sábado 8/8/20

«He podido abrir ataúdes de momias»

El egiptólogo leonés Nacho Ares publicará ‘Desenrrollando momias’ en otoño, donde desvela algunos de los descubrimientos más fascinantes de Egipto y Mesopotamia. El historiador, director de ‘Ser historia’ y habitual del programa televisivo ‘Cuarto Milenio’, participa en una misión en Luxor y defiende que sí hay cámaras secretas en la tumba de Tutankhamón. .
«He podido abrir ataúdes de momias»

verónica viñás | león

—¿Ha visto desenrollar alguna momia?

—Por mi trabajo he tenido la suerte de estar en lugares que los visitantes convencionales de museos no ven. Los almacenes y los laboratorios de restauración son espacios únicos en donde tienes acceso a las piezas de una forma especial. En los laboratorios del Museo de El Cairo he podido abrir ataúdes en cuyo interior había momias que nadie había visto desde que fueron descubiertas y desvendadas hace casi 150 años. Realmente no es desvendar en el sentido literal, pero la emoción es la misma, porque sabes que vas a ver un cuerpo que no ha sido observado desde hace más de un siglo, cuando un arqueólogo lo encontró, estudió (a veces ni eso) y lo volvió a dejar en el interior del ataúd. En la actualidad los métodos de trabajo que usa la medicina forense para estudiar las momias han dejado de lado el desenrollado que todos tenemos en mente. Hoy se coloca el ataúd con la momia en su interior en un escáner y no es necesario intervenir más. El ordenador te proporciona toda la información de los restos humanos y del ajuar que lleva.

—El libro va de grandes descubrimientos arqueológicos en Egipto y Mesopotamia, ¿no?

—Desenrollando momias es la historia de la arqueología en Egipto, Oriente Próximo y el Mediterráneo oriental relatada por los propios exploradores y protoarqueólogos que protagonizaron esos momentos. Hay egiptólogos, sumeriólogos, asiriólogos o estudiosos de las culturas griegas preclásicas. Son quince biografías con las que vamos a ver la pasión que sintió Occidente por este lugar del Planeta en el que surge la civilización hace casi 5.000 años. Yo me inicié en la egiptología de la mano de muchos de ellos y han convivido conmigo durante décadas. Desde que leí con 13 años el libro de C.W. Ceram, Dioses, tumbas y sabios, una historia de la arqueología extraordinaria, siempre había tenido ganas de escribir un libro como el que se publica a mediados de octubre.

—Aparte del conocidísimo hallazgo de la tumba de Tutankhamón, ¿qué otros grandes descubrimientos ha habido en los últimos años?

—Siempre pensamos en los grandes hallazgos en Egipto, pero en Mesopotamia, lo que hoy es Irán e Irak y parte de Siria, fue en el siglo XIX el foco de grandes hallazgos. Muchos de ellos venían de la mano del deseo de algunos arqueólogos de buscar la confirmación de que lo que se contaba en la Biblia, en el Antiguo Testamento, era cierto. Así se buscaron las ruinas de Babilonia, la ciudad de Nínive, la Ur de los caldeos y tantas otras que hoy han legado un patrimonio material espectacular. Y es una búsqueda que aún continúa en la actualidad. Muchas instituciones así lo avalan como el Instituto Bíblico y Oriental de León.

—¿Cabe esperar alguna sorpresa de la talla de la tumba de Tutankamón?

—Desde luego que sí. La investigación no tiene por qué ponerse metas menores. Es cierto que los métodos de trabajo han cambiado mucho. Para estudiar una momia ya no es necesario desenrollarla. Lo mismo sucede con el trabajo de campo. Los métodos que ofrecen las técnicas de teledetección nos permiten saber qué hay a varios metros bajo el suelo sin necesidad de meter el pico y la pala. La búsqueda es lenta y meticulosa, pero esa búsqueda para saber nuestro pasado no cesa.

—¿Por qué es tan importante localizar la tumba de Cleopatra?

