lunes. 28.11.2022
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A José Luis López de Lacalle, periodista vasco, lo asesinó ETA hace 20 años como acostumbraban los terroristas. A traición, sin posibilidad de defenderse, unos periódicos llevaba Lacalle, y con la máxima cobardía del armado frente al hombre indefenso. Raúl Guerra Garrido, gran amigo suyo, lo recuerda ahora a sus 85 años cumplidos en abril, tres años mayor que Lacalle, y lo hace desde la memoria real.

El autor de El año del wólfram resulta así pieza clave para entender este país, él que es un madrileño de raíces bercianas y que deslumbró, precisamente, hace 50 años con Cacereño, pero que tiene esa frase rotunda de que para él El Bierzo es su paraíso perdido.

Pero a día de hoy, con su mente en forma, 2020 le retrotrae a esa amistad con aquel periodista al que ETA truncó su vida cuando vivía unos momentos de tranquilidad laboral y actividad intelectual. Así, Guerra Garrido extraía estos recuerdos para EFE.

«Allí está, ante la puerta sin abrir, en ese ahora obsceno espacio soportalado, bajo una manta encubridora del crimen, con el paraguas rojo aún abierto y los periódicos del día, su pan de cada día, desparramados por el suelo, componiendo la más hermosa estatua yacente, símbolo de las libertades individuales, pero la más triste realidad de las posibles sobre la tierra, el pecado de Caín».

Este fragmento corresponde al relato Corto viaje hacia la muerte que el escritor Raúl Guerra Garrido dedicó a José Luis López de Lacalle, el columnista del diario El Mundo al que ETA asesinó en Andoain (Gipuzkoa) hace ahora 20 años.

Fue en 2000, el año en que la banda terrorista rompió la tregua a la que había seguido el Pacto de Estella, el año en el que otros amigos de López de Lacalle también sufrieron la violencia de ETA y su entorno.

Fue el año en que la librería Lagun tuvo que cerrar su establecimiento de la Parte Vieja de San Sebastián y en el que la farmacia que Guerra Garrido tenía en el barrio donostiarra de Altza, atacada anteriormente con cócteles molotov, quedó destrozada en un incendio tras un nuevo sabotaje.

Dos meses antes de su asesinato, el colaborador de El Mundo concedió a ese periódico la última entrevista de su vida, después de que los radicales de la violencia callejera arrojaran varios artefactos incendiarios contra su domicilio.

«Aquí estamos bajo la amenaza terrorista todos aquellos que, de alguna manera, participamos en la vida pública (...) Los de segunda y tercera división tenemos la amenaza de los cócteles y los de primera división tienen la amenaza de la bomba», dijo entonces.

Le pareció «improcedente» especular sobre la motivación de ese ataque al ser preguntado sobre si la razón estaba en su pertenencia al Foro Ermua, surgido tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco y entre cuyos fundadores se encontraba Raúl Guerra Garrido. El autor de Cacereño y La Gran Vía es Nueva York dice que seguía echando mucho de menos a su amigo, «un hombre de una conducta irreprochable, honrado, trabajador y muy valiente, que tenía una risa que era la alegría de vivir».

«Lo que no se puede decir es que no ha pasado nada. El terrorismo ha sido tan tremendo que aún me sigue impresionando la crueldad químicamente pura de lo que se hizo con Ortega Lara», subraya Guerra Garrido, que en «los tiempos más duros» imaginaba que, si le secuestraban, conseguiría huir o matarse antes de que le metieran «en un agujero», añade.

La memoria real de Guerra Garrido
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