miércoles 13.11.2019
Miki Kratsmanartista

«El muro de Jerusalén es una escultura increíble, seductora y casi celestial»

Si hubiera que encerrar en una descripción la exposición del israelí Miki Kratsman, tendríamos que hablar de un gran vecindario en el que cada ventana nos introduce en un mundo diferente. Comisariada por Octavio Zaya, ‘Tal cual’ es el resultado de treinta años de trabajo durante los cuales Kratsman ha venido representando la realidad con un nuevo enfoque, convirtiéndose en un hacedor de puzzles que nos aventura en el laberinto palestino israelí.
«El muro de Jerusalén es una escultura increíble, seductora y casi celestial»

«Lo he titulado Tal cual porque es todo lo contrario, porque no hay nada en esta exposición que sea simplemente tal y como aparece en las imágenes». El Musac inaugura el sábado la primera exposición en España del fotógrafo israelí Miki Kratsman, una cartografía de su mundo artístico, un autorretrato a través del cual el creador revela no sólo su propio imaginario sino el de cuantos se detienen a contemplarlo.

—¿Puede definirse su trabajo como propalestino?

—Es que yo creo que la pregunta está mal formulada porque todo el asunto mío propalestino es también proisraelí. Yo no veo que mis actividades vayan contra el estado israelí. Soy sionista en mi creencia de que el Estado de Israel tiene que existir, aunque no en sus actuales fronteras.

—¿El hecho de haber sido soldado ha modificado su manera de enfocar, de mirar?

—No, porque ser soldado no es enfocar todo el tiempo. No, no hay ninguna influencia, si bien uno de mis trabajos, Targeted killing, es una serie que versa precisamente sobre esto que me pregunta. Se trata de un método de eliminar sospechosos que utiliza el Estado sin necesidad de llevarles a juicio. Al principio se eliminaba sólo a quien se tenía la certeza que iba a cometer un atentado, pero ahora es mucho más flexible y en ocasiones ya no se sabe ni a quién ni porqué se les elimina. Se me ocurrió que debía crear una imagen cuyo significado estuviera fuera de la fotografía, para lo que ideé crear una imagen como las que realizan los aviones no pilotados, los drone kills. Comencé a sacar fotos desde mi oficina al pueblo palestino que está al otro lado de la montaña.

—Sin importar el objetivo...

—Si, cualquiera vale, porque te introduces en la película del ‘quién es sospechoso’. Esa mujer que está caminando podría ser un hombre disfrazado, por ejemplo.

—La realidad siempre es una creación, y más en el ojo del vigilante.

—Cuando sólo ves el mal, entonces todo el mundo es sospechoso. Traté de imaginar a la persona que tiene que decidir si tirar o no... pero yo nunca traté de entender cómo es en realidad, prefería la dimensión de imaginar cómo debe ser.

—En una de las salas del museo, tres proyectores diferentes muestran cuatro mil fotografías de su archivo personal. No sólo por la cantidad, sino por la disposición de los proyectores, este trabajo fuerza al espectador a decidir qué mirar y qué obviar.

—Sí. Poco a poco me daba cuenta de que mi trabajo era más interesante como un database de documentos que algún día los investigadores podrían utilizar. Hace siete años comencé a reflexionar acerca de como dar luz al archivo y hace año y medio se me ocurrió, leyendo La fiebre del archivo de Jacques Derrida, que mi archivo no estaba en mi estudio, sino en la hemeroteca de Tel Aviv. Ese es mi archivo. Así que saqué proyecciones de todas las fotos que se me han publicado durante 26 años y las ordené de manera cronológica.

—Es la historia a través de su historia como fotógrafo.

—Es como un autorretrato; es la historia de mi diario, de mi país, mía... sí, es un autorretrato, pero que tiene el sesgo del paso del tiempo. Lo que te permite hacer una reflexión sobre algo es el tiempo que pasa desde que haces una imagen hasta que la vuelves a ver. Este archivo me permite observarme a lo largo de los años, ver mi crecimiento, mis etapas. Es como el libro de Georges Perec, La vida, manual de uso.

—¿Cuántas imágenes se proyectarán en el Musac?

—Son cuatro mil imágenes, doce horas de proyección. Es imposible de abarcar en una visita.

—Una de las cosas que me pregunto cuando veo una imagen es lo que no aparece en ella, que me parece una parte fundamental de la foto.

—Yo no dependo del compromiso con otorgar sabiduría o información con mis fotos. Cuando hago una fotografía pienso en la imagen como imagen. Yo estoy ahí y ya es bastante. No soy el sirviente del texto, no tengo servidumbres. La fotografía es equilibrada y autónoma.

—Cuando pienso en Israel pienso en un lugar para el que no pasa el tiempo, como si estuviera pendido de un bucle del que no puede salir. ¿Le da la impresión de que lleva haciendo la misma foto desde hace treinta años?

—Por las circunstancias, sí, por mí, como fotógrafo, no. Es cierto que nos movemos en un círculo vicioso, pero soy optimista respecto al futuro.

—¿Qué foto le gustaría hacer?

—La última que hice. No pienso en la firma de la paz ni en nada parecido. Cuando hablo de que soy optimista me refiero al hecho de que empatizo con los palestinos. Tengo muchos amigos palestinos y no tengo miedo, tal vez porque tengo intereses diferentes a los que tienen mis líderes. Es común que quienes están inmersos en un desafío continuo se vea como víctima. Yo no creo ser una víctima, pero el palestino sí lo es.

—¿No lo somos todos?

—No, no, no, por supuesto que no. Eso nos libera de toda responsabilidad. Nos permite hacer cosas horrorosas. ¿Por qué te consideras una víctima?

—Porque estoy a merced del azar.

—Pero si vivieras en un lugar en el que tuvieras la certeza de que tu hijo puede morir en cualquier momento... entonces, vamos a comparar. Esa es la escala, el punto de referencia, porque no estamos solos en el mundo.

—Pero, desgraciadamente pensamos según lo que conocemos y los parámetros de referencia cambian.

—El problema es que hay gente que para nosotros es gente y gente que para nosotros no es gente.

—De alguna manera, es la banalidad del mal de la que hablaba Hannah Arendt.

—Nos acostumbramos a cualqueir cosa. La banalidad tiene algo de divino. La banalidad es divina. Siempre pensamos que lo sublime está en momentos críticos, pero no es así porque no tiene importancia en la vida diaria. Sólo en la banalidad están los momentos divinos. Al principio de mi carrera trataba de encontrar ese momento único, pero hay algo que es mucho más duro que eso: la vida cotidiana. La banalidad del mal habla de eso y cuando Hannah Arendt se refiere al proceso contra Eichmann como un evento artístico, me parece que se refiere precisamente a eso.

—¿Es el muro un evento artístico? ¿Por qué cree que es uno de los ‘monumentos’ más recreado?

—Porque es divino. Es una escultura increíble, super seductora. Tiene ocho metros y medio de altura y va creciendo todo el tiempo, y es como si no hubiera sido creada por hombres, como surgida de la naturaleza, que sale de la tierra y no sabes hacia dónde va a ir, qué campos va a cortar, qué movimientos va a impedir. Es casi celestial.

«El muro de Jerusalén es una escultura increíble, seductora y casi celestial»