—Cleopatra fue la última gran reina de Egipto. Realmente ella era griega y su vínculo con el mundo de los faraones que todos tenemos en mente, es realmente escaso. Sin embargo, se ha convertido, como sucede con la hermosa Nefertiti, en un icono del mundo antiguo. Especialmente por la fuerza que tiene el personaje, una mujer en un mundo de hombres donde era muy difícil hacerse respetar. Y ella lo consiguió con valores que nada tienen que ver con la belleza que nos ha legado el cine americano. Cleopatra fue una mujer inteligente y con unas dotes extraordinarias para la diplomacia y las relaciones internacionales, algo que muy pocos hombres tenían en aquel momento. Hablaba varios idiomas y supo amoldarse a los gustos y deseos de su pueblo.

—¿Cuántos objetos egipcios calcula que hay en colecciones privadas?

—Nadie lo sabe, pero no se conoce no porque sea un secreto, sino porque nadie se ha puesto a contarlas. Hay colecciones privadas impresionantes donadas a museos públicos o privados. En España no tenemos cultura del coleccionismo, al contrario de lo que sucede en otros países, en donde no solamente se fomenta sino que es una tendencia que acaba ampliando el propio patrimonio de un país. La gente relaciona colecciones privadas con ilegal, y no tiene nada que ver. La idea de los coleccionistas celosos de que nadie más pueda observar una pieza es un verdadero mito de las películas de Indiana Jones. Todos los coleccionistas privados abren sus puertas al estudio de las piezas. Es la mejor manera de ponerlas en valor y conocer su historia.

—Nefertiti no estaba en una cámara secreta de la tumba de Tuntankhamón... ¿alguna vez saldrán a la luz todos los faraones?

—¿Quién dijo que no? Nadie ha dicho la última palabra. A la semana siguiente de que apareciera en los medios internacionales la nota de prensa de los egipcios diciendo que allí no estaba la tumba de Nefertiti, los italianos que habían hecho el escaneado de la tumba contradijeron esta afirmación tan rotunda. Señalaron que hay cámaras en las paredes que se habían señalado de la cámara funeraria de Tutankhamón pero que no se puede conocer al día de hoy lo que hay detrás. Esta historia es prácticamente idéntica a lo que pasó en 1993, cuando los alemanes descubrieron un canal con una puerta en la Gran Pirámide. Los egipcios negaron que aquello fuera una puerta y, literalmente, echaron al equipo alemán aludiendo formas poco éticas en la difusión de la noticia. Tenían razón en que los alemanes no actuaron bien, pero todos sabían que aquello sí era una puerta. Prueba de ello es que los mismos egipcios que negaron en enormes titulares el hallazgo en 1993, una década después lo retomaron y lo presentaron como propio. De pronto la piedra pasó a ser una puerta. Con las cámaras de la tumba de Tutankhamón, acordaos de lo que os digo, pasará lo mismo.

—¿Por qué son tan poco conocidos los faraones nubios?

—En la historia de Egipto hay varios momentos de invasiones. Además de los griegos, después de Alejandro Magno, tuvieron invasiones hicsas, libias, persas y también nubios, los habitantes de lo que hoy es Sudán del Norte. En Madrid, el templo de Debod, un regalo del Estado egipcio a España en los 70 por la ayuda en el salvamento de los templos del lago Nasser, es de origen meroítico, una de las culturas nubias más importantes. Quizá al no contar con el boato de los grandes soberanos como los Tutmosis, Amenofis, Ramsés… se les ha dejado en un segundo plano. Parecido a lo que pasa con los ptolomeos, los sucesores de Alejandro Magno, cuya última reina fue Cleopatra. Al no contar con una raíz propiamente autóctona parece que pierden parte de su brillo.

—¿Cree en la maldición de los faraones y en la superstición que rodea algunos objetos del Egipto faraónico?

—Toda maldición, como sucede con la fe en las religiones, nace del interior del ser humano. Si realmente uno cree en ello, el fenómeno es real y para muchos incluso tangible y demostrable. Yo no creo en ello, pero sí entiendo que el miedo que rodea a algo desconocido puede generar supersticiones. A lo largo de mis años de trabajo con piezas egipcias o viajando hasta este país me he encontrado con absolutamente todo. En algunas aldeas aún existe el miedo a los afrit, los espíritus que cuidan los antiguos templos y tumbas y que atacan a todo aquel que se acerque a robar. Hablas con los propios cuidadores de las tumbas y es un miedo real. Esos espíritus son mencionados en el Corán, lo que parece respaldar la creencia.

