miércoles. 28.09.2022

Thyssen: Las artes de un barón caprichoso

Hoy se cumple el centenario del nacimiento del barón. Heredero de una inmensa fortuna, fue un amante de la belleza que atesoró la segunda mejor colección de pintura del mundo
thyssen
El barón Thyssen posa junto a una de sus obras preferidas el retrato de "Giovanna Tornabuoni" de Ghirlandaio. DL

Mundano, elegante, culto, mujeriego y religioso. El estereotipo de Heinrich von Thyssen-Bornemisza (1921-2002), miembro de una de las sagas más importantes de la industria europea, cuadra a la perfección con el cliché de rico caprichoso. Este potentado y mecenas vivió por y para el arte. Se definía como un "holandés errante con alma magiar", aunque por su temperamento y trayectoria otros le hubieran descrito como un vividor a secas. Si hay que reducir su biografía a pocas palabras, estas serían lujo, belleza y mujeres. Heredó de su padre una de las mejores colecciones de arte del mundo, que él supo completar y dar unidad.

Hoy se cumplen cien años del nacimiento del magnate, que consiguió que sus lienzos, esculturas y objetos artísticos lucieran en uno de los más bellos y señoriales edificios de Madrid, el Palacio de Villahermosa.

Nacido en Scheveningen, Países Bajos, el 13 de abril de 1921, los problemas cardiovasculares que padeció al final de su vida le obligaron a llevar una vida fatigosa. Esos achaques fueron el epílogo de una existencia pródiga en dinero y vivencias que se prolongó durante 81 años. Le visitó la muerte el 26 de abril de 2002, en la villa que posee Carmen Cervera en Sant Feliu de Guíxols, en medio de un paisaje idílico del Bajo Ampurdán.

Gracias a un convenio de alambicada gestación, el gobierno español firmó en 1993 un acuerdo por el que pagaba 250 millones de euros por 775 obras maestras escogidas de entre las cerca de 1.300 que integraban la colección completa. Suiza, Gran Bretaña y Estados Unidos también pujaron por tener la soberbia colección, pero las artes negociadoras de su quinta y última mujer, Carmen Cervera, hizo que la operación tuviera como destino España.

Sus últimos años los pasó postrado en una silla de ruedas, pero su vida fue intensa y variada como su fortuna. Enemistado con sus hermanos, esposa e hijos a causa de su suculento patrimonio, no tuvo problemas en divorciarse y volverse a casar, a veces con esposas de conveniencia, siempre hermosas y rutilantes. Pasional y dandi, decía que no cambiaría a su adorada Carmen Cervera por la Gioconda. Atesoró una colección privada de arte que los expertos consideran solo superada por la reina de Inglaterra.

Manirroto y excéntrico, tras su enlace en la antigua Ceilán con Nina Dyer, la pareja adquirió una pantera y un leopardo que paseaban por las calles más distinguidas de París. Escindida su familia en dos, una rama de la saga, la encabezada por su tío Fritz, hermano mayor del primer barón, respaldó a Hitler, mientras que los Bornemisza de Hungría se fugaron a Costa Rica para escapar de los tentáculos del III Reich.

Thyssen contrajo matrimonio en cinco ocasiones, siempre con mujeres de ostentosa belleza. Su primera esposa (1946) fue la princesa austriaca Teresa Amalia Lippe-Weissenfeld, con la que tuvo un hijo, Georg Heinrich.

En la década de los cincuenta se volvió a casar dos veces, primero con la modelo anglo-india Nina Dyer, y luego, en 1956, pasó de nuevo por el altar con la maniquí Fiona Campbell, con quien tuvo dos hijos, Francesca (1958) y Lorne (1963). La cuarta (1967) fue Denisse Shorto, hija de un banquero brasileño. La última y definitiva boda (1985) fue con Carmen Cervera, e miss España, cuyo hijo, Borja, fue adoptado por el barón.

Amante del mar Sus padres se divorciaron cuando él tenía seis años, aunque no lo supo hasta tres años después. El joven estudió Derecho y Filosofía en Friburgo. Amante del mar, salía a navegar en sus dos barcos, el 'Hanse' y el 'Mata Mua'. Argüía que de no ser un mecenas, un potentado, un aristócrata, le hubiera gustado ganarse la vida conduciendo una locomotora. Esquivó varias veces a la muerte por los pelos. A los cuatro años estuvo a punto de morir electrocutado. Sufrió un aparatoso accidente automovilístico y un cambio repentino de hora impidió que tomase un avión que acabó estrellándose.

Con apenas 23 años de edad, se vio obligado a tomar el control del emporio familiar, ya que su padre arrastraba problemas de salud y firmó un poder notarial para cederle todo el mando. Al fallecer el primer barón en 1947, el joven Hans Heinrich, Heini para los íntimos, heredó el título.

Aunque no era el primogénito, su padre le dejó como legado la mayor parte de su fortuna y el grueso de su colección: 363 de sus 532 pinturas, que él se encargó de hacer crecer hasta sumar 1.500. Una de sus grandes obsesiones fue congregar de nuevo la colección familiar, diseminada tras la muerte del patriarca. De hecho, compró obras que sus hermanos pusieron a la venta.

Descolló en el mundo de los negocios. Cercano a dueños de otros grandes imperios como Henry Ford II, Malcolm Forbes y Gianni Agnelli, era directivo de Heineken y ostentaba un puesto honorífico en la casa de subastas Sotheby's.

Sus mansiones se repartían por medio mundo (Lugano, París, Londres, Jamaica, Marbella y otras que se desconocen). Fue el primer magnate europeo que contó con un avión Falcon propio, lo que se interpretó como una extravagancia más del millonario, aunque ese gestó se convirtió en costumbre de los más adinerados. A finales de la década de los noventa su emporio multinacional Thyssen-Bornemisza Group (TBG) se componía de 234 empresas en 26 países con 14.000 empleados en sus filas. El grupo facturaba unos 3.000 millones de dólares al año.

Ahora el museo que lleva su nombre celebra su centenario con jornadas de puertas abiertas, conciertos y conferencias. A finales de enero, el ministro de Cultura y la baronesa Thyssen firmaron un acuerdo que debería permitir que el 'Mata Mua' luciese de nuevo en las paredes del museo.

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