domingo 5/12/21
Modesto Casado Trapote y Margarita Fernández González

«Mamá, prepárate, que papá igual no sale de esta noche»

«Ha sido un mal libro que hemos tenido que leer. Ahora hay que cerrarlo y empezar otro nuevo». Margarita Fernández González y su marido Modesto Casado Trapote, vivieron la pesadilla del covid en la primera ola. «Fue horroroso, sobre todo para él». Sobrevive a cuatro paradas cardíacas y 50 días en blanco en la UCI.
supervivientes

La pesadilla del covid empezó en el hogar de Modesto y Margarita con un catarro. El matrimonio lo sufrió por doble partida en la primera ola, cuando menos se sabía del virus. Él al borde de la muerte cuatro veces y con un segundo ingreso por una escara a por estar más de dos meses encamado. Ella, con un ingreso en planta de una semana y la angustia sobre la suerte de su marido. «Fue horroroso, sobre todo para él».

El domingo 8 de marzo de 2020, una semana antes de que se decretara el estado de alarma, Margarita Fernández González, tenía fiebre y un dolor de garganta «como si fuera anginas». Llamó para pedir cita con su médica y le dieron para el martes. «La tienes muy roja», le dijo. Le recetó un antibiótico y paracetamol para la fiebre.

"Hoy es el día que el dulce no me sabe como me tiene que saber. Las lentejas me saben dulces y el alcohol no lo puedo probar porque me amarga», cuenta Modesto. «A mí me pasa con el pan: me sabe a moho y me parece que está duro»

«Por si acaso te lo pego, vete a otra habitación», comentó a su marido. No se imaginaban que era el covid y que el aislamiento y las cuarentenas se iban a convertir en la herramienta básica para luchar contra la propagación del virus en los primeros meses de la pandemia. Fueron pasando los días y seguía igual.

El 21 de marzo, Modesto, que ya llevaba unos días con fiebre, se levantó «muy mal, creí que me ahogaba». Llamaron al 112, como les había indicado su doctora, a las 7 de la mañana y veinte minutos después ya estaban en casa.

"El equipo sanitario ha sido de mil. Todos. Médicos, auxiliares, enfermería... Los compañeros han estado siempre pendientes y la familia ha apoyado en todo, sobre todo mi sobrino que es fisioterapeuta y mi sobrina que es enfermera»

Se llevaron a Modesto al hospital. A las doce llamó a casa y pidió a Margarita que le llevara el móvil. «Estoy mal, me han subido a planta», le dijo sin imaginar lo que vendría después. Ese día le hicieron la prueba del covid y dio positivo. No habían pasado 24 horas cuando llamó de nuevo a su mujer: «Estoy muy mal, Marga. Prepara todos los papeles que me muero». Fue minutos antes de ingresar en la Unidad de Reanimación Cardiaca, ser intubado y traqueotomizado. Empezaba una pelea entre la vida y la muerte de más de 50 días, de los que apenas guarda memoria. El covid devoraba sus pulmones y las bacterias se ensañaron con este jubilado de Telefónica de 77 años. Sufrió hasta cuatro paradas cardiacas, de las que salió con reanimación cardio pulmonar, y

Margarita, que ahora tiene 71, ingresó seis días después, el 27 de marzo, y estuvo en planta en el Hospital de León hasta el 2 de abril, el día de más ingresos durante la pandemia en León. Estuvo tres días con oxígeno y luego dos semanas de cuarentena en casa, pero no salió a la calle hasta el 27 de mayo, el día que su marido recibió el alta hospitalaria.

Al verse los dos en el hospital, Margarita llamó a su hijo Manuel, que trabaja y reside en Barcelona. «Estuvo 50 días cuidándome», subraya. Mientras estuvo ingresada, «no me decían cómo estaba Modesto, Manuel se lo tragó todo».

"Mi hijo Manuel es el que se lo ha tragado todo. Pero ahora me dice: ‘Mamá, fue un mal momento que ya ha pasado. Ahora disfrutad todo lo que podáis’. Para mí es como un libro malo que nos ha tocado leer. Ahora hay que cerrarlo y empezar otro»

Un día, ya en casa, su hijo le dijo: «Mamá, prepárate, que papá igual de esta noche no sale». Fue un momento muy difícil anímicamente para Margarita. Ella estaba aún en cuarentena, aislada en casa: «Casi no podía hablar con Manuel, ni él me podía dar un abrazo, ni yo a él», recuerda.

Estaban en vilo, en casa y en la Unidad de Reanimación Cardiaca. Bajo los cuidados del equipo de anestesiólogos, enfermeras y demás y con su sobrino Óscar, fisioterapeuta y otra sobrina enfermera, cerca. El sobrino pasó a las Ucis extendidas de REA por la reorganización del hospital a causa del covid. Al encontrarse allí con su tío se ocupó de él en exclusiva para evitar que más personas estuvieran expuestas al virus..

