jueves 22.08.2019
CINCO SIGLOS DE VIDA EN LOS ORFANATOS LEONESES

Los niños perdidos; una historia incómoda

Miles de niños huérfanos y abandonados vivieron y murieron en los orfanatos de León. Casimiro Bodelón ha buceado en los archivos y el resultado es una investigación que revela datos inéditos de las condiciones de vida de los expósitos en la provincia durante casi 500 años.
Los niños perdidos; una historia incómoda

«De siete a siete y media en invierno, y de seis y media a siete en verano han de hacer las camas todos, niños y niñas, limpiar los vasos inmundos —cada niño tenía debajo de su cama un bacín para sus respectivas necesidades— y barrer sus respectivos dormitorios, los niños el suyo y las niñas el suyo y esto todos los días sin intermisión».

Este texto, perteneciente a la llamada Constitución para la dirección, régimen y gobierno del Arca de la Misericordia en 1782, forma parte de la documentación reunida por Casimiro Bodelón en la obra El arca de la Misericordia y el Hospicio de León. Retazos de historia y vida, que ha sido editado por el Instituto Leonés de Cultura.

Bodelón, psicólogo de la Ciudad Residencial Infantil de San Cayetano desde 1985 hasta 2004, es uno de los expertos que más y mejor conoce la vida de los niños en los hospicios en la provincia a lo largo de la historia. «Por mi mano han pasado miles de expedientes de recién nacidos, adolescentes, expósitos y hospiciados; expedientes de adopciones, con historias personales que darían para escribir novelas voluminosas, muchas de una truculencia nunca imaginable...»

El autor ha buceado en los archivos de la Catedral y en el Provincial para descubrir que entre el año 1664, primera fecha de la que se tienen datos, hasta 1981 casi 25.000 niños pasaron por las instituciones encargadas de acoger a los abandonados y huérfanos. El libro, que muestra numerosos recursos documentales, permite al lector conocer cómo llegaban, cómo vivían, qué presupuesto tenía y cuántos trabajadores se hacían cargo de los niños en las distintas épocas por las que transita esta institución en León.

Los primeros datos que se conocen acerca de la existencia del primer asentamiento en León de esta obra asistencial la fecha Tomás Villacorta en el siglo XVI, si bien por entonces ya estaba en pleno funcionamiento. Los primeros libros bautismales en León (1558) pertenecen a la primitiva parroquia de san Juan de Renueva, pero no es hasta el 24 de enero de 1707 que se bautiza al primer niño expósito, Antonio Manuel, en San Antonio Abad

Entre los datos más curiosos de la investigación, el libro incluye los primeros datos conocidos (1892) de los salarios que recibían las nodrizas externas por amamantar y criar a los bebés en sus propias casas. Por la crianza de los niños de pecho hasta los 18 meses cumplidos recibían 10 pesetas al mes, hasta los cinco años, cinco, hasta los ocho, las nodrizas eran ‘recompensadas con 4 pesetas al mes y hasta los once, la paga alcanzaba las tres pesetas. A partir de los 11 años, las tornas cambiaban y eran los hasta entonces cuidadores los que comenzaban a ingresar una cantidad estipulada en la libreta de ahorro del niño o niña que tenían en casa, pues se suponía que a esa edad ya trabajaban y debían ser remunerados. En caso de no abonarles lo estipulado, los menores eran devueltos a la institución, donde se formaban hasta su emancipación.

Esta tabla de «estipendios» no fue actualizada hasta el año 1942 y, de nuevo, en 1947. Ese año, se decidió que las nodrizas que se encargaran de los niños de hasta un año recibieran 300 pesetas y así sucesivamente, reconociendo de esa manera el incremento del coste de la vida con casi un siglo de diferencia.

La investigación revela la brecha de género del hospicio. Y es que las diferencias de emolumentos que las familias que se hacían cargo de los niños tenían que ingresar en función del sexo eran cuantiosas. La regla obligaba a realizar ingresos trimestrales desde que el niño cumplía catorce años en una libreta de ahorros. Así, en el caso de los niños, esta cantidad ascendía a 30 pesetas (14 años), 45 pesetas (de 14 a 16 años) y 60 pesetas entre los 16 y los 21 años. Pues bien, estas cantidades se reducían entre un 50% y un 30% en el caso de que se tratara de niñas.

