lunes 10/5/21

Enrique IV no era el monstruo que pintó su hermana Isabel la Católica

Luis Caro compara los rostros de Juan II y de su hijo y revela que Isabel falseó la historia contra su hermano.

Hace cinco siglos, la reina Isabel levantó un edificio propagandístico dirigido a acabar con la memoria de su hermano, el rey Enrique IV, idealizando al tiempo la del padre de ambos, Juan II. Para ello, no dudó en utilizar la pluma de cronistas como Fernando del Pulgar, Alonso de Palencia o Mosén Diego de Valera, que pusieron en marcha todo un aparato informativo destinado a cambiar las fuentes de la historia. Sin embargo, la ciencia acaba de poner fin al artificio absolutista, sacando a la luz la verdad histórica. Ha sido el profesor de Antropología Física de la Universidad de León, Luis Caro, quien, junto a Margarita Torres, ha destapado lo que ni siquiera Marañón fue capaz de desvelar: que las taras físicas que siempre se habían atribuido a Enrique IV —taras que le arrinconaron en la cuneta de la historia, denigrándole, poniendo en duda su derecho al trono y justificando el giro histórico que provocó la victoria de Isabel y Fernando en la batalla de Toro— pertenecían en realidad a Juan II.

Entre los defectos físicos con los que Isabel difamó a su hermano mayor y que sirvieron para dañar la capacidad que Enrique habría tenido para el ejercicio del poder se encuentran su deformidad facial y, por supuesto, su impotencia. Hasta tal punto llegaron los cronistas de la época en su intento de congraciarse con la reina Isabel que atribuyeron al rey Enrique rasgos como los siguientes: «la nariz deforme aplastada, rota en su mitad le daba semejanza de un mono», «era romo de una caída que dio leyendo niño», mientras hablaban de Juan II en términos diametralmente opuestos.

En una investigación desarrollada durante los últimos cinco años y que será publicada en el libro de la UBA Biodiversidad humana y evolución, Luis Caro saca a la luz esta falsificación histórica. Para ello, no sólo ha estudiado los restos de Juan II sino que, por primera vez, ha tenido acceso a las imágenes de la momia de Enrique IV que obtuvo Gregorio Marañón en el monasterio de Guadalupe. Mientras que en los restos del rey Enrique no se distinguen anomalía alguna, Luis Caro sí ha podido documentar un rosario de taras en el cuerpo de Juan II, que yace en la cartuja de Miraflores. Así, lo más característico de la cara de Juan II es su nariz deforme, que provocó la desviación del tabique nasal interno hacia el lado izquierdo y una laterorrinia externa del apéndice nasal hacia el lado derecho. Es decir, tenía, afectivamente, cara de mono, como se dijo de Enrique IV.

Además, la respiración por la parte izquierda de la nariz no era funcional y en su parte derecha al tener el cornete nasal muy inflamado le impediría respirar con normalidad por la nariz, lo que alteró el proceso de respiración normal. Esta lesión afectó también al desarrollo facial, que tenía hipoplasia del lado izquierdo o, lo que es lo mismo, tenía un lado del rostro más grande que el otro. Un segundo hecho relevante en el esqueleto de Juan II es la fractura de la escápula izquierda, lo que le habría obligado a caminar de manera encorvada.

Hay otro aspecto que también ha desechado Luis Caro y que hace referencia a las teorías según las cuales Enrique IV habría sido impotente. Marañón, en la descripción que hace del monarca en su informe a la Academia, desliza aspectos sobre su sexualidad. Así, escribe: «La exagerada convergencia de los muslos, más parecida a la disposición de la mujer que a la del varón, en el que, por ser la pelvis menos ancha, las líneas de los muslos descienden casi paralelamente...». Sin embargo, y según destaca Luis Caro, esa convergencia se debe al modo en que se dispuso el cadáver.

En fin, un nuevo caso de falsificación que muestra que la historia la escriben los vencedores.

Enrique IV no era el monstruo que pintó su hermana Isabel la Católica
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