martes. 16.08.2022
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«He hecho este libro con el alma y las entrañas, como hay que escribir»

Manuel Cuenya convirtió en animado filandón la presentación de ‘La fragua de furil’.
Manuel Cuenya, Pablo R. Lago y Pedro Trapiello, durante la puesta de largo de ‘La fragua de Furil’ en el Club de Prensa.

Dice el refrán que ‘en días de agua, taberna o fragua’ y aunque ayer no llovía sobre la ciudad, hacía bien de frío y el respetable agradeció el cálido ambiente de camaradería, de cordial filandón, que se creó en el Club de Prensa del Diario de León, donde el escritor Manuel Cuenya presentó La fragua de Furil, recopilación de columnas publicadas en este periódico y que contó con la presencia del director del Diario, Pablo R. Lago, y del columnista Pedro Trapiello.

Ante una concurrencia en la que destacaba la acusada presencia de paisanos altobercianos —Cuenya hace gala de ser de Noceda en sus artículos y allá por donde va—, Pablo R. Lago presentó a Manuel Cuenya como colaborador «magnífico, tenaz y brillante», que ha tenido la «acertada idea» de recopilar algunos de sus mejores artículos «para que no se pierdan en el olvido de las hemerotecas». Unos textos de calidad que sirven también de necesaria contrapartida, reflexionó, ante el periodismo «veloz, fugaz y apresurado» que inunda hoy los medios. Lago ensalzó la condensación de las columnas de Cuenya y citó a Manuel Rivas cuando éste recordaba que un pie de foto de Álvaro Cunqueiro podía encerrar «todo un editorial».

Pero el director del periódico también encontró tiempo para dedicar un sentido recuerdo al fallecido y añorado Vicente Pueyo, jefe de Opinión que fue de Diario de León, y encargado de exigir a los columnistas que coordinaba las dosis de «perfección y de calidad» que, todo sea dicho, siempre ponía él en todo aquello que escribía.

En pro de la cultura popular. Por su parte, el escritor y colaborador del Diario Pedro Trapiello recalcó lo «buenísima gente» que es Manuel Cuenya, detalle que sí compete a su literatura, puesto que, a su juicio, «a la gente buena se le arriman las palabras buenas». Pero Trapiello habló también de la querencia de Cuenya por las cosas de su pueblo y su comarca, como editor de la revista cultural La Curuja, donde se preocupa por recuperar palabras, estampas, personajes... aquella cultura «que tan vergonzosa o vergonzantemente los leoneses estamos perdiendo», incidió Trapiello, subrayando que a Cuenya le preocupa sobremanera «aquello que se nos muere».

Y como todo leonés, aseguró el autor de Una ciudad de sotas, caballos y reyes, «prefiere hacer que mandar, y prefiere estarse días bruñendo un pedazo de hierro para hacer un cuchillo a tener que comprarlo», invitó en ese momento a los presentes a una «cata literaria», una lectura en directo, de artículos entresacados de las dos partes de La fragua de Furil (una, ‘la del lado de acá’, versa sobre temas bercianos en particular y leoneses en general; y la otra, ‘la del lado de allá’, sobre asuntos universales y viajes, que tan queridos son para Manuel Cuenya).

A continuación, el protagonista del acto recordó cómo aquella vieja fragua de Noceda, de la saga de los Furiles, le sirvió para dar nombre a sus columnas a modo de lugar emocional «en el que se forjan sueños e ilusiones» por el «herrero-alquimista». Y así, esos textos han sido «horneados a fuego lento» para ser ofrecidos al lector «como si fuera un hojaldre», ejemplificó Cuenya, quien confesó haber escrito los artículos «con el alma y las entrañas, como hay que escribir», y «sin aspavientos ni artificios», amén de, siempre, con el «hilo conductor del viaje», que anuda el Bierzo con lugares tan alejados como Marrakech o La Habana. Y si todo escritor aspira a ver su libro en sociedad arropado por la gente que quiere, ayer, Cuenya, viajero en busca de emociones, encuentros, paisajes y paisanajes, era un hombre feliz al verse rodeado de amigos y de lectores.

«He hecho este libro con el alma y las entrañas, como hay que escribir»
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