martes 20/10/20

El patrimonio que aventó el pantano

Hórreos, escudos, portadas románicas... la destrucción cultural provocada en León por los embalses llevó a muchos de estos elementos a lugares muy diferentes de su ubicación original .
UN HÓRREO EN PLENA CIUDAD. Desde Pedrosa del Rey fue trasladado en piezas y montado en el Parque de los Reyes, en León.

«Durante los meses que duraron los derribos de las casas y de otras construcciones de Riaño, la gente tuvo que organizarse en turnos de guardia por la gran cantidad de robos que se produjeron», recordaba estos días el investigador Ramón Gutiérrez a propósito de la situación de descontrol que siguió a las expropiaciones en tantas localidades leonesas ‘afectadas’ por la construcción de pantanos, eufemismo que se suele emplear para no decir que fueron barridas hasta los cimientos. Y es que los valles montañeses anegados, teóricamente, en aras del progreso y de los regadíos atesoraban una extraordinario patrimonio etnográfico e histórico que corrió muy diversas suertes.

Así, hubo unos pocos de estos elementos que las instituciones decidieron salvar de las aguas y recolocar en otros lugares. Es el caso del templo de Pedrosa del Rey, trasladado piedra a piedra al nuevo Riaño, como también ocurrió con la iglesia de La Puerta, en cuyo interior pueden admirarse pinturas góticas extremadamente raras en España, o un hórreo de Salio, reubicado junto a ella. Pero no se hizo lo mismo con el puente de Pedrosa, del siglo XV, como se pensó en un primer momento y a pesar de su extraordinario porte —muy cerca existe otro, más pequeño y posiblemente de origen medieval, también bajo el agua—. Y es que este tipo de traslados constituyó, en realidad, una rareza. La mayoría de situaciones se dieron cuando los propietarios decidieron vender todo aquello que no pudieron conservar, esto es, grandes cantidades de muebles antiguos, carros e innumerables aperos de labranza, escudos nobiliarios, misales y libros valiosos, indumentaria tradicional... incluso restos arqueológicos, en muchos casos adquiridos a precios irrisorios por oportunistas que aprovecharon la situación de trauma y derrumbe psicológico de los vecinos. A estas ventas hubo que añadir los ya citados y abundantes robos y, por último, la pura e implacable destrucción a la que se vio sometida la práctica totalidad de los pueblos una vez ‘vaciados’: grandes casonas con corredor de madera, casas ‘de humo’ o ‘de horcón’, techadas de cuelmos y que constituían joyas arquitectónicas de precioso arcaísmo, pajares, cuadras, hornos, hórreos, lavaderos, escuelas, ayuntamiento... todo desapareció bajo la pala de las máquinas excavadoras y las aguas remansadas, y ni aun el Parador Nacional de Turismo pudo librarse de tal demolición. Fueron hechos acaecidos en Riaño, cuyos 25 años de existencia como pantano se cumplieron el pasado 31 de diciembre, pero del de Luna (cerrado en 1951) y del de Vegamián (en 1968), el recuerdo del rumbo que tomó su patrimonio es mucho más tenue.

Un ejemplo de los inusitados caminos de este legado está presente a diario en un rincón de la propia capital leonesa: en el Parque de los Reyes, un solitario hórreo montañés asiste a los juegos de los niños y a los paseos de los ancianos. Alipio Valbuena cuenta su historia: «Originalmente estaba al lado de la plaza de Pedrosa, en el barrio de Barruelo, y pertenecía a la familia González-Alonso, a la casa del señor Gil, mi abuelo. Cuando se hizo el pantano se llegó a un acuerdo con la Diputación para instalar el hórreo en el parque, inaugurado en los primeros años ochenta». Valbuena recuerda que el hórreo se redujo a piezas y se volvió a elevar tal cual era. En realidad, una mínima parte del patrimonio de aquella bella localidad, pues este hijo del pueblo recuerda las desaparecidas escuelas y la casona señorial de los Álvarez-Pedrosa. Otro caso peculiar lo conforma el núcleo de Burón, destruido en parte y que, aun conservando sus espléndidas escuelas y el palacio de los Condes de Caso, en cambio el de los Allende sigue desmontado a la espera de ubicación definitiva.

La lista de la ‘dispersión’ riañesa es larga: desde la asociación cultural Montaña de Vadinia se mencionan, entre otros ejemplos, la lápida vadiniense de Anciles, hoy en el Museo Arqueológico de Asturias (otras reposan en el Museo de León); el carro chillón de Pedrosa, vendido y actualmente situado en un cámping de Potes (Cantabria); otro hórreo ‘transplantado’ en Boca de Huérgano, a cuatro kilómetros... como también acabó cerca la portada románica del mismo pueblo, en Siero de la Reina, distante unos ocho kilómetros.

El valle de Vegamián, hoy bajo las aguas del embalse del Porma, también estaba cuajado de hórreos, la mayoría de tipo leonés, a dos aguas, y éstos y otros elementos culturales, como iglesias, ermitas, patrimonio mueble... perecieron en su mayor parte y ninguno se salvó de manera institucional, sacando algunas imágenes religiosas, gracias sobre todo a la labor de particulares y asociaciones. Por eso llama la atención las fotografías que incluyen Ramón Gutiérrez en un artículo de la revista Promonumenta y Jesús Sánchez Bayón en su libro Último recorrido por Vegamián. Las imágenes muestran una casona hidalga con cuatro campos de interesantes escudos, edificio perteneciente entonces a la familia Sánchez, hidalgos que lo adquirieron probablemente por compra, indica Gutiérrez, quien también cree que antes podría haber pertenecido a la Orden de Santiago. «Como las compensaciones estatales para la recuperación de monumentos fueron nulas allá por 1967, sólo el interés personal de un ingeniero de Montes que había trabajado en Vegamián», rememora Gutiérrez, hizo que se recuperaran y se instalaran «en una casa forestal, en el monte de Riocamba», cerca de Canalejas, al noreste de León, donde después efectuaría labores de repoblación. «Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe», reza la curiosa leyenda de uno de ellos.

El patrimonio que aventó el pantano
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