viernes 13.12.2019
CULTURA

Una panadería de libros en Abelgas

Román Álvarez ofrece al pueblo, con 30 almas, 3.000 ejemplares de su biblioteca. Tres mil libros para treinta habitantes. Román Álvarez acaba de restaurar y abrir en Abelgas la vieja panadería de su padre convertida ahora en biblioteca para cultivar el placer de la lectura en el siglo XXI
El viejo horno antes de la restauración.
El viejo horno antes de la restauración.

«Una locura de alta montaña», así llama a la biblioteca que acaba de abrir en Abelgas uno de sus hijos ilustrados e ilustres, el catedrático de la Universidad de Salamanca y Pastor Mayor de Luna 2014, Román Álvarez. La vieja panadería de su padre, que horneó miles de hogazas hasta que el pantano dejó al pueblo incomunicado en los años 50, atesora ahora 3.000 libros entresacados de su extensa biblioteca personal.

«Debe haber en mi biblioteca de Salamanca como unos diez mil. De ellos hay muchos de estricto carácter profesional, de interés minoritario, pero varios miles son de utilidad para el público que disfrute de la lectura o simplemente de ‘mirar los santos’», comenta.

Tras gastar «mis buenos dineros en habilitar un espacio adecuado» sin llamar a ninguna puerta institucional, por no perder tiempo, trasladó los ejemplares desde la capital charra en una furgoneta, ayudado por el gerente de la cafetería de la Facultad de Filología, de la que fue decano, y un guitarrista flamenco que la frecuenta.

Los libros están clasificados por grandes bloques temáticos «hasta ir afinando un poco la catalogación» porque, como dice el benefactor, «es bueno que se pasee la vista por todos los estantes. Nunca se sabe dónde surge el tomo que más nos puede interesar».

La noticia corrió por el pueblo y varios vecinos veraneantes ya han tomado en préstamo varios libros. «Esto se mueve: Un residente de Barcelona que pasa largas temporadas en Abelgas, su padre era del pueblo, ha llevado seis ejemplares de historia, a dos nietas de uno del pueblo les he pasado libros para principiantes con lecturas y ejercicios en inglés, un matrimonio de Madrid ya ha venido dos veces...», comenta.

No hace falta carné ni firma. Román Álvarez se fía de sus convencinos. «Mientras yo esté en el pueblo la entrada será totalmente libre. Confío en la gente y estoy seguro de que el libro será útil tanto si es leído como si se usa para calzar un escaño». En invierno, cuando no esté, el presidente de la Junta Vecinal o alguien designado tendrá la llave para abrir la biblioteca.

«Se trata de llegar al elemental goce de la lectura, algo que en muchos entornos está en verdadero peligro, porque hemos delegado en el ordenador la capacidad de pensar y en la televisión la de imaginar», apostilla Román Álvarez. No obstante, es optimista respecto al libro de papel: «Me da igual que se lea en papel o en pantalla. Lo imporante es que se lea, pero conozco a muchas personas que se lanzaron con entusiasmo a la lectura en soportes digitales y han vuelto al libro convencional. Echan en falta el tacto, la textura y hasta el olor del papel impreso».

El hijo de Fermín y Guillermina practica, y no sólo con esta biblioteca, la «topofilia activa», término acuñado por Valentín Cabero, para designar aquellas personas que salieron de los pueblos, se han situado bien en distintas profesiones y quieren hacer algo por sus lugares de origen. En 1950 fue uno de los últimos críos que nació con cartilla de racionamiento en el desaparecido municipio de Láncara de Luna en 1950. Pronto salió de las piedras arriscadas que cobijan el valle de Abelgas para estudiar en los Maristas tras cursar las primeras letras en la escuela del pueblo, promovida por el benefactor don Paulino García Gago. «Ya había una para niños y otra para niñas», cuenta en el libro Abelgas. Paisajes, evocaciones y remembranzas. También es autor de Escuelas y maestros (2014), editado por la Fundación Vista Linda de Nueva Zelanda, razón por la que, por ahora, se conoce más en las antípodas que en León.

Una panadería de libros en Abelgas