jueves 26/5/22
Refugiados de guerra

El silencio humanitario del Pozo Julia

En Fabero ya no suena la sirena que anunciaba la llegada de turistas. La alarma que en su día señaló los turnos de los mineros y advirtió grandes tragedias quedó muda hace semanas para no sobresaltar a los once ciudadanos ucranianos que conviven en dos viviendas turísticas del complejo minero. El estridente sonido recuerda al de la guerra y ellos necesitan paz.
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Foto de familia de los ucranios que han encontrado refugio en Fabero, vista desde el interior de los viejos vagones mineros que se conservan en el Pozo Julia. ANA F. BARREDO

Cuando la sirena del Pozo Julia retumbaba en Fabero solo podía significar dos cosas y una de ellas era la muerte. De la que han escapado los once ucranios que, desde principios de marzo, residen en los dos apartamentos turísticos que el Ayuntamiento acondicionó hace más de cinco años en el complejo minero. Eran las casas de los vigilantes del pozo. Hoy son el refugio humanitario de tres familias que huyeron del terror instalado en sus ciudades de origen: Cherkasy y Chornobai, a unos 200 kilómetros al sur de Kiev. Por ellos, guarda silencio la sirena.

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El estridente sonido que, en las horas previstas, anunciaba los turnos de los mineros y a destiempo, la tragedia; se convirtió hace años en motivo de alegría al advertir la visita de turistas. En Fabero cambio el sentido, pero el sonido recuerda a la guerra. De la que huyeron los once ucranios que ahora viven en el Pozo Julia. Por ellos, ahoga el grito la sirena.

Tres familias

Seis adultos y cinco niños residen ahora en las que fueron las viviendas de los vigilantes del pozo

La última vez que se oyó fue en la antesala del Festival del Botillo, un día antes de que llegara la primera familia. Después, se apagó por decisión expresa del equipo de gobierno, para evitarles sobresalto, sufrimiento y ansiedad porque suena igual que las alarmas antiaéreas. La medida es temporal, de momento hasta el verano. Y ellos, agradecidos por no tener que escuchar lo que trae recuerdos malos. «Saben que es un museo, pero por el momento mantendremos la decisión», aseguró la alcaldesa, María Paz Martínez.

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Ella misma acompañó a Diario de León en su visita a Fabero para conocer de cerca la historia de unos refugiados de guerra que han encontrado asilo en un viejo pozo minero. Habla de ellos como si fueran familia. Ya lo son. «Todo el pueblo se ha volcado de manera extraordinaria para que no les falte de nada», subrayó la regidora.

Cherkasy y Chornobai

Son los lugares de procedencia de los refugiados, a unos 200 kilómetros al sur de Kiev

En los comercios y bares se hacen colectas, Cáritas entrega vales para compras de primera necesidad y gestiona los donativos que van dando los vecinos. Un grupo de voluntarios (Laura, Héctor y María) les enseña español cinco días a la semana y una joven israelí con ascendencia rusa que habla ucraniano, Ana, se encarga de las traducciones. Los papeles están en regla y los menores escolarizados en el colegio La Cortina y el IES Beatriz Ossorio. También tienen fibra óptica y tarjeta telefónica para hablar todos los días con quienes siguen en guerra. Solo les falta trabajo. Ofertas hay sobre la mesa, pero el ritmo lo marca el idioma. Ninguno habla español y solo una joven domina el inglés.

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«Todo ha ido rodado gracias a la implicación y a la coordinación del Ayuntamiento, el Ceas, Cáritas Fabero y los propios vecinos. Lo primero que hicimos fue empadronarlos. Después, contactamos con la Policía Nacional para solicitar la documentación y fue instantáneo. También disponen ya de tarjeta sanitaria e, incluso, a la más mayor de todos le ha llegado una carta para un cribado de cáncer de colon. Todo esto en menos de un mes», destacó la alcaldesa.

Once historias que contar

Alina Melnik tiene 20 años y, antes de caminar durante catorce días para salir de su país, estudiaba Arquitectura en la Universidad de Kiev. Lo sigue haciendo como puede. Ella vino con su madre, Natalya Uhotenko (39), y su hermana Katya, que está a punto de cumplir los doce años. Ahora, viven con Tetiana Ivanova (62), su hija Iryna Menkova (39) y su nieto Vladyslav (12). Todos se conocían de antes.+

Tramitación exprés

La documentación estuvo lista en menos de un mes, con tarjeta sanitaria y escolarización inmediata

En el otro apartamento se ha instalado un matrimonio con tres hijos muy pequeños. Anatolii Khomenko (32) sí pudo salir de Ucrania pese a ser un hombre joven. Fue el último llegar después de haber dedicado varias semanas a sacar a compatriotas del país valiéndose de su furgoneta. Cuando cruzó la frontera española, en Fabero ya le esperaban su mujer Nadiya (34) y sus hijos Inna, Anatolii y Polianna, de tan solo siete, cinco y tres años.

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Tetiana nació en la Rusia que ahora les bombardea y antes de emprender la huida trabajaba en un residencia. Su hija Irina tenía un negocio de manicura y la amiga de esta, Natalya, regentaba una tienda. Todas vivían en Cherkasy, una ciudad de más de 270.000 habitantes. De Chornobai, con una población que ronda las 7.000 personas, son Anatolii y su familia. Él se dedicaba al sector forestal y, una vez que sepa español, podrá seguir haciéndolo en el Bierzo.

El idioma es la barrera

Ninguno habla español y solo una joven domina el inglés, por ello van a clase cinco días por semana

La intención de estos once ucranianos refugiados temporales es volver a su país. De momento, la documentación les concede dos años de residencia legal en España y su futuro dependerá de cómo se desarrolle el conflicto. En Fabero quieren que se queden y se lo demuestran con hechos. El último, hace tan solo dos días. Fue un acto solidario con música de coral, piano y percusión; y también teatro. Cantaron el himno de Ucrania y leyeron en español. Palabras de un nuevo comienzo.

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