lunes. 15.08.2022

Soy de una insensibilidad ruin ante la noticia de un escalador desbarrancado, de un piloto de carreras que se salió por la tangente y acabó estrapayao en un palco o de un ciclista puesto al límite citándose con la muerte en una prueba infernal e innecesaria por un desierto solo indicado para alacranes y penitencias bíblicas.

Sócrates lo tuvo siempre claro: «Todo lo que vaya más allá del parchís y del tai-chí debe considerarse violencia deportiva y, como tal violencia, reprobable a todas luces». La moral cristiana lo tiene más claro: machacar el cuerpo torturando a la propia naturaleza es un pecado contra el quinto mandamiento, que también es «no matarse», lo que se llama suicidio y del que no queremos hablar porque da repelús (en España mata más la propia mano que la carretera... y ningún caso se le hace).

¿Y por qué hay que extremar el deporte?, ¿qué tiene de malo o barato el moderado ejercicio físico que solo busca tonificar o simplemente jugar?... ¿y conocéis un solo animal de la extensísima fauna silvestre que haga deporte, un esfuerzo ocioso, un consumo inútil de energía, algo que no esté relacionado con una necesidad vital?, planteó Peláez... y no digo ya deporte extremo, pues ni siquiera una cabra montesa loca haría barranquismo mataniños.

Con una «palomita» en la mano (vaso de agua helada con chorrete de anís haciendo nube) y en la otra un libro de poesía cerrado porque se ensimismaba mirando tras los cristales del café, Octavito veía pasar alguna gente enfundada en esos chirriantes atuendos deportivos que hoy pueden llevarse hasta en una boda sin mayor escándalo, corriendo y resoplando en su disciplina mortificante... y soltó un suspiro compasivo refrescándonos el tópico: «correr es de cobardes». Y conste en acta que esto no es un alegato contra el ejercicio físico o deporte lúdico, tan necesario para la salud y más en este tiempo de obesidades y opulencias, pero quizá se corrija esta fiebre de la zapatilla loca volviendo a la vieja ley de la salud: Poco plato y mucho zapato, o sea, no zampar... y pasear, no correr.

Es de cobardes
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