martes 27/10/20
Vicente Muñoz. poeta

«Mi poesía va contra la Babilonia del control y la manipulación»

‘De la penumbra a la luz’, titula José Ángel Barrueco el prólogo del nuevo libro de Vicente Muñoz para relatar el paso del círculo del infierno al celestial. Y aunque el poeta acuda al consul de ‘Bajo el volcán’ y prometa que su tabla de salvación es el amor, sabe que la única manera de salir de la tiniebla es escribir sobre ella.
Vicente Muñoz, con su perra Wendy.
Vicente Muñoz, con su perra Wendy.

No para, no descansa. Utilizando a uno de los dioses de su trinidad literaria, podríamos decir que Vicente Muñoz nunca abandona la carretera, su particular camino literario. Apenas dos meses después de presentar Canciones de la gran deriva, lanza el poemario Animales perdidos, una particular revisión posmoderna de La Divina Comedia en la que, confiesa, fue el amor el que le liberó del infierno.

—¿Ha tenido algún Virgilio en esta particular ‘Divina Comedia’?

—Supongo que, más que nunca, mis escritores de cabecera: Thomas Bernhard, Céline, Jack Kerouac, Raymond Carver, William Burroughs, Malcolm Lowry, etc, que me han acompañado todo el viaje. Y también otros más cercanos: David González, José Ángel Barrueco, Xen Rabanal, Gsús Bonilla, Patxi Irurzun y muchos otros colegas del gremio que siempre han estado ahí, apoyándome y recorriendo a mi lado el camino. Animales perdidos arranca, como bien dice Barrueco en el prólogo, en un pozo: una ruptura sentimental dolorosa y una larga etapa de soledad y concienciación, en la que la lectura y la escritura, además de mi familia y amigos, fueron el mejor consuelo. Unos y otros, efectivamente, fueron mis guías en este período y a ellos está dedicado el poemario.

—¿Quién es su Beatriz?

—Mi actual pareja, sin duda, que me acompaña desde hace ya tiempo. Ella me ayudó a recuperar la fe en muchas cosas y a ella está dedicada al completo la tercera parte del libro, Cielo, que sirve de desenlace y epílogo al viaje que describe el poemario.

—¿Cuándo vislumbró el cartel de ‘Abandonad toda esperanza’?

—Al comenzar, con cuarenta años, una nueva vida. Me costó mucho adaptarme, tuve que cambiar de vivienda y de hábitos y enfrentarme solo a la vida y al mundo, y eso llevó su esfuerzo y su tiempo y me hizo ver las cosas con otro prisma distinto, comprender el verdadero significado de la soledad y readaptarme a las nuevas circunstancias con lo que entonces tenía a mano: mi familia, mis amigos y, muy en especial, la escritura, que para mí es una manera de exorcizar mis fantasmas y miedos.

—¿Cómo fue su descubrimiento de la trinidad ‘beat’? ¿Cómo te influyó y qué queda de ellos en tu poesía?

—A través de On the road, de Jack Kerouac, aproximadamente a los veinte años. Luego vinieron Aullido, de Ginsberg, El almuerzo desnudo, de Burroughs, Gasolina, de Corso, etc, etc. Desde entonces no he dejado de hacerme con todo lo que ha caído en mis manos suyo, en especial de Kerouac, que es con el que más me identifico, hasta el punto de rendirles recientemente un homenaje en una antología titulada Beatitud: Visiones de la Beat Generation (Ediciones Baladí, 2011), que coordiné con el poeta Ignacio Escuín. Creo que mi escritura, y más en concreto mi poesía, les debe mucho: la metáfora del camino y del movimiento como liberación, la rebeldía contra lo establecido, el lenguaje como virus (a ello dedico un poema), los ambientes marginales, la emotividad, el sentido crítico y la fe en la iluminación del hombre, todo ello presente siempre de un modo u otro en mi escritura.

—¿Sólo el amor redime de la vida?

—Supongo que cada persona opinará de una manera distinta, pero yo creo sinceramente que sí, que el amor redime, que sana y que cura, y que sin él, como afirmaba una y otra vez Malcolm Lowry en Bajo el volcán, no se puede vivir.

—¿Cuál es su Babilonia?

—La sociedad capitalista en la que estamos viviendo, hipócrita, decadente y podrida, que ha condenado a la soledad y al extrañamiento a sus individuos, a fuerza de hacerles mirarse únicamente a su ombligo sin darse cuenta de las ataduras y servidumbres que les impone el poder. Contra esa Babilonia, contra el control y la manipulación, va mi poesía.

—¿Por qué dedicar un poema a Celine?

—Simplemente porque le considero uno de los mejores escritores del pasado siglo y admiro profundamente su obra. Por eso, y por ser la oveja más negra del redil, de cualquier redil, eterno nihilista insumiso.

—¿Cómo fue su particular viaje al final de la noche?

—Una época solitaria y oscura, de examen de conciencia e introversión, que me sirvió, pese a todo, para conocerme un poco más y aprender de mis debilidades y errores.

—¿Cree, como decía Foucalt, que no somos reales?

—Foucalt habla del hombre como sujeto de experimentación, sometido a diversas relaciones y estructuras de poder. En tal sentido, obviamente, no somos reales, sino partes un todo teledirigido y controlado por una sociedad disciplinaria, de la cual somos un simple engranaje. En términos filosóficos su teoría, desde mi punto de vista, es acertada. En términos poéticos, sin embargo, es más bien una metáfora, como metáfora es también este poemario, Animales perdidos, que demuestra que pese a ser microestructuras, también podemos ser, si nos concienciamos, señores y dueños de nuestro destino.

—¿Cuándo llegó a puerto?

—A este puerto, en el que ahora me encuentro, llegué al aceptarme a mí mismo como tal, con mis defectos y virtudes, con mis fracasos y errores, pero consciente de mí mismo y de mis limitaciones. A partir de entonces, de esa aceptación personal, pudieron aceptarme también los demás. Una cuestión simple de fe.

«Mi poesía va contra la Babilonia del control y la manipulación»
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