sábado 24.08.2019
EL BAILE DEL AHORCADO

Las campanas de Totalán

En ocasiones nos olvidamos de que la vida va en serio, aunque la hayamos adulterado para no ver que la mayoría no encuentra en ella nada bueno, ni noble, ni sagrado. Envuelto en papel maché, edulcorado a base de sirope consumista, cada día más alejado de lo que de verdad importa, el mundo se ha convertido en un decorado, un espejismo que tapona la realidad que se abre cuando se libera alguno de los espantajos que preferimos mantener velados.

Este mundo que, estabulado en el confort, es incapaz de pensar que hace un momento Europa no era mas que un océano de mugre y miseria, que se resiste a mirar la muerte de frente evitando con ello la plenitud de la vida, se tropieza de cuando en cuando con cuentos que nos muestran que no hacen falta ogros para que los niños desaparezcan en el bosque. El lobo sigue aullando y, aunque pensemos que una pared de cartón piedra nos protege, siempre quedará alguien a la intemperie.

Un niño se cae a un pozo y la tragedia se convierte en un espectáculo, en un bien de consumo que digerimos antes de engullir la próxima noticia.

A veces me pregunto si todo esto tiene algún sentido más allá del entretenimiento, si el dolor, como dijo César Vallejo, puede ayudar a que un cadáver se levante, pero creo que no, que no hay nada más allá del mercantilismo, ese que nos hace pasar por caja tras hacernos creer que somos capaces de sentir compasión.

Estos días los padres nos miramos en el espejo de Totalán e imaginamos qué pasaría si el bebé al que la tierra se tragó fuera el nuestro. Basta poner nombre a un niño para que encarne el dolor de todos los que cada día mueren sepultados por el terror de la indiferencia.

Si tan sólo fuéramos capaces de sufrir cada día, aunque fuera un poco, sin que las cadenas de televisión nos dijeran por quién doblan las campanas, habría sitio para la esperanza.

Las campanas de Totalán
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