martes 7/12/21

La conexión leonesa de Palamós

El anticuario que montó el claustro románico ‘trabajó’ con el obispo de Astorga y el arquitecto Ricardo García Guereta en la ciudad maragata a principios del siglo pasado.
Gerardo Boto recorre las galerías claustrales de Palamós en una imagen de archivo.

Esta misma semana, el historiador leonés Gerardo Boto, descubridor del claustro de Palamós en la finca catalana de Mas del Vent, propiedad de la familia suiza Engelhorn, anunciaba en Lisboa que el pórtico perteneció a la antigua catedral románica de Salamanca. El profesor de la universidad de Gerona desmentía de esta manera a los integrantes de la comisión de patrimonio de Cataluña, que meses antes decidían que se trataba simplemente de una réplica y que en modo alguno tenía el valor artístico o histórico suficiente como para merecer la protección de BIC.

Por su parte, desde la Consejería de Cultura de Castilla y León se dejaba en manos de los técnicos la determinación de la verdadera procedencia del claustro. Alicia García manifestaba el miércoles que la Junta seguiría «los estudios que ha hecho este profesor que se suman a otros precedentes que impiden que exista unanimidad absoluta en torno a su verdadera procedencia», y añadía que se investigaría y se determinaría si procede de Salamanca. «Ese será el momento de actuar», aseguraba la consejera.

Pero ¿cuándo comenzó todo? ¿quiénes fueron los protagonistas? y, sobre todo ¿dónde, cuál fue el centro de operaciones? El historiador y archivero Alejandro Valderas considera que el epicentro de este negocio de almoneda se gestó en Astorga y que fueron tres los protagonistas que, solos o en compañía de otros, pusieron en marcha un proyecto para vender el patrimonio histórico de la zona. Se trata del anticuario zamorano Ignacio Martínez, el hombre que actuó como hombre de paja de Byne (conseguidor del magnate Hearst) en más de una ocasión y a quien se atribuye el montaje de las galerías claustrales en el solar de la calle Antón Muñoz de Madrid; el obispo de Astorga, Julián de Diego Alcolea; y el arquitecto Ricardo García Guereta.

«Hemos entrevistado a personas de 90 años que recuerdan qué es lo que pasó en aquella época», asegura Valderas, quien rememora que los datos certifican que a principios de siglo se produjo un «trasiego» de obras de arte muy importante en Astorga. «Todo, con el permiso del obispo», asevera.

El procurador leonesista destaca que el anticuario dejó facturas que le sitúan en la Dehesa de Hinojo haciendo negocios en la compraventa de altares y también se le identifica intentando comprar en Santa Colomba de la Vega su gran artesonado mudéjar. «En los años veinte, Leopoldo Panero, junto a Ricardo Gullón y José María Luengo, escriben una historia de Astorga para la que necesitan visitar el palacio de Gaudí», destaca el historiador. Valderas explica que había sido precisamente Guereta quien finalizó las obras del palacio. «A éste le encarga el obispo la tarea de dejar el sótano libre para proyectar en él el museo diocesano», subraya.

El sótano de los tesoros

El caso es que Panero, Gullón y Luengo bajaron al citado sótano para encontrarse con un montón de piezas que supuestamente habrían sido expoliados de iglesias de la diócesis. «El obispo fue denunciado y todas esas piezas pasaron a formar parte del museo diocesano», asegura Valderas, quien destaca que se realizó un inventario de los objetos aparecidos, alrededor de 200. «Algunos de ellos se vendieron, mientras que otros permanecieron en la Diócesis», sostiene.

Entre los que se vendieron cabe destacar el retablo de Nicolás Francés de La Bañeza, retablo que terminó en la Exposición Universal de Barcelona, donde el Estado español lo recuperó. Asimismo, Alejandro Valderas precisa que en esta época se expolió el monasterio de Carrizo. «El Arcón de Carrizo está en Astorga y parte del archivo se mezcló con los pergaminos de Astorga para camuflar su procedencia», explica el historiador y político.

Y es que, como el propio Gerardo Boto destacaba en una entrevista a DIARIO DE LEÓN hace ahora un año, durante los años de la guerra y en los primeros tiempos del franquismo, España se convirtió en almoneda, en un gran bazar en el que cualquier magnate extranjero podía adquirir casi a cambio de nada piezas del tesoro nacional. «El siglo XX de España pasa por este claustro. Hay nazis, represaliados republicanos, millonarios americanos, autoridades franquistas... Un filón», reflexionaba en la citada entrevista el historiador. La pregunta que habría que hacerse es si esa conexión pasa o no por la encrucijada de León y de estos tres personajes.

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