miércoles. 17.08.2022
La polémica que se ha levantado, cual polvo en la era de las faenas estivales, a resultas de los supuestos rasgos árabes que presentan los habitantes de Torneros de la Valdería, nos tiene sobrecogidos. Que somos árabes es algo que no debería preocuparnos lo más mínimo. No vamos ahora a sacar la historia, nuestra historia, a relucir. Nuestro gran problema es la amnesia que sufrimos, y encima nos foguean con mierda gringa, nos lavan el cerebro una y otra vez, haciéndonos creer que descendemos de alguna divinidad con rasgos nórdicos, arios, «célticos», vikingos, normandos, albinos del Polo Norte... No sabemos en realidad cómo era Adán, y Eva, tumbada en su huerto de placer y frutas prohibidas, ansiadas, jugositas, es probable que tuviera ojos de mora de Almería, los pechos como una sirenita de Copenhague, y el vientre como una danzarina marroquí de Meknés. Una de esas odaliscas que nos invitaran a introducirnos en un imaginario harén de fantasía y voluptuosas ensoñaciones. Sobre el pubis de Eva no vamos a pronunciarnos en esta ocasión. Tal vez, en una próxima entrega, hagamos una pequeña disertación acerca de los encantos físicos que atesora esa madre primigenia y mítica, esta madona que nos han obsequiado los confesores de la buena fe. Dicho lo cual, y sin ánimo de ofender a los de Torneros, que sepan que algo de árabes deben de tener. Pues todos y todas en este país «semos» un poco moros. Nada que ocultar tras los siete velos de la danza del vientre. Algunas moritas, dicho sea de corrido y a la buena de dios, están como trenecitos. Y sus rasgos árabes nos hacen creen por instantes mágicos en Alá y en todo el Oriente legendario. A los españolitos nunca nos han gustado los moritos, esa es la verdad, y renegamos de ellos en cuanto a alguien se le ocurre atribuirnos su fisonomía. El origen arábigo atribuido a los de Torneros quizá no se conserve ni siquiera se observe en su tez, pero pudiera ser que si estuviera presente en algunas de sus costumbres y hasta en su forma de vestir. No sólo en Torneros sino en muchos lugares de Bierzo, y en la provincia de León al completo, seguimos viendo a gentes que nos hacen recordar el mundo árabe en esa su forma de ataviarse, en esa su forma de vida. Esto no lo decimos con desprecio hacia sus personas. Sólo es una constatación. Cuando uno viaja a un país árabe, no hay nada mejor que confundirse con el pueblo. Y si uno tiene que recurrir a la chilaba y al fez en la testa mejor que mejor. Somos mestizos que aspiramos a integrarnos en cualquier paisaje humano. «Je suis un bordel, comme toute l''Europe», nos dice el protagonista de la peli «Une aubergue espagnole».

«Semos» árabes o albinos del Polo