viernes 21/1/22

«Yo los oigo por la noche; oigo los camiones que pasan por nuestra calle y los gritos de las mujeres que van detrás llamando a sus maridos». Josefina Aldecoa publicó en 1994 el libro ‘Mujeres de negro’, una novela autobiográfica, ambientada en León y en México en el que los ojos infantiles de una niña retratan el ambiente que se vivía en la ciudad desde el golpe de Estado. La niña confiesa que en realidad ella no ha oído esos camiones, que lo contaban su madre y su abuela con «pesadumbre y temor». «A lo mejor un día vienen a buscar a mi madre y también la encierran en la iglesia. Los tienen en aquella cueva, apiñados unos encima de otros». Pero el ruido de las victorias del ejército sublevado, que había que celebrar con manifestaciones, y las llamadas a entregar el oro o hacerse madrinas de guerra tapaba lo que sucedía detrás de los muros de San Marcos o en el mismo colegio Ponce de León, la escuela de niñas aneja a la Normal. Lo que sucedía es que llegaban presos todos los días y algunos salían por la noche en las sacas para ser fusilados en montes y cunetas. «Eso lo supe años después», dice Aldecoa en la novela. La nueva ley de memoria democrática, de no cambiar en el trámite parlamentario, deja sin reparación a los prisioneros de los campos de concentración que como Josep Sala, el último superviviente, estuvieron unos meses, tiempo inferior a los tres años de la ley que indemnizó la prisión durante el franquismo. Tampoco a los desaparecidos y sus familias.

Presos sin reparación