jueves 20/1/22
Esfera interior del reloj de la Catedral de Astorga.
Esfera interior del reloj de la Catedral de Astorga.

Tuvieron el tiempo en sus manos. Sin embargo, los grandes relojeros leoneses han caído en el olvido; a excepción de José Rodríguez Losada, autor del célebre reloj de la Puerta del Sol de Madrid. Antes que él hubo otros destacados artesanos que construyeron obras de arte para medir la vida.

Una investigación del historiador del arte de la Universidad de León Jorge Martínez Montero rescata ahora los relojes y relojeros catedralicios del norte peninsular. Durante siglos, la vida cotidiana la marcaba el tañir de las campanas, hasta que llegaron los relojes. Instalados en catedrales e iglesias se convirtieron en una cuestión ‘de Estado’.

Martínez Montero acaba de exponer en un congreso en Toulouse, organizado por el Instittuto Feijoo de Estudios del siglo XVIII de la Universidad de Oviedo, la importancia de la relojería de torre y de los herreros y cerrajeros —más tarde relojeros—, que los diseñaron. Tuvo que consultar en protocolos notariales, archivos catedralicios, libros de cuentas y documentación portuaria para reconstruir la historia de los relojes leoneses, cuya maquinaria se transportaba por barco desde Francia e Inglaterra. Explica que mientras Toledo, Valencia, Sevilla o Barcelona tenían relojes documentados desde el siglo XIV; en León no hay apenas datos hasta el siglo XVI.

Durante siglos villas y ciudades se habían regido por los tiempos de la Iglesia —maitines, primas, tercias, sextas, nonas, vísperas y completas—. Gracias al reloj mecánico, cada ciudad tuvo su propio tiempo. El gran auge de la relojería se produce en el siglo XVIII con la creación de las reales escuelas de relojería, similares a las reales fábricas de tapices, cristales o porcelana.

La Catedral de León tenía un reloj «muy problemático» que se estropeaba con facilidad. Había sido construido en 1523 por el fraile Francisco y tenía dos autómatas, un león y un soldado. En 1773 se sustituye por otro realizado por el zamorano Francisco Francos, que duró únicamente quince años y acabó en la iglesia de Santa María de Benavente.

En 1783, nuevamente el Cabildo se plantea la misión de renovar el reloj. Piden presupuesto a una casa de Londres, «con la condición de que venga persona inteligente a ponerlo», según consta en la documentación estudiada por Martínez Montero. El elegido es el relojero londinense Diego Evans, uno de los más afamados de la época, en el convencimiento de que «vendría por poco un oficial con él a ponerlo mejor que los zarramplines de aquí», dice textualmente el documento catedralicio, donde se comprueba la poca estima en que tenían entonces a los relojeros locales. Un año después el Cabildo descarta a Evans por ser demasiado caro.

El relojero Ramón Durán, que residía junto al Palacio Real de Madrid y ya era muy conocido entonces, porque de su fábrica salieron relojes para los mejores conventos de la capital, iba a instalar en 1787 uno en la Catedral de Oviedo. El Cabildo leonés se entera de que Durán viaja con otro reloj. «Eran mecánicos, de péndulo y se podían montar y desmontar fácilmente; además, cualquier pieza se podía sustituir», explica el profesor leonés. Durán cobró a la catedral ovetense 45.000 reales; y a la de León, 5.000 reales más. Años después la esfera original fue sustituida.

La restauración de Rolex

El reloj de Durán fue declarado BIC y restaurado en 1992. En aquel momento llevaba 30 años sin funcionar. La Escuela Taller se encargó de la esfera y la empresa suiza Rolex, de la maquinaria. El 30 de diciembre de aquel mismo año los técnicos Pierre Curchod, Jacques Mihilewicz y Jacques de Vialet montaban y ponían nuevamente en funcionamiento la ‘joya Durán’. La restauración supuso más de 2.500 horas de trabajo, cien planos de ordenador y el dibujo de todos los engranajes. El coste se elevó a ocho millones de pesetas, que sufragó Rolex.

Otro importante relojero es el astorgano Antonio Jáñez, que en 1760 cobraba 62 ducados al año por mantener el reloj de la catedral maragata. El Cabildo de esta ciudad encarga uno nuevo al relojero local Bartolomé Fernández en 1798, al que le paga 35.000 reales. Le impone la condición de que se inspire en el que Durán había hecho para la Pulchra. También le exigen que tenga cuerda para 30 horas y que los diámetros sean iguales a los de León. Además, las esferas han de ser muy vistosas —tres en el exterior—; y la del interior ha de regir el curso de la Luna.

Bartolomé Fernández también diseñó el de los maragatos del consistorio asturicense en 1807 y reformó el de la iglesia de Santa María de La Bañeza.

Más popular fue Antonio Canseco (1838-1917), natural de Rabanal del Camino, que se hizo un gran nombre en el mundo de la relojería, a pesar de que importaba la maquinaria de Francia. Incluso llegó a exportar relojes fuera de España. Suyos fueron los del Palacio Real y El Escorial, entre otros.

Martínez Montero afirma que la relojería conseguiría un gran impulso gracias a las Reales Sociedades Económicas de Amigos del País.

Sin duda, el relojero Losada ha sido el más insigne de cuantos ha tenido la provincia leonesa. Condecorado en 1854 con la medalla de Caballero de la Orden de Carlos III, este hombre humilde de la Cabrera, que tuvo un próspero negocio en Londres. Las casas de subastas más importantes se disputan alguno de los 6.000 relojes que llevan su firma.

Cuando León era dueño del tiempo
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