jueves 24/6/21
Julio Llamazares. escritor

«La primera visión que tuve de mi pueblo fue el cadáver de mi pueblo»

El leonés Julio Llamazares presentó ayer en la madrileña librería Méndez su esperada novela sobre Vegamián, ‘Distintas formas de mirar el agua’, un relato sobre el desarraigo y la relatividad de la mirada. Un libro coral en el que el autor conduce al cortejo fúnebre que se dirige al pantano del Porma a tirar las cenizas del patriarca.
El escritor leonés Julio Llamazares presentó ayer su esperada novela ‘Distintas formas de mirar el agua’ en la librería madrileña Méndez, que se llenó de público.

No hay una palabra para definir al que perdió su pueblo sepultado por un pantano. Desterrado, expulsado, expatriado... ¿cuál prefiere?

—Apurando el lenguaje podría ser desaguados. En realidad son desterrados, porque lo que sufren estas personas es un arrancamiento de la tierra, como los árboles. Y si los árboles cuando los desarraigamos y los cambiamos de lugar sufren y algunos mueren, imagina las personas.

—¿Sólo se puede regresar a un lugar que no existe en una urna de cenizas?

—No se puede regresar a ningún lugar. Conozco gente que se ha pasado la vida soñando con la jubilación para volver a su lugar de origen y cuando vuelven sienten que ya no son de allí, porque ellos han cambiado y porque el paisaje y a los que dejaron atrás ya no son los mismas. También les ocurrió a muchos exiliados políticos, como Max Aub, que regresaron tras la dictadura y se encontraron un país que ya no era el suyo. Nunca se puede regresar al lugar del que uno se fue. A Ítaca no se puede volver. Y los personajes de mi novela sólo pueden regresar después de muertos, porque el lugar del que se fueron fue anegado por un pantano.

—¿Su venganza es que Juan Benet vuelve al lugar que él sepultó?

—No me quiero vengar de nadie. La última cita del libro es casi un homenaje literario a Benet. Tuve una relación extraña con él, por las circunstancias y la diferencia de edad. Las pocas veces que lo vi a solas fue bastante cariñoso. Iba con un gran séquito y adoptaba una actitud un poco provocadora y perdonavidas, que yo creo que era una defensa ante el mundo como la de muchos de los grandes tímidos. La novela la integran dieciséis voces, las de los familiares que acompañan las cenizas del muerto hasta el pantano, una voz de un automovilista que pasa por la carretera y aporta la mirada insensible de la soledad, porque su mirada se queda en la superficie del agua, y hay una voz en off que cierra el libro, que sería la voz literaria del Benet, autor de la presa del Porma que sepultó mi pueblo y otros muchos, pero que a la vez construyó un mundo de ficción que es el mismo que yo relato en esta novela, que él llamó Región, y que es el desaparecido valle de Vegamián.

—¿El libro es su forma de salvar Vegamián del olvido?

—Seguramente. Los libros sirven para rescatar algunas cosas de la erosión del tiempo. Las cosas y las personas llega un momento en que dejan de vivir en la realidad y acaban viviendo en la literatura, en el cine o en el arte. Al final, lo que queda del paso del tiempo es lo que los hombres hemos conseguido convertir en ficción. La realidad se evapora y sólo quedan los sueños. Las novelas son sueños que leemos despiertos.

—La novela se ha tomado su tiempo para aflorar. ¿No estaba preparado hasta ahora para ella?

—No lo sé. Seguramente hay una lectura psicológica y psicoanalítica de todo lo que hacemos y de por qué la escribí ahora y no antes. Nunca lo sabré. Tampoco sé por qué el volcán que arrojó toda la lava que llevaba dentro respecto a esta historia del destierro y del desarraigo afloró ahora, cuando no lo esperaba. Lo cierto es que no tenía previsto escribir la novela. Sé muy poco de lo que escribo y de por qué lo escribo.

—En 1983, cuando se vació la presa, estuvo allí. ¿Cuál fue su sensación?

