. ANA F. BARREDO

Son el reflejo de la última hornada de jóvenes que se vieron obligados a emigrar del Bierzo para formarse y titularse en universidades foráneas y que sus inquietudes les han llevado a regresar a su tierra y la de sus padres. Son hijos de la España vaciada.

Ahora mismo son conscientes de que es «muy complicado» y no pueden vivir de su profesión en un Bierzo con limitaciones. Pero sus ganas de salir adelante, su formación, optimismo y vitalidad les impulsan a no temer y a buscar siempre una salida hacia adelante: «Es complicado, pero siempre decimos que si no hay, créalo; hay que crearlo», asegura Bruno Bodelón, el presidente de El Filandón Berciano. Lucía Suárez lo apostilla: «Realmente no hay nada aquí o hay muy poco; entonces, estamos construyendo algo para poder quedarnos en el Bierzo. No lo hay, pero vamos a crear ese espacio que necesitamos».

En la conversación con el grupo de jóvenes, el periodista señala que su decisión y su nuevo proyecto de vida en la comarca suena a romántico y poco práctico. Y responden: «Sí, la idea que mueve el proyecto es el romanticismo, sin lugar a dudas», afirman los cuatro, siendo conscientes de que ahora les toca el trabajo duro de resistir y sacar adelante sus ideas, echando mano de lo más práctico de manera irremediable.

La fuerza colectiva
«Nosotros somos la cara visible, pero detrás hay un grupo de gente amplio, expertos en más materias»

Para que llegue lo que se proponen, de momento tienen que —como dicen ellos— «agarrarse a lo que sea, a lo que hay». Y eso significa que trabajan con contratos temporales en ocupaciones diferentes para las que se formaron. Por ejemplo, de temporeros recogiendo fruta o de ayudantes en bodegas o viticultura, en las viñas u otros campos agrícolas.

Cuentan que, el dinero que ganan lo emplean luego en «acumular tiempo libre» para dedicarse a pensar y desarrollar proyectos para los que sí estudiaron. «La familia sí les gusta que estemos aquí, pero nos han dicho ‘iros de aquí’, porque no hay oportunidades y les gusta que tengamos un trabajo más estable en una empresa. Creen que si no trabajas en esa línea no estás haciendo nada», afirma Raúl Ochoa, quien precisamente tiene el respaldo de sus padres. Le corrobora en esta idea Lucía Suárez: «Ellos han visto cómo se está muriendo esto, lo mal que está la comarca y quieren que sus hijos puedan tener algo más en cuanto a trabajo, ganen mucho dinero, asciendan de nivel y prosperen».

Dinero para comprar tiempo

Rubén Movilla coincide con el resto al afirmar que esa concepción social de tener más, acaparar y ser más en la vida está en cierto declive. «Nosotros, ahora mismo, sin grandes responsabilidades, creemos más en una concepción del trabajo durante temporadas, ganar dinero y luego tener tiempo para dedicarnos a lo que nos gusta», explica. En esa línea, para hacer lo que realmente les gusta y se proponen, Raúl Ochoa asegura que no tienen grandes gastos y defienden una filosofía menos consumista que la de las generaciones precedentes, aquella que se embarcó en deudas de hipotecas, comprando grandes casas y coches lujosos, con televisores panorámicos que no cabían en la pared.

Recuerdan que escuchaban en muchos foros los consejos y la consigna de tener que «ser más que los otros». Pero esta nueva generación argumenta que «esa vida de consumo implicaba un estado de consumo al uso que ha resultado problemática». De esta forma, los cuatro jóvenes universitarios recuerdan que a ellos, sin cumplir 30 años, les ha tocado ya vivir dos crisis. «Estamos en un punto en el que hemos visto que el sistema no nos da cabida, ni en Madrid, donde te enfrentas a trabajos muy precarios», dice Bruno Bodelón. Y acto seguido los cuatro lanzan la pregunta del millón que les ha hecho plantearse y regresar al Bierzo: «¿Porqué vamos a estar en Madrid, Barcelona o cualquier otra ciudad grande perdiendo la juventud, en ciudades que no nos gustan, pudiendo estar aquí, en el Bierzo, con un poco menos, o perdiendo oportunidades laborales buenas, pero construyendo aquí algo un poco más bonito?».

A día hoy son conscientes de que se puede ser tan cosmopolita desde Valtuille que desde el más lujoso y acristalado despacho de Manhattan o Dubái. La clave está en la globalización que aún ofrece Internet. De ahí —creen estos jóvenes— la importancia de dar los servicios necesarios al medio rural, a los pueblos.

«En nuestro colectivo damos cabida a todos y una cosa buena que tenemos es que todos nosotros hemos salido fuera, y hemos ido a buscar fuera algo mejor, encontrar gente interesante y demás. Y de repente veo que he vuelto al Bierzo y he visto que en el pueblo de al lado hay un chaval o una chavala que son la leche en lo suyo; una en audiovisuales, un enólogo que es muy bueno, un sociólogo, etcétera. Entonces, hemos conseguido aunar un cómputo de gente (nosotros somos la cara visible por así decirlo), pero detrás nuestra hay un grupo de gente muy amplio que son expertos en muchas materias diferentes a un nivel altísimo», explican Movilla y Ochoa. Lucía Suárez lo resume: «Sí, se trata de que el valor añadido de lo que desarrolla nuestra cabeza se quede aquí». «Queremos traer aquí lo que aprendimos fuera y construir desde aquí, y a la vez desarrollar una forma de vida más sostenible, ligada al pueblo», zanja.

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