martes. 16.08.2022
JULIO ÁLVAREZ RUBIO

«Desde las cumbres puedo calibrar la grandeza del mundo»

El viajero y narrador Julio Álvarez Rubio, autor de ‘Laciana, un otoño’, está trabajando en dos libros colectivos y se siente satisfecho de figurar entre autores a los que admira

La afición por la naturaleza, los paisajes y los viajes despertaron el interés de Julio Álvarez Rubio por la fotografía y por la escritura, porque «el entusiasmo y el placer de los días guapos se alarga mientras cuentas la experiencia». Y ahí que anda este «artesano relator», como a él mismo le gusta definirse, componiendo libros de viajes y haciendo fotos de los paisajes y paisanajes de nuestra provincia, como queda constancia en su excelente blog, Noroeste Leonés. «El blog es producto de un cabreo incontenible debido a la monserga con que, desde finales de los ochenta, se ha venido machacando a las comunidades del Alto Sil asegurando que siempre han vivido del carbón y que no hay futuro al margen de este negocio que, últimamente, está siendo pura rapiña y devastación».

Con orígenes astures y omañeses, este lacianiego –ya que lo nacieron en Villablino– es un viajero y montañero impenitente y un contador y fabulador de historias, cuya memoria es la montaña leonesa y el curso bien definido de las estaciones y la abundancia del otoño y la nieve y los deshielos y la gloria de mayo, porque como dice un personaje de una novela de Sender –apostilla Julio–: un país sin invierno es un país engañoso donde solo puede vivir la gente enemiga de dios, y porque «entre montañas siento menos vértigo que cercado por un horizonte curvo donde, por no haber, no hay ni perspectiva. Desde las cumbres puedo observar con devoción mi país y también calibrar la grandeza del mundo, la magnitud y la obra del tiempo y lo que uno pinta aquí…».

Su pasión por la montaña se la debe a su padre, que lo llevaba consigo, cuando Julio era aún muy niño, a cosechar arándanos o raíces de genciana. «Nunca le agradeceré bastante aquella iniciación. Cuando cumplió los noventa aún se apuntaba para venir conmigo a Babia. Dábamos por allí algún paseo y yo le contaba cosas acerca de Islandia o la Tierra del Fuego, lugares que pude y supe disfrutar gracias a él. Es tan valioso el capital natural de la montaña leonesa como tremendo lo que estamos haciendo con él en algunos lugares».

Aunque una buena parte de su vida se dedicara a la industria de la generación eléctrica en centrales térmicas –su abuela Domitila solía aconsejarle que escogiera la rama de letras y se hiciera maestro porque leería muchos libros, tendría trabajo fijo y vacaciones largas–, Álvarez Rubio es un hombre de letras, que ha sabido plasmar, con imágenes y por escrito, sendas y caminos por las brañas de nuestra provincia interior: Laciana, Babia, el Bierzo, Ancares, Omaña.

Tal vez por esto le otorgaron el nombramiento de omañés del año 2012, lo que le produjo una enorme emoción «porque aquello ocurrió días después del fallecimiento de mi madre por cuya rama soy omañés», aclara Julio, que ya está con algún proyecto viajero, porque es acaso su forma de estar en el mundo, «para concebirlo de otro modo, entender caracteres diferentes, otras realidades, la verdadera esencia de tantas cosas. Terapéutica itinerante».

Contador de viajes

Como buen viajero y contador de viajes es consciente de que para escribir algo que merezca la pena no basta con «tocar de oído o pescar en el fárrago de Internet», si no que uno debe conocer a fondo el territorio, o bien acudir las veces que sean necesarias a «un mismo lugar para dar con cierto paisano o para lograr una foto con la luz adecuada». Como apasionado de la literatura de viajes, se reconoce en Cela, Delibes, En la Patagonia, de Bruce Chatwin, y aun en uno mucho más cercano, Julio Llamazares, con libros como El río del olvido, Cuaderno del Duero o Las rosas de piedra. «Literatura excelsa. Todos ellos utilizan un lenguaje llano pero riquísimo a la vez. Lo que escribió Llamazares remontando el curso del Curueño rebosa tal lirismo que incita a meter el libro en la mochila y salir disparado hacia el puente de Ambasaguas».

Si bien al autor de Laciana, un otoño –quizá su libro más depurado desde un punto de vista literario– le entusiasma hacer fotos, y encima con gran acierto y belleza, está convencido de que no es imprescindible que vayan juntas las imágenes y las palabras, aunque se avengan bien para enseñar algo, porque los grandes escritores de viajes –según él– no necesitan fotografías, como es el caso del libro de Llamazares siguiendo el curso del Curueño. «El río del olvido es una muestra soberbia. En medio de su prosa sublime, las fotos estorbarían», a sabiendas de que «los artistas de la fotografía son capaces de justificar el aforismo de la imagen más valiosa que mil palabras pero la palabra, nacida con el amanecer de la especie humana, es nuestra gran creación y, en casos como los que acabo de citar, la palabra supera a la imagen».

Álvarez Rubio ha publicado recientemente una leyenda de las brujas de la Veiga el Palo de Laciana, incluida en Leyendas leonesas contadas por… y está trabajando en un libro colectivo, que aún está «en la incubadora».

«Desde las cumbres puedo calibrar la grandeza del mundo»
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