—El escritor Terenci Moix, gran amante de la egiptología, decía que el único misterio que le gustaría descifrar era saber quién era el faraón Smenjkare. ¿Es cierto que podría tratarse de Nefertiti?

—Muchos egiptólogos así lo creen. Tanto Smenjkare como Nefertiti tenían el mismo nombre. Esa teoría es la que yo expongo en mi última novela, La Hija del Sol. La época de Amarna, el período de la historia de Egipto en el que vivió Nefertiti con su esposo Akhenatón está repleto de lagunas y misterios. Desconocemos incluso quién era la propia Nefertiti, una mujer que aparece como surgida de la nada en medio de la corte del faraón y que desapareció de la misma forma. Quizá su desaparición se debiera a que cambió de nombre y de papel. Si aceptamos que se cambió el nombre por el de Smenjkare pasando a ser un rey, podríamos cubrir algunos vacíos de este misterioso puzle, entre ellos el misterioso origen de este faraón del que no sabemos absolutamente nada.

—¿Hubo embalsamamientos de personas vivas o es una leyenda?

—No conservamos ninguna evidencia al respecto. En mi novela El sueño de los faraones, contando la historia del descubrimiento del escondite de momias reales de Deir El-Bahari, planteo una posibilidad que se ha barajado desde que se descubrió en este escondite en 1881 una momia anónima que fue llamada El Hombre que Grita. Se trata, en efecto, de la momia de un hombre, seguramente de la familia real, de lo contrario no podría estar en esa tumba-escondite, que apareció con un gesto desencajado, la boca abierta y una posición que denotaba que no había pasado por un proceso de embalsamamiento. No significa que fuera momificado en vida o enterrado vivo, sino que se le castigó apartándolo de la tradición convencional de la momificación, lo que implicaba la segunda muerte del cuerpo y su destrucción total en el Más Allá.

—Se cuenta que Keops prostituyó a su hija para pagar la gran pirámide....

—Esa leyenda nace del relato de Heródoto, quien en su libro de la Historia dedicado a Egipto. Pero no tiene ni fundamento ni cuenta con ningún paralelo en la historiografía.

—¿Por qué tantos faraones se casaban con sus hermanas, sobrinas...?

—La idea que prevalecía en las dinastías (o familias) que gobernaban era la continuidad de la descendencia conservando la pureza de sangre. Es algo muy parecido a lo que hicieron las casas reales europeas hasta prácticamente el siglo XX. Enfermedades como la hemofilia que padecían algunos miembros de los Romanov se deben precisamente a eso. El final de la dinastía de los Austrias en España con Carlos II que obligó a la entrada de los Borbones a principios del XVIII es otro ejemplo. No conservamos muchos datos sobre la salud de los miembros de las familias reales en época faraónica, pero los datos históricos que hay en este sentido nos llevan a pensar que el final de las dinastías era debido a problemas más políticos que de herencia genética. En cualquier caso, es algo que llamó la atención incluso ya en la Antigüedad. Los griegos, aludiendo a esta costumbre entre los Ptolomeos, hacían comentarios críticos contra el faraón de turno echándole en cara que hundía el aguijón en agujero impuro…

—¿Cuántas veces ha visitado Egipto?

—Muchas, pero el número es lo de menos. Lo importante es ser consciente de lo que te queda por aprender. Un profesor me decía que hay gente que se puede hartar de ver las pirámides y no aprender nada. A mí me gusta leer, escuchar y observar. En Egipto hay mil y un lugares por descubrir, todos ellos maravillosos.

—¿Dónde le gustaría excavar?

—Realmente soy miembro de una misión arqueológica. Colaboro con José Ramón Pérez Accino, director del Proyecto C2 en Luxor, Es un proyecto de la Universidad Complutense de Madrid. Hace unos años, documentándome para la novela El sueño de los faraones, acompañado de mi novia, la fotógrafa María Belchi, ella se percató de algo… Se lo comenté a José Ramón y así empezó el trabajo cuya primera campaña se desarrolló en octubre del año pasado. Después del verano se llevará a cabo la segunda.

«He podido abrir ataúdes de momias»