Los sanitarios fueron los intermediarios entre las personas ingresadas en la Unidad de Reanimación Cardiaca y sus familiares o allegados en un momento en que los hospitales se tuvieron que cerrar a cal y canto y el personal se movía en las plantas covid con los ya conocidos epi o buzos de protección frente a los contagios. En la UCI el riesgo era aún mayor debido a que hay que mover a los pacientes y el contacto es más estrecho. «Algunos lo llevaban doble, trabajar en esas condiciones también era bien difícil», señalan Modesto y Margarita. «Se me han borrado 50 o 60 días de la cabeza. No me acuerdo de nada», comenta el hombre agradecido a todo el personal sanitario que le atendió. «Son un equipo de mil. Les doy un millón de gracias por lo bien que se han portado», recalca.

En la Unidad de Reanimación Cardiaca, Modesto «cogió virus, bacterias, de todo... y estando ya en la planta, en la quinta, casi se les marcha. Menos mal que desde el control lo veían todo», explica la mujer. «Me dieron cuatro paros cardiacos, y me tuvieron que dar descargas. Estoy aquí casi de milagro», dice él.

Cuando volvió a casa había perdido 10-11 kilos, tenía que comer carne roja, un huevo y tres batidos de proteínas diarios. «No tenía fuerza en las manos, no era quién de pelar una naranja, cortar un cacho de pan... lo que más prestaba era la sopa de fideos y la sopa de leche con miel que me hacía por la noche», explica.

Las secuelas en el gusto permanecen en el cuerpo ya recuperado de Modesto. «Hoy es el día que el dulce que no me sabe como me tiene que saber, las legumbres me saben dulces y el alcohol no lo puedo probar porque me amarga», comenta. «A mí me pasa con el pan. Me sabe a moho y siempre me parece que está duro, aunque sea del día», comenta Margarita.

El primer día que Modesto salió de casa tras llegar del hospital «fui a la farmacia, a la frutería y a donde Jesús». Fue como una maratón. El brazo derecho no lo podía mover, arrastraba mucho los pies. «Yo me veo inútil», le decía a Margarita. Ella le animaba: «Yo siempre veo la botella medio llena y él medio vacía, somos así», explica. Poco a poco, el hombre empezó a ir al parque y enseguida se apuntaron amigos a acompañarle a las caminatas que de mes en mes aumentaban el recorrido. Ahora hace hasta ocho kilómetros al día.

En julio estuvo otras dos semanas ingresado, ya en planta no covid, a causa de una escara que se infectó: «Cabía un puño dentro». La mujer agradece que en aquellos días pudo ir a visitarle, desde las dos hasta las nueve de la noche.

La rehabilitación y el arropo de familia y amistades ha sido clave en su recuperación. En el hospital empezó a andar con su sobrino y en casa no ha dejado de hacer los ejercicios que le pautaron. Se levanta temprano, estira la colchoneta y hace las flexiones. Luego camina por el pasillo. «Para eso ha tenido mucho voluntad», comenta su mujer. Dedica una hora y media de la mañana a hacer los ejercicios sin faltar un día.

Modesto fue uno de los primeros pacientes que participó en el programa de rehabilitación poscovid de personas que sufrieron la enfermedad de forma severa organizado por el Ayuntamiento de León e impartido por el médico municipal José Luis Conty. «La rehabilitación me fue de maravilla, en lo físico y en lo psíquico», admite.

Margarita tuvo menos afectación, pero no quedó libre del virus hasta que el 6 de junio le realizaron una prueba en el CHF y dio negativo. «Cuando salí de casa por primera vez no sabía andar. Se me salían los zapatos, iba haciendo eses, cualquiera que me viera pensaría que estaba borracha», recuerda.

La soledad del aislamiento, a pesar de tener a su hijo cerca, es una de las cosas que más le afectó. En este punto recuerda que muchas vecinas y amistades se desvivieron con ella. «Berta me pasó de comer caldo, puré, manzanas asadas, Tere me fue a la farmacia, a por fruta, pechuga de pollo... mi hermana no salía de casa porque vive con mi madre que acaba de cumplir 101 años y tenía miedo a contagiarse y contagiarla», explica.

«A ella no le dijimos nada de que Modesto estaba tan grave. Preguntaba por él y le decíamos que estaba al ordenador», relata. Cuando pudo ir a verla el 9 de junio se lo contó. «Se echó a llorar».

Dicen que la pandemia sacó lo mejor y lo peor de la humanidad. Margarita también se llevó alguna decepción, pero se queda con las personas que le apoyaron. Todavía es el día que no se explican cómo se contagiaron ni quién fue el primero. De lo que se alegran es de no haber ido a Barcelona el 16 de marzo —no hubieran podido por el estado de alarma— porque «si nos pilla allí, ¿qué hacemos?».

Al único sitio que han salido fuera de León desde entonces es a La Bañeza. Son cautos y no hacen planes a corto plazo. El año que viene «si todo va bien» quieren ir a la playa y a visitar a su hijo en Barcelona. A veces le preocupa lo que ha pasado su hijo en aquellas semanas tan difíciles. «Mamá, déjalo, fue un mal momento, ahora disfrutad todo lo que podáis», le dice si sale el tema.

Margarita sigue su consejo y cuando se despide de la entrevista apunta con una sonrisa en la mirada: «Es un libro malo que nos tocó leer. Ahora hay que cerrarlo».

«Mamá, prepárate, que papá igual no sale de esta noche»
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