sábado. 03.12.2022

El Ayuntamiento de León está desafinado. La concejala de consumo, doña María José Álvarez Casais, acaba de decretar que los músicos callejeros paguen un euro al día por tocar a la intemperie. Algunos cuando pasan la gorra no llegan a ese caché. Dice la señora Casais que la medida no tiene ánimo recaudador, cosa que me creo porque para perseguir a los de la guitarra y el acordeón ha movilizado a toda la policía local y abierto otra ventanilla burocrática en la que los del fuelle y la púa regularicen su situación de sin papeles, expedientes que tardan innumerables compases en resolverse y que cuestan bastante más en funcionarios y papel de oficio. Lo que no entiendo es qué tiene que ver la música con las pescadillas.

Hay días en los que se reconcilia uno con la política a base de estas chorradinas, aunque se podrían mejorar: que Montoro les mande a los inspectores de Hacienda por si tampoco pagan el IVA del pentagrama. La ordenanza de Casais es una delicia toda llena de bobadas puestas en fila india una detrás de otra, como que cada músico deberá rotar al menos cien metros diarios y no coincidir con otros en el mismo sitio o que los permisos tienen que renovarse cada mes porque, si es para un sólo concierto matutino o vespertino —la noche queda para los karaokes— a los funcionarios no les da tiempo a tramitar el expediente. Qué tiempos los de la bohemia. Por supuesto la nueva normativa no reza para las bandas de cornetas y tambores de la Semana Santa que estos días empiezan a ensayar otra vez para la próxima y no hay Cristo que las aguante. Una vez que viviendo de alquiler en el Ejido protesté a la policía municipal me contestó displicente el agente número no sé cuántos que tenían permiso del alcalde y que me apuntara a la cofradía. Debo de ser duro de oído, pero aquello me sonó mal.

Cuando las sandeces se institucionalizan ganan mucho en calidad. La única restricción musical con sentido común que uno recuerde fue el letrero en una taberna de Boñar, donde en verano bajan los asturianos a secarse por fuera y mojarse por dentro. A la tercera espicha de sidra cantaban todos el Asturias, patria querida, por cierto el único himno autonómico que merece la pena más que nada porque todos lo conocemos del Pajares para acá y para allá. A partir de ciertas horas aburre. Tal vez por eso el tabernero puso el cartel de «Se prohíbe cantar, aunque sea bien». Pero no es el caso que ocupa a la concejala Casais, perseguidora con saña de a euro de los cantautores más variopintos. Todos están en el paro, eso seguro, y más que a una oportunidad en Eurovisión a lo más que aspiran es a comer caliente después del concierto. En el Inem se podría hacer un coro de la leche y, si alguno suelta un gallo, tampoco iba a importar.

A la caza del guitarrero transeúnte la policía local ha detectado para la concejala Casais dos virtuosos con los permisos en regla y seis indocumentados ocupando la vía pública. Y, hombre, con la que está cayendo esta economía sumergida no es para tanto. Alega la edil que podrían molestar al vecindario allí residente y se le ocurre a un servidor que podrían desahuciar a los que han comprado pisos en zonas caras, a veces supercanallas como el Barrio Húmedo, a riesgo de lo que se podían encontrar, tal como los que invirtieron con ansia en las preferentes de Bankia o de la extinta Caja España. Evaristo si te he visto no me acuerdo.

La música es el menos molesto de los ruidos, según Napoleón, a lo que añadiría yo que mientras el Ayuntamiento se dedique a perseguirla a cañonazos no incurrirá en otras sanjuanadas del estilo de los carriles bici o los radares que te fotografían y dejan clavado con una multa de trescientos euros para arriba. Estos sí están hechos para recaudar a lo bestia. ¿Se lo canto, señor guardia?.

Tengo in mente convocar a los seis músicos indocumentados y a todos los que quieran sumársenos para rondar una noche de éstas a Casais, preferiblemente con gaitas y dulzainas a tope de las del exconcejal leonesista Abel Pardo. No sabemos donde vive para darle la turra, pero seguro que podremos guiarnos por el aburrido silencio del boletín oficial, que no acostumbramos a leer nosotros, los artistas.

El euro municipal lo pago yo y pongo otro más para el bocata de los concertistas, qué menos.

Para eso todavía me llega.

La música amansa a las fieras.

Dos bemoles
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