lunes. 05.12.2022

«Para escribir hay que evitar la moral, bajar al infierno»

Un torbellino creativo llamado Angélica Liddell recogió ayer en León el Premio Leteo en su 16ª edición. Inusual y arriesgada, esta actriz, dramaturga, poeta y directora, aseguró mantener un idilio con la palabra «reverencial y conflictiva» .
El público llenó el hall del Musac para escuchar a Liddell. M. PÉREZ
El público llenó el hall del Musac para escuchar a Liddell. M. PÉREZ

e. gancedo | león

Sube el telón y emerge Angélica Liddell con su apariencia sonriente, liviana, casi podría decirse que frágil. Eso sí, hasta que rompe a hablar. Porque sus palabras, que van fluyendo de manera cada vez más densa y más enérgica, llevan grapadas un insobornable afán por ahondar en la pura entraña del existir, por autoxigirse hasta límites inimaginables, por mirar a la cara de los monstruos que habitan en el corazón del hombre. Esa voluntad, plasmada en lenguajes variados que no se detienen en el teatro sino que se desbordan hacia el verso, la narración, la creación plástica y hasta la fotografía, es la que le ha hecho acreedora del Premio Leteo en su edición número 16, un galardón que ayer le fue entregado en el Musac leonés.

Antes, en un encuentro con periodistas, Liddell aclaró por qué ha hecho una excepción en su habitual huída de reconocimientos y homenajes: «Cuando recibí la noticia me hizo mucha ilusión porque es un premio que antes recogieron dos personas tan admiradas por mí como Michel Houellebecq y Sharon Olds, aunque también me invadió un sentimiento brutal de inferioridad», comentó. Además, subrayó de esta distinción su carácter globalmente literario, esto es, que no se fija sólo en su trabajo sobre las tablas. Y fue en este punto cuando se refirió a su relación con las palabras, idilio que mantiene desde muy niña.

Con la palabra «conflictiva y a la vez reverencial», precisó, palabra empleada como tridente o arpón en montajes tan aclamados internacionalmente como Perro muerto en tintorería: los fuertes, Te haré invencible con mi derrota, Maldito sea el hombre que confía en el hombre o You are my destiny (Lo stupro di Lucrezia). Curiosamente, Liddell confesó «no ir al teatro» y no tener «ningún interés por él». «Prefiero el cine, la literatura y la plástica, en realidad el teatro no es algo que forme parte de mis influencias», dijo.

El dolor, la muerte, el sexo, la fascinación por el poder, la ambivalencia del amor... son temas recurrentes en las obras de Liddell, pero en modo alguno se considera una persona atrincherada en su oficio. Así, su faceta futbolera, que considera haber «superado» (era fanática de José Mourinho por ofrecer «un aliciente de incorrección», los entrenadores actuales le parecen «una escuela de jesuitas») o su permeabilidad a las noticias del día. De todos modos, el objeto de su trabajo «no es la actualidad sino la metafísica y la mitología, esto es, el ser, y por qué ser», concretó.

Y hoy, mesa redonda

Del panorama literario actual denunció la «falta de ambición estética y poética», y la «excesiva politización». Y lo explicó: «El alma humana es algo más complejo que una simple ideología». Y rozar esas profundidades es a lo que aspira, en última instancia, Liddell. Porque para esta autora, que hoy a las 12.30 horas en el Palacio del Conde Luna participará en una mesa redonda junto a Javier R. de la Varga, Sindo Puche y José Antonio Sánchez, escribir —escribir de verdad— implica «descender al infierno de la conciencia humana». «Hay que escribir sin tener en cuenta la moral: no puedo trabajar con miedos puesto que escribir debe conllevar una destrucción del pacto social, y también de la moral».

«Para escribir hay que evitar la moral, bajar al infierno»
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