—Una gran sorpresa, porque no sabía que estaba vacío el pantano. Tomé conciencia ya de mayor de lo que significaba pertenecer a un lugar que no existe. Nací en Vegamián por casualidad, porque mi padre estaba destinado allí como maestro de escuela, es decir no tenía esa vinculación al valle como la gente que llevaba toda la vida durante generaciones. Mi arraigo es casi anecdótico. Además, me fui con 2 años. Cuando comenzaron las obras del pantano mi padre pidió otro destino y nos fuimos no muy lejos, a Olleros de Sabero. Hasta que cumplí 13 años, cuando cerraron la presa, tengo recuerdos vagos de volver a Vegamián a visitar a los vecinos. Durante años escuchaba historias de Vegamián a los amigos de mis padres. Iba con Chema Sarmiento para ver los escenarios del rodaje de la película El filandón y, cuando doblamos la curva de la presa, apareció ante nosotros la fantasmagoría del valle de Vegamián. Era el paisaje del fin del mundo, no había sonidos ni colores ni pájaros. Todo era ocre. La primera visión que tuve de mi pueblo fue el cadáver de mi pueblo y eso te marca para siempre. Es como si la primera vez que ves a tu padre lo que ves son los restos mortuorios que van a enterrar.

—¿Por qué una novela coral?

—Si hay algún acierto en esta novela, es ése. Una novela se puede escribir de muchísimas formas, en pasado, en futuro, desde la perspectiva de un personaje... La clave para mí, que doy mucha importancia a la arquitectura de la novela, es dar con la estructura que mejor te permita contar lo que quieres contar. Además del desarraigo, otro tema esencial es la relatividad de la mirada humana. Quise que la misma historia la contaran distintos personajes. Todos nos proyectamos en lo que contamos. Es como en las tragedias griegas, con los personajes con máscaras —que en griego significa, precisamente, personas—; y al final, la suma de todas esas máscaras, de todos esos flujos de conciencia, seguramente sería mi propia voz, aunque esto tampoco lo tengo muy claro.

—¿La novela está inspirada en personajes reales que vivían en Vegamián?

—Siempre hay rasgos de la personalidad de gente que he conocido. Es como los pintores que cuando pintaban escenas de la Biblia a San Pedro le ponen la cara de su cuñado y a la virgen la de la vecina de la que están enamorados. En la novela ningún personaje responde a una persona real.

—Puede que el Vegamián de sus recuerdas no haya existido nunca. ¿No es más idílico pertenecer a un lugar que puede ser como uno quiere?

—El Vegamián de mis recuerdos claro que no ha existido nunca, porque tengo recuerdos vaporosos. Los recuerdos pertenecen al otoño del 83, cuando fue vaciado el pantano. No son idílicos, sino siniestros. Y en ese juego de lo bello y lo siniestro está también la esencia de la novela. Hay un personaje fundamental, que es el último, que pasa en un coche y no tiene nada que ver con la familia, y que dice algo que he escuchado muchas veces en la presa: «¡Qué bonito!». Y es que su mirada se detiene en el espejo del agua, no va más abajo. La vida y esta novela resume lo que desarrollaba en un libro muy impactante Eugenio Trías, que arrancaba con dos frases de Rilke —«lo bello es el comienzo de lo terrible, de lo siniestro que todavía podemos soportar»— y de Schelling —«lo siniestro es aquello que, debiendo permanecer oculto, se nos revela»—.

—’Distintas formas de mirar el agua’ es, además, un libro de viajes, el género de géneros...

—Es el eterno viaje de la vida y de la muerte. Es una pequeña Odisea, que es la gran novela para mí en la historia de la literatura universal. El argumento en la vida de todos los hombres es el mismo: partimos del lugar en el que venimos al mundo y luego intentamos volver a esa Ítaca, al sueño de la patria perdida, de la patria feliz que seguramente nunca existió. En el caso del protagonista de mi novela, que es el único que no habla porque esta muerto, el retorno es imposible. Y como dice la publicidad de la novela, con la que estoy de acuerdo: «Es imposible volver a un lugar del que nunca te fuiste». Hay mucha gente que nunca se fue mentalmente del lugar del que les desterraron. El mejor resumen de la novela, por eso la encabeza, es una cita del poeta leonés Ángel Fierro: «Gasté mi vida en el trabajo de volver».

