miércoles 21/10/20
ÁNGELICA LIDDELL dramaturga, actriz y poeta

«Hoy lo normal es la ausencia de inteligencia»

La dramaturga, directora, actriz, poeta e investigadora recibe hoy en León el Premio Leteo.

e. gancedo | león

Cierto día, Catalina Ángelica González dio un salto y pasó al otro lado del espejo. Desde allí se dio cuenta de que esta sociedad tenebrosa e imperfecta, esta caducidad imparable, merecía al menos ser contada y enfrentada. De que a lo incognoscible e insondable del mundo había que oponer algo igual de monstruoso, o de grandioso, o de espectacular. Que precisaba, en fin, de una epifanía. Y a ese concepto entre religioso, profético y ritual se acercan más bien los montajes teatrales de esta multidisciplinar, inconformista e implacable creadora nacida en Figueras en 1966 y que hoy en la capital leonesa (en el Musac, a las 20.30 horas) recibe el Premio Leteo en su edición número 16. Fue entonces, al otro lado, cuando se convirtió en Angélica Liddell.

La nueva galardonada con esta distinción que en su día recibieron personalidades de la talla internacional de Paul Auster, Martin Amis, John Banville o Michel Houellebecq suele ser más bien alérgica a premios y homenajes. En León y para el Club Leteo ha hecho una excepción. Y en esta entrevista se muestra tal y como es: tan libérrima e inflexible como exenta de prejuicios.

—Hubo una vez una Angélica Liddell (o González) que pasaba completamente desapercibida, y hay ahora otra a la que llueven los premios y peticiones de entrevista. ¿Ha cambiado algo en su interior a causa de este hecho? ¿Se siente más o menos feliz que cuando comenzó su carrera?

—Bueno, la felicidad no existe, de manera que por eso no hay que preocuparse. Lo único que me preocupa es encerrarme en una sala de ensayos a trabajar. Pero eso cada vez me angustia más, porque a medida que uno envejece tiene más dudas y menos certezas. Ni los premios ni las entrevistas influyen en el trabajo ni en el espíritu... Influyen cosas más profundas.

—Todos, de algún modo, interpretamos un papel en esta sociedad. Así pues, subirse a un escenario, ¿es la única forma de mostrarse tal cuál uno es?

—El famoso tema de la máscara, dónde se lleva la máscara, si fuera o dentro, ser uno mismo o no serlo, en fin, ese dilema no me interesa en absoluto. Somos seres complejos, tenebrosos, y es esa complejidad la que se muestra en un escenario, algo que, por supuesto, implica la ruptura del pacto social.

—Sostiene que la literatura es «una venganza contra la vida». En concreto, ¿de quién se ha vengado usted?

—Del hecho del nacimiento.

—¿Qué es para usted la normalidad?

—La ausencia total de inteligencia y del pensamiento, la masacre de la belleza, eso es lo normal. El resto es excepción.

—¿Se considera, de algún modo, la versión contemporánea de El Bosco?

—No, en absoluto. El Bosco es puro entretenimiento. Me siento más cerca del realismo místico español, más cerca de Ribera. Sin duda, de la misma tierra que Goya. Ah, y por supuesto amante de Caravaggio.

—¿Cómo se vive con la certeza de que hay alguien que piensa, siente y crea como usted? Lo digo por el artista Enrique Marty. ¿Se reconoce en su recreación del mundo?

—Admiro a Enrique desde hace muchísimos años. Cuando eres capaz de ver tus monstruos, tus pesadillas, tu inconsciente, en la obra de otro artista, esa epifanía es... indescriptible. Enrique es inagotable, su obra abrumadora, inquietante. Adoro su trabajo.

—¿Están de moda las dramaturgas? Esta misma semana le han dado el Nacional de Literatura a Lola Blasco...

—Donald Trump está de moda.

—Usted, que se ha hecho apellidar Liddell, ¿de qué lado del espejo se siente?

