jueves. 09.02.2023

Según cálculos a ojo de buen cubero los juzgados españoles tramitan unas cuatrocientas denuncias de corrupción contra políticos, gran parte de ellas desde que Franco era cabo como diría un clásico. Van saliendo gota a gota, pero salen, lo que ilustra bastante con quién nos jugamos los cuartos al votar. Algunas de las aparecidas en el goteo de esta semana no tienen desperdicio.

Primera gota, en Andalucía iban a juzgar por no sé que caso de los muchos que debe de tener pendientes al diputado cañí Sánchez Gordillo, el de las barbas que este verano asaltaba supermercados acojonando a las cajeras para largarse sin pagar y darle los carritos a los pobres, según decía él. El chorbo, que por lo demás se parece al Algarrobo, aunque Este último respetaba a las mujeres, acumula unos cuantos sueldos oficiales, entre otros el de alcalde vitalicio de Marinaleda, localidad donde se vive descansadamente de las subvenciones y se dice esto porque sin trabajar ninguno los energúmenos que le acompañan echan barriga. Bueno, pues a Gordillo iban a juzgarlo el otro lunes y no pudo ser porque su expediente se lo habían comido las termitas, precisamente el suyo. Coño, señoría, qué hormigas más inteligentes. Un colega mío de la radio con más mala leche que yo se hacía la siguiente pregunta sin respuesta: ¿Y cómo sabían las termitas qué legajos había que comer y qué otros no? La naturaleza es sabia, pero raramente hasta ese extremo. En todo caso el asunto fue sobreseído y las reclamaciones a IU y el PSOE.

Segunda gota, en la vecina tierra de Orense ha sido imputado por prevaricación continuada el eterno presidente de la Diputación, José Luis Baltar, que había designado como heredero del cargo a su hijo Manuel y para que lo votaran los del partido, el PP, colocó de una tacada en la institución a ciento y pico correligionarios. El detalle de este macroenchufe es para libro: treinta y nueve hijos, veinticinco hermanos, diez esposas, cinco maridos, otros tantos sobrinos, cuatro yernos, seis madres nietos o nueras y, ya a lo pobre, un padre y un ahijado de dirigentes locales del PP. En Orense, a terra da chispa, siempre hubo caciques, aunque lo hacían con más estilo. Se cuenta de uno allá en la miseria de los albores del otro siglo que prometía a su electorado un par de zapatos, entregándole el del pie izquierdo antes de votar y, sólo si salía elegido, el del derecho. Un tipo ingenioso.

Y tercera gota que colma el vaso. Iban a condenar a once años de cárcel como mínimo a cuatro dirigentes de Unión Democrática, la media naranja de Artur Mas, y el juicio se suspende porque la fiscalía llega a un acuerdo con los imputados. Estos reconocen el delito, devuelven la pasta y no van al talego. Oiga, era medio millón de euros guindados de los fondos europeos para cursillos del paro. Se quedaban con el siete por ciento y quién sabe lo que habrá por ahí en comisiones de obras y contratas. El chocolate del loro.

Estas cosas son las que le hacen a uno añorar a Roldán, aquel inolvidable baranda de la Guardia Civil en tiempos de Felipe González que robaba hasta a los huérfanos de la Benemérita. Ahora sólo se lamenta de ser el único que se quedó sin dinero porque el resto de la tropa política de la época se marchó forrada y de rositas: fondos reservados del GAL, Cruz Roja, el suministro de papel para el BOE, las adjudicaciones del AVE y de la Expo de Sevilla, que se medían en pellones, mil millones de pesetas, unidad monetaria en honor al comisario que las daba, Jacinto Pellón, etcétera.

En la calle cunde la impresión de que de la picaresca política se ha pasado directamente al saqueo. De momento en los juzgados no aparece nada sobre León pero sospecha uno sin pruebas que hubiera sido la leche de haber triunfado los proyectos de tres ex políticos locales, a saber el soterramiento de Feve para locomotoras nuevas, el tranvía urbano y la ampliación a lo loco del Hostal de San Marcos. Son meras suposiciones sin pruebas, señor juez, y si quiere el fiscal me las envaino. Eso sí, espero a ver cómo acaba lo de Caja España y saber quién se queda con dinero entre las uñas.

Supone uno que la policía investiga a fondo todas las corruptelas. De eso soy testigo. Una vez en la Audiencia, años ha, llegó un poli con un jovenzuelo detenido de madrugada por descerrajar una pescadería en el barrio de San Mamés. El chaval llevaba de aquella mil duros repartidos por todos los bolsillos y alegaba en su descargo haberle tocado la especial. «Atufan a sardinas», aportó como prueba el de la pasma.

A veces me huele todo como a aquel madero expeditivo.

Pringaos
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