—Dice Juan Carlos Mestre que ante el desmantelamiento de la cultura lo único que no cabe es la indiferencia.

—Estoy completamente de acuerdo. Hay un desmantelamiento más o menos encubierto del Estado del Bienestar, es decir, de la educación, la sanidad y la cultura. El acceso al conocimiento y a la información se reivindica menos socialmente porque la gente tiene esa falsa idea de que la cultura es un artículo de lujo, cuando es un artículo de primera necesidad, como el pan.

—¿Cuál es su causa?

—No me hago grandes preguntas. Mi causa es la de una persona que nació en un lugar perdido de la montaña de León, un día se fue y se ha pasado la vida tratando de explicar el absurdo del mundo. Mi respuesta a ese desacuerdo con el mundo ha sido siempre a través de la literatura, del pensamiento y de la imaginación. Mi causa es encontrar una explicación a este absurdo que llamamos vida.

—En Vegamián y en Riaño hubo gente que no soportó la idea de irse y se suicidó...

—La página de la historia de los pantanos es una de las más desconocidas del siglo XX. Se ha escrito mucho de la Guerra Civil, la dictadura y la Transición, pero sobre los pantanos, diseñados a finales del XIX y principios del XX, y que eran una idea de progreso, se ha escrito poco. No hay que olvidar que España es un país semidesértico y los pantanos eran una forma de redimir el retraso secular. Los promotores de la política hidráulica en la época de los regeneracionistas, como Joaquín Costa, no eran franquistas, aunque los pantanos se ejecutaran en la época del régimen, sin piedad y sin importar el daño. No estoy en contra del progreso, todo lo contrario, pero sí de que se trate a la gente como piezas de ajedrez, a las que se mueve como a los rebaños trashumantes. La gente se queda en la imagen grotesca de Franco inaugurando pantanos, aunque también los inauguraron luego los que se oponían a él y ridiculizaban las obras faraónicas. La gente que padeció aquello sabe lo que cuesta el agua en términos de sufrimiento. No sólo se suicidaron dos en Riaño, sino que al único que no aceptó la expropiación en Villameca le requisaron sus bienes y estuvo preso en Astorga; luego anduvo mendigando hasta que un día se suicidó en las aguas que habían sepultado Oliegos. Bajo las aguas de los pantanos de España hay mucha tragedia.

—¿La novela es un ajuste de cuentas con la Historia?

—No escribo para ajustar cuentas con nadie, si ni siquiera en Luna de lobos, que era la peripecia de los vencidos que se escondieron en las montañas. La literatura no la concibo para cambiar el mundo, sino en todo caso para dar voz a los que nadie ha escuchado ni escucha; en ese sentido, sí hay un compromiso moral y ético por mi parte. Escribo para sentir y para que los lectores sientan acompañándome mientras me leen.

—La gente de Vegamián también perdió a sus muertos, cuando el cementerio fue tapado con hormigón...

—Me han hablado del ingeniero que se encargó de sacar los restos, que se llama Alfio y tiene noventa años, y al que espero conocer. Se hizo un cementerio nuevo y algunos trasladaron los restos; otros quedaron bajo el agua sepultados para siempre.

—Muchos vecinos cerraron la puerta de su casa y se llevaron la llave.

—Hay bastantes paralelismos con la historia de los judíos. Cuando expulsaron a los sefardíes muchos se llevaron la llave pensando que volverían. Instintivamente, en Vegamián la gente cerró la puerta y se llevó la llave sabiendo que no volvería nunca más. Es un símbolo, porque lo que conservan es la llave de su memoria. Un lector me contó que su madre era de Riaño y que cuando murió un hermano tiraron las cenizas y la llave de la casa al pantano.

«La primera visión que tuve de mi pueblo fue el cadáver de mi pueblo»
Comentarios