—De ambos lados. El doble mundo de la poesía te vuelve loco.

—¿Cuándo fue la ultima vez que aplaudió ante un espectáculo (sea del tipo que sea)?

—Mmmm... Me acuerdo de que me rompí las manos con Tadeus Kantor. Fue hace muchos años.

—¿De qué se ríe una dramaturga?

—Bueno, lo cierto es que nunca me he reído como dramaturga... Arsénico por compasión, de Frank Capra, me hace reír, desde luego. Y Con Los Belgas, de Charles Baudelaire, también me he reído mucho.

—En las películas, ¿se suele poner usted del lado del malo? ¿Por qué?

—Nos ponemos de parte del malo porque el Mal es fascinante. Bataille ha escrito un ensayo magnífico sobre la literatura y el mal. El Mal es lo que nos pone en contacto con nuestro ser antropológico, con nuestras verdaderas emociones.

—¿Cómo sería un gobierno de España presidido por Angélica Liddell?

—Permítame que no responda a esa pregunta.

—¿Cómo afronta usted un nuevo reto, cómo funciona su proceso creativo? ¿Es exhaustiva y disciplinada, o más bien sumamente caótica?

—Cuando un proyecto se está gestando se desarrolla en el caos. Yo le otorgo una gran importancia al azar, y cualquier cosa es susceptible de ir conformado una especie, diríamos, de sistema sanguíneo. Cuando finalmente me meto en la sala de ensayos debo ordenar todo ese caos y para eso necesito muchísima disciplina.

—Por cierto, ¿en qué nuevas exploraciones anda ahora embarcada?

—Ahora mismo estoy trabajando en dos proyectos: la tercera parte de La trilogía del infinito (un Génesis), y también he empezado un Decamerón.

—Hemos encontrado una página de Diario de León del año 1991 donde Catalina Angélica González recibe el premio ‘Imágenes de mujer’ que convocaba el Ayuntamiento de León. ¿Lo recuerda? Estaba dotado con 200.000 pesetas...

—Sí, lo recuerdo, y lo único que puedo decir es que gracias a premios como ese podía pagar el alquiler.

—¿Tenemos los españoles una especie de defecto congénito a la hora de reconocer el talento? Usted, como otros muchos, ha sido aplaudida fuera de nuestras fronteras (muy frecuentemente sucede con Francia). ¿Siente que ahora España está ‘tirando’ de usted, como diciendo «es mía, es mía»?

—Somos un país de enemigos, un país de garrotazos, a veces ganarse el respeto cuesta mucho, a veces lo único que mejora la situación es cambiar a los gestores, desestabilizar a las familias. Supongo que los que me detestaban me siguen detestando, y los que respetan mi trabajo no necesitan poner el extranjero como referencia.

—¿Cómo contempla la evolución del mundo de la literatura? ¿No parecen los escritores actuales, muchas veces, caballos de carreras intentando alcanzar éste o aquel premio?

—Por muy cuestionables que sean los premios, es peor la celebración de la ignorancia. Pero sí tengo la impresión de que hay una ausencia de aspiraciones estéticas, una derrota de esa supremacía estetica de la que habla Harold Bloom. Todo está sumamente politizado, pero las buenas intenciones nada tienen que ver con la poesía.

—¿No deja de parecerle raro causar curiosidad o interés en el público? ¿No es de algún modo milagroso que haya gente que se levante del sofá y vaya a ver un espectáculo suyo?

—Bien, cuando uno va a Atenas y se sienta en las ruinas del teatro de Dionisos es capaz de entender la grandeza del sacrificio, de lo sagrado... de aquello que nos lleva a ponernos frente a un inmolación.

—¿Cuándo considera que ha hecho bien su trabajo?

—Jamás estás seguro de haber hecho bien el trabajo.

«Hoy lo normal es la ausencia de inteligencia»
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