domingo. 05.02.2023
SE SABÍA que la inexistencia en España de un partido fuerte de ultraderecha obedecía al hecho de que encontraba su sitio al sol de la política en el ala extrema del Partido Popular, pero a pocos se les ocurrió pensar qué pasaría en el caso, producido desgraciadamente en los últimos tiempos, de que representantes de ese sector de la extrema derecha pasaran a controlar órganos de dirección del partido que tiene su sede en la calle de Génova. A los pocos que sí se nos ocurrió no puede extrañarnos, aunque sí sumirnos en la más absoluta consternación, lo sucedido en Madrid durante la manifestación-trampa que, so capa de reafirmar el apoyo social a las víctimas del terrorismo de ETA, no tenía otro objetivo que hostigar, insultar y desacreditar al Gobierno de España, y justo cuando éste, por cierto, había señalado a la ciudadanía un portillo de esperanza para acabar para siempre, de una vez por todas, con la violencia etarra. Según Interior, no fueron nazis, ni cabezas rapadas, ni marginales de la cruz gamada, quienes agredieron al ministro de Defensa, José Bono, que asistía a título particular, entre la gente, a la manifestación: fueron, cual nos muestran las fotos, personas «normales», si es que cabe calificar de normales a quienes, tras intoxicarse con arengas radiofónicas franquistas al más puro estilo Queipo de Llano, convierten un acto contra la violencia en un acto violento y cobarde. Los mueras de la manifestación celebrada en las calles del centro de Madrid no iban dirigidos a ETA, sino a los miembros del Gobierno, en tanto que los vivas de ese aquelarre fruto del fanatismo y la sinrazón iban dirigidos a Ángel Acebes, el duro que representa, al parecer, a esa grey vociferante y con la mano suelta. Las declaraciones del presidente de la Asociación Víctimas del Terrorismo, en las que venía a intentar justificar los incidentes por la ausencia del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y del comisionado Gregorio Peces-Barba (¿para qué querían que estuvieran?, ¿para que fueran injuriados y golpeados también?) no vino sino a reforzar el paisaje severamente manipulado y absolutamente antidemocrático que el extremismo de derecha, despreciando a las víctimas y a cualquier atisbo de paz, pintó con colores sombríos, el pasado sábado, en las calles de Madrid.

La ultraderecha
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