Imágenes de algunos de los niños huérfanos que han sido cedidas por ellos mismos y que pueden verse en el libro. Arriba, a la izquierda, Niños a la puerta del Hospicio. Abajo, un grupo de niñas de la residencia Provincial de Astorga. A la derecha, Miguel Castaño con su familia.

Trabajo infantil

La protección de la infancia, que aún hoy es asignatura pendiente, era por entonces inexistentes. En la mayoría de las ocasiones, el acogimiento familiar de los niños no respondía a una acción solidaria sino a un simple contrato mercantil y los infantes ‘se recogían’ con el objetivo de usarlos como fuerza de trabajo. La obscenidad de los excesos obligaron a la Diputación a publicar en 1915 un catálogo normativo que daba fe del uso imdigno de los huérfanos: «... habiéndose notado en varias ocasiones que algunas familias no notifican los cambios de domicilio, fallecimiento de los acogidos, enfermedades, comportamiento y, además, algunos se propasan». Es decir, en no pocas ocasiones, los niños eran acogidos tan sólo para sacarles rendimiento económico y laboral. Los problemas no terminaron y en 1947, la institución provincial vuelve a publicar una orden en la que obliga a los ‘criadores’ de los ‘acogidos’ a «presentarse en este establecimiento para pasar revista anual (...)» y añade que «el no cumplimiento de este requisito llevará consigo tener que reintegrarle inmediatamente a la Casa».

La obra de Casimiro Bodelón explica el significado de algunos de los apellidos que recibían los niños. Entre los más curiosos figura Blanco. En 1913, el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción de León envía un exhorto al director del Hospicio en el que le pregunta si «a todos los expósitos se les pone el apellido Blanco». Explica el autor que la razón estaba en que muchos de los infantes que eran abandonados se dejaban a los pies de la Virgen Blanca, titular de la iglesia Catedral de León para que el sacritán que abriera la iglesia les llevara al Arca de la Misericordia. Asimismo analiza el apellido Fidalgo: «Muchos Fidalgo e Hidalgo, cuyo origen del término es fijos (hijos) de algo no tienen más nobleza que haber nacido del uso/ abuso de un macho noble sobre una hembra esclava, sierva, cosa, ‘algo’, de su propiedad».

Los abuelos de Miguel Castaño

Entre las historias que el libro revela está la de Miguel Castaño, el alcalde fusilado de la República. Destaca el autor que si las cosas «se hubieran hecho con normalidad» su nombre real sería Miguel Segundo Fernández Castaño. Bodelón revela que fue ingresado en el hospicio de León por su abuelo cuando contaba seis años. «Su madre biológica, Rosa Castaño Quiñones, era una joven que sobrevivía merodeando los entornos catedralicios y el padre se llamaba Miguel Segundo Fernández de Abajo y era natural de Mansilla de las Mulas». Resalta el autor que éste nunca se hizo cargo de su hijo, pero sí lo hicieron sus abuelos paternos que, «sabedores de la pobreza e indigencia de Rosa Castaño, tras la muerte de ésta a los tres meses del parto, tomaron bajo su cuidado al bebé hasta que cumplió los seis años». Añade que la abuela Rita le hizo de madre los seis primeros años de vida; pero enfermó en 1889, razón que puede estar detrás de la decisión de internarle en el orfanato. «A través del expediente personal del niño sabemos que desde la Diputación se dio orden al director para el pago de la matrícula de los estudios de bachillerato y que, a la d¡edad de diez años, Miguel asistió, en la academia del centro, a clases de música, llegando a tocar el saxofón en la banda del hospicio; e igualmente se especializó en el taller de la imprenta provincial como tipógrafo», asegura.

Lugar: palacio del Conde Luna
Hora: mañana, a las 20.00 horas.

Los niños perdidos; una historia incómoda