martes. 07.02.2023

¿Hay alguien ahí?

La Orquesta Sinfónica de Castilla y León, con los extraordinarios Zedda y Bacchetti, tocó en un Auditorio casi vacío
Imagen de archivo de la Sinfónica de Castilla y León en el Auditorio
De nuevo la respuesta del público hacia la orquesta comunitaria ha sido descorazonador ya que no llegó al centenar de personas las que se acercaron por el Auditorio a escuchar uno de los conciertos más atractivos de cuantos ha programado para este curso la citada formación. Las causas han sido ya analizadas en esta sección y volvemos a insistir que urge un drástico cambio en la política de precios o el descalabro se anuncia como de los más sonados, algo que la orquesta no se merece tanto por la calidad de sus interpretaciones como por los programas elegidos y lo solistas invitados, la mayoría  de primer nivel internacional. Aunque, según las noticias que nos llegan, exceptuando Valladolid, donde se llena los dos días de actuación, en el resto de ciudades de la comunidad los resultados son parecidos o peores a los de aquí, algo que debió haber sido ya un claro toque de atención para dar un giro de 180 grados a esta política económica de conciertos. Creemos que se está a tiempo de buscar otra fórmula más acorde con las necesidades musicales de esta comunidad, porque de otro modo mucho nos tememos que van a acabar tocando únicamente en Valladolid. El pasado sábado volvieron al Auditorio Ciudad de León con un programa monográfico dedicado a Mendelssohn, y con dos interpretes de excepción como fueron el director, invitado en este caso, Alberto Zedda y el pianista genovés Andrea Bacchetti, un tandem magnífico para hacer que el concierto resultara además de atractivo gratificante tanto para aficionados como para intérpretes. Pero cuando el maestro Zedda salió  al escenario y se encontró con 45 personas en el patio de butacas, algunas de ellas músicos que tocaban en la segunda parte, hizo un gesto de asombro como diciendo «para este viaje no hacía falta alforjas» y se subió al podio resignado para dar la entrada con energía a los violines en el Allegro saltarín de la Sinfonía Italiana, de Mendelssohn, para ver si le daba un subidón que le resarciera el ánimo. Similar asombro le produjo al nervioso, temperamental y delicado Baccheti, quien se acercó hasta casi el borde del proscenio para cerciorarse de que había alguien allí y no iba a tocar más que para las azafatas y el personal de cabina. Menos mal que todos los que esa noche estaban sobre el escenario del Auditorio leonés eran profesionales como la copa de un pino y permanecieron impertérritos ante panorama tan desolador. Los resultados, maravillosos, con una orquesta en estado de gracia, muy bien empastada y medida, que en manos de un director de la categoría de Alberto Zedda incrementó su nivel de calidad y sus ganas de tocar. Su lectura de la Sinfonía De la Reforma fue sencillamente electrizante con un Coral ahíto de un lirismo conmovedor. Bacchetti, brillante y nervioso, en consonancia con el tejido orquestal, inquieto y estruendoso, lució su tremendo virtuosismo, lleno de acrobacias y pletórico de sensibilidad expresiva. Como propina nos regaló algo que no iba muy a cuento con el programa como fue La Catedral sumergida, de Debussy, decadente, intimista y puntilloso. Un gran concierto que mereció más audiencia.

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