domingo 15.09.2019

Un viaje de 9.000 kilómetros para convertirse en hospitalera

La peruana Karin Núñez y la argentina Sabina Parlatore han llegado a Ponferrada con un programa que busca preservar la atención en el Camino
Karin Núñez y Sabina Parlatore, en el jardín del albergue San Nicolás de Flüe. ANA F. BARREDO
Karin Núñez y Sabina Parlatore, en el jardín del albergue San Nicolás de Flüe. ANA F. BARREDO

Preservar el sistema tradicional de acogida en el Camino de Santiago y crear cantera de hospitaleros, una vez que los que actualmente permiten el día a día de la red de albergues suman, por lo general, muchos años de experiencia en la labor de auxilio y servicio al peregrino y en la vida en general. No hay muchos jóvenes hospitaleros y eso es algo a lo que la Asociación de Municipios del Camino de Santiago y el Grupo Compostela Universidades quieren poner solución. Por ello, este verano han dado forma a un programa de voluntariado para universitarios de los 64 centros adscritos al Grupo Compostela en todo el mundo.

Entre ellos está Karin Núñez, una peruana de Piura, de 22 años y licenciada en Ingeniería Industrial y de Sistemas que ha recorrido más de 9.000 kilómetros para servir a los fieles de Santiago que hacen parada en el albergue San Nicolás de Flüe de Ponferrada. También Sabina Parlatore. Ella es argentina, pero reside en Castellón. Tiene 21 años, estudia Diseño y Desarrollo de Videojuegos en la Universidad Jaume I y, aunque su viaje hasta la capital del Bierzo ha sido más corto, no así menos emocionante para una joven que busca encontrar historias que escuchar y contar.

Las dos llegaron al albergue de Ponferrada el día 14 de agosto y ahí seguirán hasta el 8 de septiembre. Primero recibieron una formación básica de tres días en Canfranc (Huesca), como el resto de participantes en este programa de voluntariado. Una vez adquiridos los conocimientos necesarios y conocidas las reglas del juego, fueron divididos en parejas y enviados a los albergues de Jaca, Ponferrada, Astorga y Santiago de Compostela. Todos querían el destino final, por lo que supone. «Ir a Santiago era el objetivo común, todos queríamos ir allí. Pero, la verdad, yo estoy muy contenta aquí. Creo que nos ha tocado donde nos tenía que tocar», asegura Karin.

Lo suyo con el voluntariado y la ayuda a los demás es algo que lleva en la sangre. El salto que ha dado a España, costeándose ella misma el billete de avión, es un paso más de una andadura iniciada hace años pese a su corta edad. «Siempre he hecho voluntariado social: apoyo a comunidades necesitadas, dar clases a los niños o llevar alimentos a familias. Y como esa necesidad era bastante constante y me gustaba hacerlo, el año pasado fue creé una pequeña oenegé en mi ciudad con un grupo de compañeros de universidad», explica. Un afán por servir a los que más lo necesitan que la llevó, incluso, hasta Brasil. «Hace dos años fui a Brasil a trabajar en una favela y, como aquí, no solo me permite ayudar, sino un intercambio cultural.

Sabina, por su parte, se embarcó en esta aventura sin pensarlo mucho y animada por las historias que su entorno le había contado de los peregrinos que hacían el Camino de Santiago. «Cuando vi que el proyecto me permitía tener contacto con peregrinos, pensé en todas las historias que podía sacar de ahí. Al final, es algo que está muy relacionado con los que estudio. Hacer videojuegos o un producto audiovisual no deja de ser contar una historia», aseguró. Por eso no se lo pensó, porque concibe este voluntariado como un «método para encontrar nuevas ideas». También, «para conocer gente» y para «salir de la zona de confort».

Cada una con su historia, cada una con sus razones, pero las dos con un mismo destino: Ponferrada. Y un trabajo que no es coser y cantar. «Nos levantamos antes de las 8.00 de la mañana, desayunamos y empezamos a hacer la limpieza del albergue. Es un trabajo un poco pesado pero luego, cuando llegan los peregrinos, es muy gratificante, porque por lo general son muy agradecidos con el trabajo que haces», asegura Karin. Para ella lo mejor es escuchar «los resúmenes de las historia de vida» que hacen los peregrinos en sus horas de descanso en el albergue.

«Lo que saco de todo lo que he hablado estos días con los peregrinos es que se toman el Camino como un descanso personal, para liberarse de algo y reencontrarse a sí mismos», apunta Sabina. En todo caso, no todo es bonito. El trabajo en equipo no es siempre fácil —muchas veces el idioma no ayuda— y no todos los peregrinos acatan, al cien por cien, las normas del albergue. Un albergue, el de Ponferrada, que gusta. «Gusta como está cuidado y gusta también la atención que se da», aseguran.

Un viaje de 9.000 kilómetros para convertirse en hospitalera