martes 2/3/21

El Curueño, río de la memoria

Ángel Fierro recopila leyendas, cuentos, mitos y hasta cantares de la zona en un hermoso libro ilustrado.

El río Curueño ya no es el río del olvido que describió Julio Llamazares, ahora es el río de la memoria. Una memoria que fluye, cristalina y móvil, a través de leyendas, mitos y cuentos que ya sólo recuerdan los más viejos del lugar, pero que se recogen en libros como el que acaba de publicar Ángel Fierro y que el próximo lunes se pone a la venta: Río Curueño, el fluir legendario.

En sentido inverso al recorrido que hizo Llamazares, Fierro acaricia la fría superficie del río desde los altos de Vegarada hasta la unión del Porma y el Curueño, dentro del triángulo que forman Ambasaguas, Devesa y Barrio de Nuestra Señora. De forma paralela, el río se va trenzando con leyendas como la del Moro Qil, que persiguió a caballo un arcoiris y murió en un corro de ánimas o la valiente dama de Arintero, que se disfrazó de guerrero y sólo descubrieron que era mujer porque, en un descuido, «se le salió sin querer un pecho».

Son frutos de la imaginación que además modelan el paisaje o lo interpretan, como la intermitencia de la fuente de San Pedro en Aviados, que se explica por los empujones de un hada con dolores de parto, cuyas contracciones interrumpen el flujo del agua o la sima de ‘La Quebrantada’, un socavón producido por un terremoto ‘divino’ que sepultó a la intrépida griega que quería hacer un molino en sentido contrario al curso de las aguas y juraba: «quiera Dios o no quiera, ha de moler el molino de la Griega».

«Hace ya unos siete u ocho años que estoy ‘pateando’ el río Curueño, recogiendo estos cuentos. Siempre hablando con gente muy mayor porque la gente joven no tiene recuerdos de tradición oral», explica Fierro. Son los últimos depositarios de los filandones, aunque les han pasado algunos relatos a sus hijos o nietos.

Como el señor Rodrigo, de Arintero, «un pozo de sabiduría y mantenedor de la oralidad en la zona», dice Fierro. También Miguel Fuertes, de La Mata de Curueño, que publica una revista «con matemática puntualidad» que ya ha superado los 130 números; o Nieves Orejas y Raquel, madre e hija, en Lugueros, y, también allí, Avelino Villa; y, en Tolibia, María Ninfa. Todos ellos saben de los duendes de Tolibia y de ‘la boca sangrá’, una versión del hombre del saco, y de ‘la Vieja el Monte’, la excusa para los pastores que traían un regalo para los niños de la casa y han oído hablar de las moras, esos hermosos espíritus de las fuentes que alisan sus cabellos con peinetas de oro. También están entre los pocos que aún saben las canciones tradicionales que recoge el libro y los demás hemos olvidado. Menos mal que el Curueño ahora también es memoria.

El Curueño, río de la memoria
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