jueves 19.09.2019
CARLOS FIDALGO

«Para ir al infierno como voluntario hay que estar muy ciego»

Una cadena de soldados ciegos camina apoyándose en el hombro del compañero. La portada de ‘La sombra blanca’ ya da pistas sobre esta novela de fantasmas y regresos que hoy se da a conocer en el Club de Prensa
«Para ir al infierno como voluntario hay que estar muy ciego»

«La guerra terminaría si los muertos pudiesen regresar», reza una célebre frase de James Baldwin, y algo de eso hay en La sombra blanca (Reino de Cordelia), la nueva e inquietante novela de Carlos Fidalgo, redactor de este periódico y que doy da a conocer en el Club de Prensa de Diario de León. Entre Allan Poe y H. P. Lovercraft, entre Stephen Crane y Ambrose Bierce, quien pidiera paso en el género del asombro con El agujero de Helmand (premio Tristana de Literatura Fantástica) y prosiguiera brillantemente con Tierra adentro y otros cuentos de naufragios, estará acompañado por el director del Diario, Joaquín S. Torné, y el escritor Tomás Néstor Martínez.

—¿Qué les sucede a los escenarios bélicos para que acojan tan endiabladamente bien el relato fantástico?

—El género fantástico me parece un campo muy fértil para contar buenas historias, que sobrecojan al lector, que le emocionen y le lleven a replantearse la realidad. Y la guerra es un buen escenario para situarnos en la frontera del horror, que está muy lejos de la épica. En La sombra blanca, todavía más que en mi primera novela, El agujero de Helmand, los personajes se mueven en situaciones límite, encerrados en un laberinto de trincheras y enfrentados a armas desconocidas entonces. Armas que cambiaron la noción de la guerra de caballeros con la que muchos se alistaron. Y enfrentados también a sí mismos, a sus miedos y a sus deseos de evasión. Ahí tenía que fermentar una historia de fantasmas...

—Decía Tolkien a propósito de ‘El Señor de los Anillos’: «Historias semejantes no nacen de la observación de las hojas de los árboles». ¿De dónde ha nacido esta historia suya?

—La espoleta fueron los cómics de Tardi y una escena espectral de la novela de Bram Stocker La dama del sudario, posterior a Drácula. Pero la novela tiene mucho que ver con el tono triste de otras historias como Sin novedad en el frente, la novela de Remarque y la película de Lewis Milestone, con la bofetada de Kubrick y sus Senderos de gloria, por supuesto, y no me cansaré nunca de decirlo, con esa monumental novela de fantasmas que es Pedro Páramo de Juan Rulfo, donde las voces de los muertos marcan el tono de la historia. Con La sombra blanca ocurre además algo curioso. La atmósfera irreal y el ritmo poético que buscaba tienen mucho que ver con un poema popular en el mundo anglosajón: In Flanders Fields del poeta y médico militar canadiense John Alexander McCrae. El poema, que es muy corto y habla de los muertos de la guerra en los campos de Flandes y de las flores que crecían en los cementerios militares, llegó a mí cuando ya había entregado la novela al editor y, sin tomarme a mí mismo demasiado en serio, podría parecer que algún fantasma me hubiera susurrado esos versos al oído.

—La estructura de la novela, con siete voces en danza, es compleja, nada convencional. ¿Deliberado afán por explorar nuevas formas narrativas o es que la historia original, tal como nació, así te lo exigía?

—Si El agujero de Helmand era un círculo, La sombra blanca es una cadena. La portada, un detalle de cuadro Gaseados, de John Singer Sargent, ya da una pista sobre lo que se va encontrar el lector dentro. Los soldados ciegos se apoyan en el hombro de un compañero que camina delante para no perderse. Es una estructura más elaborada. Y deliberada, porque desde el principio pensé que era la mejor forma de contar la historia. Siempre hay que explorar nuevas formas de contar una historia, pero sin olvidar que la forma está al servicio del fondo. Que el lector te acompañe y sea cómplice de la intriga hasta llegar al fondo del misterio.

—Este trabajo habrá requerido una intensa labor de documentación. ¿Cómo lo afrontó?

—Esta es una novela de fantasmas, pero también una novela histórica. El escenario es real. Los sucesos también. La primera versión la terminé hace doce años y tenía otro título. Después de publicar El agujero de Helmand, me propuse recuperarla, quitarle lo que le sobraba y añadirle lo que entendía que le faltaba para que la narración fuera más fluida. Y el título actual enmarca mejor el relato; la sombra blanca no es sólo una aparición espectral o una alegoría de la muerte, alude a la ceguera de los soldados; la que les causaban los gases y la metafórica. Porque hace falta estar muy ciego para ir voluntario al infierno.

—¿Existió realmente algún Elgin Gairloch? No me diga que encontró algún testimonio relacionado con la aparición de una mujer vestida de blanco...

—Estuve en Escocia hace unos años. Y aquel paisaje me fascinó. Seguro que me habré cruzado en Edimburgo con algún Elgin Gairloch, o con algún Kilbride, persiguiendo un imposible. Y sí, hay testimonios de soldados que vieron damas blancas en el frente. Como el de aquel soldado que creyó reconocer a su madre vestida de blanco, abandonó la trinchera para caminar hacia ella y unos instantes después caía un obús en el mismo lugar que había ocupado. La aparición le había salvado la vida.

Hora: 20.00.

Lugar: Club de Prensa de Diario de León (Gran Vía de San Marcos, 8, entrada por calle Fajeros).

«Para ir al infierno como voluntario hay que estar muy ciego»